Quijotes de Avellaneda
Rocinante protestó atado a la oliva apartando buenos manojos de tierra con las patas pero en nada quedó tranquilo, en cuanto notó fresco, y se sentó. El sol escocía como sal en una herida haciendo brillar los cantos del campo, y las amapolas y las copas se mecían llevadas por la brisa con un siseo constante que invitaba a siesta. Alonso buscó sombra...
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