Diario de un escritor burgués, de Francisco Umbral

 

 

A veces, toda la borrosidad de un día se organiza en un rostro. Un rostro de mujer, quizá al pasar. Todo el desorden del tiempo sin cara va tomando las facciones precisas, particulares, de una persona.

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El que va dejando de ser joven, nota que va dejando de ser mirado.

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Busco temas. Aunque los temas andan ya por la cabeza. Hay que esperar a que los lobos de las ideas, que andan por el monte, bajen a la aldea de la prosa. Claro que lo mejor para escribir es ponerse a escribir.

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Uno no se ve nunca a sí mismo. Uno se sorprende a sí mismo de tarde en tarde, casualmente, en unas huellas, en un espejo, en un papel. De ahí la insatisfacción, quizá. De ahí toda la crueldad por imponer el yo. Porque el yo siempre nos falta.

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Te toman en serio antes de que tú hayas dejado de tomarte a broma. Escribo este diario para decir lo más profundo y verdadero que me pasa, pero luego advierto –ya lo he dicho al principio– que la profundidad no existe y que sólo me pasan cosas exteriores.

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Escribo, escribo. Escribir es una manera obsesiva, en mí, de prolongar el hilo de la cotidianidad, de ir desenredando la madeja del tiempo en la hebra de la prosa. Cuanto más inminente es que se corte el hilo, con mayor fiebre escribo. Escribir ya no es en mí un acto vil de afirmación personal (lo cual tampoco me importaría confesar), sino un acto de afirmación del mundo en su costumbre. Publicar también.

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Más que temor o ilusión, la salida de cada nuevo libro mío me produce depresión. Algo así como el cansancio de un esfuerzo inútil.

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Reencuentro con el hogar, con uno mismo. Recupero sin ganas lo poco que tengo, lo poco que soy.

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Si miramos nuestra vida, casi todos los actos decisivos y heroicos han sido huidas hacia adelante. Hemos progresado porque veníamos huyendo de algo. Lo que luego en el recuerdo se capitaliza como grandes decisiones, no fue otra cosa, en su momento, que una huida cobarde.

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El caos de los libros es el caos de la vida. Llegar a la madurez no es llegar al orden, sino instalarse definitivamente en el caos. Definitiva y casi confortablemente. Aceptar el caos. Asumirlo, que dicen los elocuentes.

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Nunca me había imaginado que el éxito fuese eso: el canibalismo. El éxito es antropofagia. Que todos te quieren comer, usar, aprovechar, dirimir, exhibir, concernir, fornicar. Sacar algo de uno: un prólogo o un orgasmo, una amistad, una recomendación o unos duros. Y eso que no soy nadie, nada.

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Soy, eres, somos; me siento inseguro y perdido en esa velocidad de años que va de los cuarenta a los cincuenta, cuando ya nada tiene sentido, pero aún todo tiene atractivo. Y encima hay que estar brillante.

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La gente, cuando celebra algo, no celebra otra cosa que su propia salud. Sin salud no hay celebraciones.

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Leer. Leer en la mañana con sol, en el silencio con sol. Leer como si todos los males y enfermedades se hubieran volado. Leer antes de que despierten en mí, otra vez, los demonios del dolor. Llego a tener ante el libro la única emoción casta que se puede tener en la vida. Un temblor, una impaciencia, una pasión por la página blanca, con su bloque ordenado y racional de tipografía. Leer, leerlo todo.

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El éxito es un desorden, además de un equívoco. El éxito es un desorden y uno se siente hundir en el desorden de los requerimientos, y uno no llega ya a distinguir lo que es admiración de lo que es interés de lo que es cariño de lo que es comprensión de lo que es prostitución. Hay que salir a tiempo de la charca, porque así es como el éxito ha matado a muchos.

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Me fui, hijo, quiero que lo sepas, lleno de ti, y un clavel blanco y pequeño, como uno de tus puños, se ha venido conmigo, no sé cómo, en un bolsillo, y lo he puesto en mi cuarto, cerca de mi cama, en la pared. Cómo lo llenas todo desde la muerte. Cómo puedes, perdido para siempre, salvar un clavel o cualquier cosa que se te acerque.

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Los gatos hacen compañía precisamente por la poca compañía que hacen.

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La muerte no me asusta, sino que me entristece como un anochecido fracaso de la vida. Voy a leer un rato antes de acostarme, para engañar la tristeza. La lectura es el único porro que nunca o casi nunca falla.

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Es inútil: por más que se entienda uno bien con su editor, el editor y el autor son dos seres dispares inclinados sobre una misma criatura, el libro. El autor es la madre de esa criatura y el editor ni siquiera es el padre. Suele quedarse en padrastro.

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Antes, el escritor recibía y contestaba las cartas con ilusión. Ahora las lee con ilusión e interés, pero nunca o casi nunca las contesta, porque el escritor ya no tiene tiempo para escribir más, y el mantener una correspondencia plural con aplaudientes y disidentes sería como obligar al profesor de esgrima, después de sus ocho horas de trabajo, a matar a varios señores a florete en el campo del honor.

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Lo malo de envejecer es que el mundo no envejece con nosotros.

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La primera conclusión que se saca de todo esto, naturalmente, es que no le han leído a uno. Aquí nadie lee a nadie que no sea de su banda. Aparte del gran público, claro, que me ha leído, y mucho, pero que no cuenta en esta cuestión.

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Sé, a esta altura de las cosas, que haga lo que haga –y hecho lo que he hecho–, mi imagen ya no la voy a cambiar. Ya han decidido sobre mí, para bien y para mal. Nos hacen la estatua y la tumba en vida.

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Porque la conclusión última, elemental, cotidiana, desoladora, casi vegetativa, es ésta: no es que uno haya o no haya acertado, no es un que uno escriba así o asá, no es que uno haya fallado por aquí o por allí; es, simplemente, que no le han leído a uno.

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El cansancio es un bien deseable si alcanza su estado elegante: la indiferencia. A estas alturas de la vida me cuesta indignarme, me da pereza. Es más cómodo entender a los demás que destruirles. Se queda uno más relajado.  
 


[Austral]

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