Una liebre pequeña, sola y vulnerable. Una mujer, que lleva las gafas de la vida que sólo le permiten ver esa capa etiquetada por ella como importante y grande: el mundo de la empresa, el dinero y el poder.
Por un motivo desconocido, esas gafas sufren una mala función y percibe otra capa diferente: lo vulnerable, lo pequeño, lo que parece carecer de importancia. Y decide «ayudar» al animalito de la manera que cree conveniente. Podría llevársela a casa. Y ahí comienza el problema. Porque Chloe Dalton quiere salvar a una liebre sin que la liebre deje de ser liebre.
No parece fácil. Lo cuenta en «La liebre y yo». Una historia autobiográfica en la que se encuentra de repente conviviendo con un animal salvaje. Y fíjate que digo conviviendo, aunque quizás la palabra tampoco sea correcta. Porque convivir parece implicar un acuerdo entre dos.
La liebre no ha firmado nada.
Dalton la alimenta. La observa. Se preocupa por ella. Pero comienza a comprender que cada cosa que hace para acercarla al mundo humano puede alejarla del suyo.
Y decide no ponerle nombre. Parece una cosa menor, pero no lo es.
Aquí es fácil acordarse del zorro de «El principito». El zorro explica al principito qué significa domesticar: crear lazos. Y después vendrá la responsabilidad hacia aquello que has domesticado. Saint-Exupéry habla de un vínculo deseado. Dalton se encuentra ante un problema diferente. Ella ya está creando un lazo y precisamente por eso debe decidir hasta dónde quiere llegar.
¿Poner nombre crea un vínculo? Probablemente.
¿Y crear un lazo nos da algún derecho sobre el otro? Ahí la cosa ya se complica. Porque si le pone nombre deja de ser simplemente una liebre. Será aquella liebre. Su liebre, podrá llamarla. Quizás esperar a que venga. Y la frontera entre cuidar y apropiarse comienza a ser más estrecha de lo que parecía. Así que no hay nombre.
La liebre crece.
Y ocurre algo curioso. En muchas historias de animales esperamos ver cómo aprenden cosas de los humanos. Aquí sucede lo contrario. La liebre no parece tener demasiado interés en aprender a ser otra cosa. Es Dalton quien comienza a aprender y a modificar su conducta.
Aprende a mirar. Aprende a esperar. Aprende, sobre todo, a no intervenir.
La liebre come, duerme, escucha, desaparece y vuelve a aparecer. Percibe peligros que Dalton no siente. Tiene horarios que nadie le ha enseñado. Cada vez necesita menos a la mujer que la salvó.
Mal asunto para una mascota. Magnífico asunto para una liebre.
Y Dalton acepta esa aparente contradicción. Cuanto mejor hace su trabajo, menos necesaria resulta.
Entonces llega otra cuestión. Las fotografías. No las hay en el libro. Sí existen fotografías reales de la liebre fuera de él (Instagram) pero el lector se queda con las ilustraciones y, sobre todo, con las palabras. En una época en la que fotografiamos hasta el plato que vamos a comer, resulta extraño leer toda una historia verdadera sobre una liebre y no encontrarnos fotografías.
Pero quizás tampoco haga falta porque la liebre no necesita demostrar nada.
Y aquí el lector tiene un problema que la liebre no tiene. Queremos saber qué pasó. Si murió. Si encontró otra zona. Si tuvo descendencia. Queremos llegar al final porque las historias humanas necesitan finales. Pero las liebres no.
Hay una novela, sobre otros animales, también de orejas largas. Asnos en este caso. Y mientras leía a Dalton pensaba que los asnos se encontraban en el extremo opuesto.
La liebre es un animal salvaje. El asno lleva miles de años junto al ser humano.
Dalton intenta que la liebre pueda alejarse de nosotros. Sin embargo, en la novela «El peluquero de asnos» sucede lo contrario: son los humanos quienes necesitan volver a acercarse al animal.Y mira, el movimiento es curioso. Una mujer encuentra una liebre y termina aprendiendo a dejarla marchar. Unos seres humanos encuentran asnos y descubren cosas precisamente porque permanecen junto a ellos.
La liebre no necesita a Dalton. Los personajes de la novela quizás sí necesiten a los asnos. No porque el asno tenga respuestas. Pero alrededor de él aparecen otras maneras de relacionarse con el tiempo, con la naturaleza y con los demás. Frente a la velocidad, lentitud. Frente a la pantalla, contacto. Frente a determinadas formas de aislamiento, convivencia.
En Dalton el animal conserva su mundo. En la novela de los asnos, el animal ayuda al humano a preguntarse qué ha hecho con el suyo.
Y ahí aparece una diferencia importante. La liebre pertenece a lo salvaje y cualquier intento de humanizarla puede empobrecerla. Sin embargo, los asnos pertenecen a una historia compartida con nosotros. No hay que devolverlos a un mundo anterior al ser humano porque llevan mucho tiempo caminando a nuestro lado.
Uno representa la distancia, los otros el vínculo.
Pero tampoco están tan lejos ya que tanto la liebre como los asnos plantean una pregunta incómoda: ¿Por qué suponemos que en cualquier relación con un animal somos nosotros quienes tenemos algo que enseñarle?
Dalton descubre que no. Yo tampoco lo creo. La liebre continúa siendo liebre mientras la mujer cambia. Los asnos continúan siendo asnos mientras algunos humanos cambian a su alrededor.
Y quizás ahí se encuentren las dos historias. No en domesticar a los animales sino en observar qué nos ocurre a nosotros cuando estamos suficientemente cerca de ellos.
Aunque, en el caso de una liebre, estar suficientemente cerca pueda significar precisamente aprender a alejarse.
Me da vértigo leer este mismo texto cambiando liebre por persona y cambiando asnos por personas también.
