Por qué no he escrito ninguno de mis libros, de Marcel Bénabou

 

 

Todo paisaje se transforma en estado de ánimo, todo escenario se convierte en símbolo.

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De ahí se derivaba el placer que me proporcionaba una sentencia como la de Buffon que afirma que “el genio no es más que una mayor aptitud para la paciencia”. La había adoptado a mi propia circunstancia bajo la forma siguiente: no escribir también es una acción, a veces incluso una buena acción.

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A ello se sumaba además el malestar que mi actitud iba a provocar entre los miembros de mi familia. Se estaban impacientando. Todos se creían autorizados a criticar, con palabras más o menos encubiertas, mi ociosidad. La gloria, esa gloria con la que nunca habían dejado de contar para mí, se hacía esperar; y yo, en vez de trabajar como un poseso con el fin de apresurar el momento de esos triunfos que también tenían que ser los de ellos, daba libre curso a mi indolencia. Me habían imaginado deslomándome para conquistar París, luciéndome en las tertulias literarias, cenando noche tras noche con académicos, editores y ministros (o por lo menos con las hijas de esos fascinantes personajes); y yo, inconsciente, me pasaba los días metido en viejos libros soñando, escribiendo textos vagarosos que no remitían a género concreto alguno y que, por lo demás, tampoco solía llevar más allá de la segunda o de la tercera página, salvo en muy contadas ocasiones. Les impedía el desquite que estaban esperando, y cuyo instrumento habían decidido inconscientemente que debía encarnar yo. Se las habían ingeniado, mientras tuve necesidad de ellos, para hacerme la vida fácil. Pero ahora me reprochaban en silencio que le hubiera tomado gusto a esa facilidad. Yo creía que era libre, pero no lo era: tenían derechos sobre mí.

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Había acabado por comprender al fin que la vida tiene la enojosa costumbre de no pagar al contado las deudas que contrae: deudora pocas veces solvente, se le dan un ardite nuestros préstamos. Y aún dichosos quienes pueden, mientras esperan la liquidación con la que se saldará definitivamente su cuenta, salir del paso, provisionalmente al menos, con palabras.

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Los hay que parten de la hoja en blanco y los hay, muchos menos, que llegan a ella. No sin esfuerzo, pues a veces hay que rascar mucho para recuperar algo de blancura. El dilema en efecto consiste en que no ser apto para la escritura no basta para quitar las ganas de escribir. Sería menester, además, una malformación fisiológica. Ni siquiera eso bastaría: algunos todavía saldrían del paso dictando…

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He llegado así, de forma absolutamente natural, a privilegiar las formas breves, las que precisamente requieren menos cantidad de papel. Me imagino las maneras de reducir un texto, como se reduce una salsa. Un aforismo, mientras esté bien construido, reemplaza, en mi opinión con ventaja, un desarrollo filosófico. Allí donde una página sería demasiado, basta a veces con una simple frase, pero con una frase tal que su eco resuene y se prolongue en el tiempo.

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Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir.



[Anagrama. Traducción de Thomas Kauf]  


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