Los 6 miedos del lector



Todos tenemos miedos, terrores y pesadillas, y más si se refiere a los miedo habituales de los lectores. Miedos que siempre estarán circulando por nuestra venas. Miedos plausibles, tanto que cuando se saca el tema, somos capaces de cambiar de tema, desviar la conversación y, a escondidas, tomar un tranquilizante. Poe, Dickens, el último libro de Murakami, la última autora del Premio Planeta, el libro del desamor de Rosa Montero o ese libro tan bueno con el que partes de risa. Todos tienen cabida: altos, bajos, gordos, pequeños, tristes. Los libros pueden ser un núcleo importante de felicidad, pero también de miedo. Estos son los que más se repiten en la vida del lector.   



Olvidarse un libro

Te vas de vacaciones en tres días y ya estás haciendo los preparativos: maleta, sitios que visitar, libros que leer. Con ilusión y buena esperanza pones a buen recaudo el libro con el que te ves en tu lugar vacacional. Pasados esos tres días, y cuando ya estás en la playa, abres bien los ojos al percatarte, una vez que estás a 562 kilómetros de tu casa, de que el ansiado libro descansa sobre la cama, muriéndose de la risa por tu ineptitud. Lo malo es que no tienes nada que leer más que el móvil, pero tú ansías el soporte en papel como el llover. Lo bueno es que puedes conocer una librería del lugar y comprar otro libro.  

Que no te devuelvan un libro

Hay libros que son más joyas que el oro y la plata. Hay quien atesora como oro en paño un ejemplar de El Principito, por ejemplo. Todo bonito, con las ilustraciones coloreadas y una tipografía digna del Premio Nobel (¿de tipografía?). Se te ocurre dejárselo a una amiga de confianza que te lo ha pedido, pero ese libro nunca regresará a tus manos. Lo sabes desde el minuto cero, desde que ese runrún ronda tus entrañas, pero cuando empiezas a asumirlo, ya es tarde. Demasiado tarde. Tienes dos opciones. O entrar en su casa por la noche y clavar en su frente un cartel con una chincheta que ponga: Este libro no es tuyo; o callarte de por vida con el pensamiento de me da vergüenza pedírselo.Y luego, si eres «lista», dejarle el siguiente libro que te pida. 


Ir a la biblioteca y que el libro esté prestado

A veces, vamos a la biblioteca de nuestro barrio sin mirar si ese libro está en el catálogo. Vamos, simplemente, por dar una vuelta, es nuestro momento de relax, caminando por los pasillos en busca de autores, la meta es el libro de ese autor que tanto nos gusta. Vamos confiados y serenos, disfrutando de un alegre paseo, alegría que se intensificará cuando, en el camino de vuelta, lo tengas en tus manos. Sin embargo, vas a estantería y... ¡zasca! No está el libro. Vas corriendo al catálogo y el libro está prestado. ¡Prestado! Nunca habéis pensado, ¿pero quién más podría interesarse por ese libro de autor coreano, justamente ahora? No tienes otra opción que vagar por los pasillos en busca de algo mejor. Eso o cortarse las venas con el filo de las hojas de un libro de E. L. James. Tú verás lo que pesa tu pena.  


Que no te guste un libro clásico

Y, más que eso, que no lo puedas contar, que sea tu secreto de por vida por miedo al rechazo. Decir que El Quijote, Moby Dick o Rojo y Negro no te gustaron porque no los entendiste, porque te parecieron un rollazo inconmensurable o que son el tostón más grande después de escuchar una misa de tres horas en latín, es un sacrilegio para muchos, digno de una azotada en público. Pero así es la vida, y la vida también tiene prejuicios. ¡Digamos algo y claro que no nos gusta un clásico! ¡Expresémonos contra los autores del pasado! Venga, no tengas miedo, di claramente que Thomas Mann escribe con demasiadas palabras, que con menos se conforma uno. No pasa nada, nadie te va a juzgar (¿o sí?), y Joyce ya está muerto, así que... 

Que no te guste un libro de 20 euros

Eso como mínimo. Hay gente que no es muy dada a comprar libros en papel por mil motivos, entre ellos que no tengas espacio en casa o que los suelas coger de la biblioteca. Así que el día que vas al centro, decides hacer gasto y comprar un libro de la editorial Espasa, por ejemplo, de esos de tapa dura por 19,95 €, con una cubierta tan atractiva que querrías casarte con ella. Llegas a casa con toda la ilusión del mundo, y no ves el momento de sentarte en el sofá y ojearlo, olerlo y hacerte una foto con él para subirlo a Instagram. Sin embargo, la magia dura poco, porque cuando empiezas a leerlo, comienzas a ver errores de maquetación, de edición, de corrección, fallos en el guión. Vamos, que es una auténtica castaña pilonga. No te queda otra que arrinconarlo en un lugar aireado de la casa, y borrar la foto de Instagram, claro. Te quedaste sin 20 €, pero al menos decoras una parte de la estantería del salón.  


Que te destripen la trama

Uy, eso sí que molesta. Pero no ya que te la destripen, si no que tú, intencionadamente, quieras leer las opiniones del libro en otros blogs o webs, y descubres que te cuentan la trama enterita. Y no puedes dejar de leer, es como una droga en forma de letras, droga que entra por tus ojos. Protagonistas, metáforas, estructura. Todo. Vamos, digno de una tesis doctoral. Luego está el amigo que te lo cuenta con la muletilla de: ¿Si no lo ibas a leer, no? Nada, tú entras en su casa de noche, y misma chincheta en la frente con un cartel que cuente el final de Juego de Tronos. Pero, todo esto, con amor. 


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Estos son solo algunos miedos del lector, pero cada uno tiene los suyos, y ya depende de si lees en soporte digital o escuchas audiolibros. Cada miedo es personal e intransferible. Y ahora, cuéntanos, ¿cuál es el tuyo?

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