El tiempo de los asesinos, de Henry Miller

 

Rimbaud abandonó la literatura para vivir. Yo tomé el camino inverso.

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Ser poeta fue en un tiempo la vocación más alta, hoy es la más vana. Y ello no porque el mundo sea inmune a la voz del poeta, sino porque el poeta mismo no cree ya en su misión divina.

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Llamo poeta al hombre capaz de cambiar profundamente el mundo.

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Poco importa que perdamos al poeta si salvamos la poesía.

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Su vida de hombre, aunque nunca alcanzó la plena madurez, fue un Purgatorio. Pero tal es el destino de la mayoría de los artistas.

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Cada vez que releo su biografía me parece que yo también he fracasado, que todos fracasamos. Pero entonces vuelvo a su lenguaje, a sus palabras: ellas nunca fracasan.

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No, lo que resulta difícil de tragar, lo que se nos queda atascado como un terrón en la garganta, es su renunciamiento al arte.

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Su decepción fue la más tremenda que conozco. Pidió más de lo que ningún otro hombre se atreviera a pedir y recibió infinitamente menos de lo que merecía.



[Alianza Editorial. Traducción de Roberto Bixio. Revisión de Mercedes Fernández]

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