La novela de un literato 3, de Rafael Cansinos-Asséns

 

 

Una visita a la Feria de Libros es en cierto modo una visita al Depósito judicial. Allí se encuentran cadáveres de libros, muchos de los cuales nacieron ya muertos. Y también viene a ser la Feria como un vertedero, en el que yacen libros olvidados, perdidos como hombres desdichados, arrastrados por el torbellino de la vida. Hay autores que parecen haber escrito desde luego para estos baratillos, cuyos libros que pasaron como meteoros por la actualidad y se hicieron viejos en seguida, sólo aquí se encuentran… deletreamos los nombres de sus autores como inscripciones sepulcrales.

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Pero ¿por qué la Literatura ha de ser tan desgraciada? ¿Por qué en estos júbilos populares, en estas fiestas democráticas, entre estos rostros colorados, congestionados de entusiasmo, ha de permanecer ella pálida, triste y con un rictus de amarga decepción en los labios? ¿Por qué no ha de compartir franca y sinceramente la alegría general? ¿Por qué han de pasar sobre ella las botas de montar de los tiranos y los rudos zapatones de las masas?...
¿Por qué ha de ser ella la eterna víctima?
He aquí que ahora, en los periódicos, la política desarrolla y desplaza a la pobre Literatura. Todo se vuelve interview con personajes políticos, reseña de mítines, artículos de combate.
La Literatura queda relegada a segundo término. En
La Libertad, hay domingos en que no sale la crítica –con el consiguiente despecho de mi parte y la natural tristeza de la Hermana, para la que eso supone también una merma en sus parcos ingresos.

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Es doloroso para un literato comprobar que la Literatura vive de prestado en los periódicos, que sólo se echa mano de ella, cuando no hay otra cosa mejor, que un repórter político o de sucesos, es siempre preferido a un escritor que no cultiva la actualidad ni informa al público de nada presente.

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Los domingos ahora son de una angustia terrible, que empieza desde el día antes: –¿Saldrá mañana la crítica? –pensamos en silencio la Hermana y yo, con una inquietud agudizada de toda la semana. ¡Qué horrible, triste y humillante sentirse de nuevo, ya en la madurez de un hombre literario, en la misma situación de un novel, que echa su artículo a la ventura, en el buzón de un periódico!... ¿Me lo publicarán, me lo arrojarán al cesto de los papeles?
Esto llega a constituir una obsesión, una psicosis con reacciones de temor y despecho, a veces injustificados.

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Vagamos por entre los grupos y presenciamos la llegada de una camioneta que se detiene ante Gobernación. Subidos en ella unos individuos de mono, reparten armas entre los grupos allí apiñados, previa la presentación del carnet.

-Están armando al pueblo… es decir, al proletariado –comenta con cierta alarma Exposité–. Esto es ya la Revolución comunista… Los republicanos estamos ya de más… Querido maestro, ¡la República ha muerto!...
-Sí –digo yo con tristeza–. ¡Y la literatura también!
Y ambos nos estrechamos las manos en un gesto de pésame.


[Alianza Editorial]     

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