Nido de pesadillas, de Lisa Tuttle


Nido de pesadillas salió el año pasado en el sello Fábulas de Albión de la editorial Nevsky Prospects. Como no me había topado con ningún ejemplar, y como uno no puede abarcar todas las novedades apetecibles de cada temporada, lo dejé estar. El otro día lo vi en un estante y me convenció por dos detalles: el prólogo es de Jesús Palacios, lo que supone una garantía; y leí algún párrafo al azar lo bastante siniestro como para llevarme el libro a casa.

El volumen contiene 13 relatos, todos con un toque inquietante, perturbador, retorcido. El clima de amenaza que va creando la autora me recordó un poco al de las narraciones de Shirley Jackson. En cierta manera, la estructura de sus cuentos no queda muy lejos de la teoría del iceberg de Hemingway: es decir, Tuttle no nos muestra todo, siempre prefiere sugerir y dejar en el enigma algunos de los fenómenos extraños que suceden a los protagonistas. Otra manera de acercaros a su universo: si habéis visto The Babadook, la película de Jennifer Kent, encontraréis algunos puntos en común. La gran mayoría de sus protagonistas son mujeres, a las que, igual que en los relatos de Raymond Carver, les ha sucedido algo que afecta a sus vidas (y a su percepción): su novio las ha abandonado, o se acaban de divorciar, o viven en soledad, o tienen hijos que alborotan tanto que les impiden dedicarse a las tareas artísticas, o sufren la pérdida reciente de un ser querido… Y entonces las cosas empiezan a ir mal, o ven figuras siniestras: la presencia con capa y máscara que acecha desde un rincón del cuarto de la protagonista de "Sun City", la extraña criatura que entra por el tejado roto de "El nido", esa figura blanca que una madre divorciada discierne al otro lado del río en "La otra madre", ese arcón recién comprado que despide el olor corrupto de la putrefacción en "La memoria de la madera"… Jesús Palacios lo explica muy bien en el prólogo:

A Nest of Nightmares es, ante todo, un festín para el amante del horror. En un mundo de hombres –el del género de terror de los 80–, Lisa Tuttle, prescindiendo mayormente de los efectos sangrientos y las descripciones fisiológicas tan del gusto del splatter del momento, se decantó por la sutileza atmosférica, la metáfora psicosocial y esa delicadeza terrible al describir lo siniestro que ha caracterizado a lo largo del tiempo a las mejores escritoras del género –pienso en Emily Brontë, Margaret Oliphant, Edith Wharton y, sobre todo, en Jean Rhys y Joan Lindsay–, nunca igualada por sus homólogos masculinos.

A mí los relatos me han parecido sensacionales: insisto en que, además, mezclan el clima de pesadilla y amenaza con la quiebra emocional de sus personajes. Un fragmento de "La extraña":

Sharon se asomó al vestíbulo, y desde allí se dirigió al dormitorio de sus padres. No sentía miedo, aunque la habitación estuviera a oscuras. Feliz ante la ausencia de miedo, entró en la habitación y curioseó. Incluso se metió en el armario empotrado. De niña le había asustado entrar en la habitación cuando no había nadie en ella, y nada podía hacerle pasar cerca del armario empotrado por la noche. Siempre le había parecido el lugar más probable en el que podría esconderse un loco o un ladrón. Siempre había temido que alguien acechara dentro del armario empotrado, alguien preparado para agarrar a una niñita con cualquier misterioso propósito. Pero Sharon ya no tenía miedo.
[…]
Sharon recordaba el ritual. Siempre tenía miedo de que algo estuviera escondido debajo de la cama, algo con brazos muy largos y la costumbre de agarrar a niñitas; así que se había inventado una forma de entrar en la cama, a salvo. Primero, apagaba la luz del techo. Luego, corría desde la puerta hasta la cama, saltando sobre ella desde todo lo más lejos que podía. Así sus pies, sus piernecitas, no estaban nunca muy cerca del filo de la cama, y nada podía agarrarlas. Una vez en la cama apagaba la luz de la mesilla y se quedaba muy quieta, el corazón palpitándole, preguntándose si tal vez esa noche la criatura que vivía debajo de la cama sería capaz de salir y cogerla, enviando sus largos y huesudos brazos sobre los dos lados, buscando su cuello…


[Fábulas de Albión. Traducción de Marian Womack]  

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