El rescate de un embrión: Bovary
21
El
25 de abril de 2013 en el espacio cultural de la Biblioteca Pública Municipal
Eduard Escalante de Valencia, a las veinte horas de la tarde, presenté mi
primera novela: Bovary 21.
Fuera, caía el diluvio universal; llovía a mares. Dentro, sin embargo, se obró el milagro: un pleno total. Un grupo de personas valientes desafiaron la tormenta para arroparme, y tuve el inmenso honor de que el gran poeta Pere Bessó, a quien siempre le estaré agradecida, ejerciera de cicerón en una tarde que prometía ser mágica.
Pero
detrás de las sonrisas y los aplausos de ese día, se escondía una verdad
agridulce que hoy, por fin, puedo contaros con total honestidad. Solo unas
horas antes de la presentación, abrí las cajas de la editorial y se me cayó el
alma al suelo: habían publicado, por error, un borrador. No era mi obra
terminada, sino los textos en bruto. Con todo organizado por mi grupo de amigos
y la sala llena, suspiré, tragué saliva y tiré hacia adelante.
Aquel
trago amargo me hizo rescindir el contrato y apartar esa edición para siempre.
Pero las historias vivas no mueren en un cajón. Esos relatos rebeldes escritos
en una íntima primera persona siguieron creciendo en mi mente, se expandieron,
mudaron a la tercera persona y terminaron convirtiéndose en las 210 páginas de
la novela que hoy ya conocéis en Amazon como: Tinta amarga.
A
partir de esta semana, os invito a descubrir Bovary 21 de una
forma muy especial: por capítulos quincenales en este blog.
Bovary 21
es una novelita corta de 110 páginas; un compendio de 8 relatos eróticos con un
hilo conductor, su personaje principal: Vera Carmona, una agente infiltrada
envuelta en una trama de espionaje. Cada relato posee nombre propio y arranca con
un poema. La historia amanece en Sevilla y finaliza en el exotismo de Qatar.
Es
la "Cara B", la esencia condensada y pasional que dio origen a mi
novela Tinta amarga posteriormente.
Espero
vuestra compañía en este viaje al pasado, ilustrado con las fotos reales de
aquella mítica presentación. El texto definitivo ya es vuestro. ¡Espero que lo
disfrutéis!
EL
TATUADOR
Una obra de arte en carne viva,
una obra de arte que nunca será
mía.
Lameré tu cuerpo –tatuado–
entregada a los brazos de Morfeo.
Y tu esencia –diáfana–
me conducirá al Hades.
Allí descansaré para siempre
y olvidaré que un día me miraste.
Porque mis labios tienen precio
y quien los repudie,
no puede estar cuerdo.
EL TATUADOR
Me
llamo Vera Carmona y soy diseñadora gráfica. Estamos en el verano de 2002. Hace
un calor insoportable. Acabo de cumplir treinta y cinco años. Sin embargo, en
los últimos meses, he comprendido que la vida es más compleja de lo que parece.
En
mis ratos libres juego al tenis. Aunque nunca he sido Martina Navratilova, la
raqueta libera mis nervios y las pelotas mi cuerpo. Debe ser por esa secreta e
inevitable fijación con la anatomía masculina, una verdadera pasión desde que
aprendí a descubrirla y disfrutarla en libertad.
La
semana comenzó mal y, a este paso, acabará peor...
—¡Vaya
semanita que llevo, ojalá se acabe de una vez!
Voy
maldiciendo con cara de pocos amigos, caminando bajo un sol de aúpa, mientras
repaso las últimas jornadas de mi vida.
Tengo
motivos para quejarme. Suelo ir con una sonrisa de oreja a oreja. A veces, una
no puede con todo el embrollo que le cae encima, pienso, entornando los ojos.
El
lunes diseñé y envié las invitaciones para la exposición de una boutique de
trajes flamencos de lujo —sita en el corazón de mi amada Sevilla—, previa
aprobación de la propietaria. El martes, a partir de las 8:45 h, me hice cargo
del montaje de dicha «feria» en uno de los salones de los Reales Alcázares.
Estaba afligida... A mi hija, una adolescente efervescente, se le había
reventado un quiste sebáceo adosado a su nuca y me hubiera gustado llevarla a
urgencias para que se lo extirparan. No pudo ser. Encima, a mitad de tarde, la
dueña puso el grito en el cielo al ver los preparativos.
—¡Esto
es un desastre! ¡Me desagrada perder el control! —soltó de sopetón y a grito
pelado.
Lloros
por aquí y malos rollos por allá. The Queen is the Queen, y se hace lo que
dictamina sin rechistar. A última hora del día, todo quedó perfecto.
Puesto
que la inauguración era el jueves por la tarde, el miércoles lo dedicaría al
envío de correos electrónicos y a mimar a mi hija; o eso creía.
¡Ah,
caray! Como dice el portero de mi finca —un gallego afincado en Andalucía desde
canijo—. El quiste de mi niña comienza a supurar y me marcho, como un rayo, al
hospital.
Tres
horas después, la criatura está operada con una incisión de ¡Dios sabe cuántos
centímetros! Una fisura de ocho a la intemperie. Todas las mañanas debo
llevarla a curas y, como la herida está abierta y con una mecha de gasa, supone
una dolorosa y lenta recuperación.
Carlota
—mi niña— pasa buena noche. Muy al contrario, la cura es un calvario que devora
la mañana. Por la tarde tengo que volver a urgencias porque la herida no deja
de sangrar. La sala está a rebosar; no cabe ni un alfiler. De repente, mis
vecinas de asiento, unas muchachas de las Tres Mil Viviendas —así lo han
coreado— se ponen a vocear... ¡Vaya suerte la mía! Menos mal que a estas
alturas me importan muy poco las cosas, elucubro para mis adentros.
El
sudor resbala por mi espalda; las piernas se pegan al plástico de la silla.
Sigo, indolente, ojeando diversas aplicaciones de mi Nokia 3310. Mantengo la
mirada gacha para no cruzarme con las alborotadoras y evitar cualquier disputa
de la que termine arrepintiéndome.
De
improviso recibo un WhatsApp de Carlota para que vaya a recogerla. El doctor
Ramírez —conocido de la familia— atempera mi ánimo:
—Vera,
todo va bien. El sangrado lo ha causado una bajada de plaquetas.
—Gracias,
doctor Ramírez, gracias.
—Nada,
aquí estamos para lo que necesites —señala, dándome unas palmaditas.
Nos
vamos cogidas del brazo. Ya en la calle, Carlota es un torbellino de
palabrería...
—Mami,
¡qué día te estoy dando! Lo siento, lo siento, lo siento... —Se me echa al
cuello con sonoros besos.
—¡Chisss!
Mi niña, no pasa nada. Ahora nos vamos a casa y ya está.
—No
podemos ir a la inauguración de la expo que has preparado. ¡Con lo hermosa que
estará!
—Es
lo mejor del día. A ti te apetecerá ir; a mí no me gustan los acontecimientos
con medios de comunicación y pamplinas.
—¡Tampoco
podemos celebrar tu cumple!
—Mi
cumple... ¡Ahí va, se me había olvidado! Pero… ¿sabes qué? Celebro mi
aniversario teniéndote a mi lado. Eres mi vida —me llevo las manos a la boca y,
a continuación, la estrecho contra mi cuerpo en un tierno y maternal abrazo.
—¡Cuánto
te quiero, mamá!
Estoy
a punto de deshacerme en un mar de lágrimas. Me reprimo: hace tiempo que
aprendí a guardar mis sentimientos.
El
viernes lo paso íntegro cuidando a mi niña.
Por
fin estamos a sábado. Se acaba esta bendita o maldita semana. Ha sido
extenuante —cavilo, desperezándome en la cama—. Minutos después suena el timbre
de casa: es mamá. Está conchabada con Carlota para que salga a despejarme:
—Vuelve
cuando quieras. Pasea, cómprate algo, come fuera... lo que te apetezca. Yo me
encargo de Carlota. Diviértete, hija, ¡que buena falta te hace! —me dice
mientras desayuno.
—Mami,
porfa, hazle caso a la abu. Ve al club de tenis o a donde se te ocurra; te lo
mereces. Puedes disfrutar de un día libre para ti sola... Me encuentro muy
bien; ya sabes que la abuelita y yo somos uña y carne —están abrazadas, con una
amplia sonrisa que dice de forma implícita: «Ya tardas. Sin ti nos las
arreglamos de rechupete».
—Os
hago caso. Me voy a dar una vuelta...
Bajo
las escaleras dando saltos como una niña pequeña que se marcha a jugar.
«Voy
a explayarme unas horas... ¿Y qué hago?», medito durante unos segundos. Ya lo
tengo: visito New Tattoo para que revivan mis antiguos tatuajes y los hagan
brillar. El hada de mi hombro parirá estrellas y la flor de mi fosa ilíaca se
rodeará de hiedras; será mi autorregalo de aniversario. La cara que pondrán
algunos cuando los vean.
New
Tattoo está en el centro del casco antiguo de Sevilla. Es el mejor estudio de
la ciudad. Me hicieron mi primer tatuaje en los ochenta, cuando solo los más
atrevidos dibujábamos nuestros cuerpos. A lo largo de mi vida me han tachado de
muchas cosas, sin otro fundamento que la envidia. En más de una ocasión dijeron
que consumía sustancias alucinógenas... Aunque las únicas caladas de hachís de
mi existencia se las di a un cigarrillo confeccionado por mi exesposo. El resto
de las drogas siguen siendo totalmente desconocidas para mí.
Mientras
atravieso la ciudad sin prisa, pero sin pausa, sigo con mi particular examen de
conciencia...
La
mayor parte de mi existencia he pecado de ser demasiado comedida. Una creativa
silenciada o una tímida con la autoestima por los suelos. Aunque tuve lapsos en
los que me atreví con todo. Cuando entré en la madurez, me dije a mí misma que
ya estaba bien de ser sumisa. Nadie iba a decirme lo que debía o no hacer.
Nadie acallaría mis quejas o mis decisiones; me he transformado en alguien
osado. La rebeldía latente en mi organismo irrumpió sin aviso y carece de
freno.
Al
doblar la esquina de la calle Sierpes veo, a lo lejos, la fachada de New
Tattoo: acristalada, repleta de imágenes y artilugios para perforaciones. En la
puerta está Yuma, el tatuador de mi letra china, hablando con dos moteros que
exhiben sus imponentes Harley aparcadas.
—Hola
—saludo y entro hacia el mostrador del fondo.
—Hola,
Vera, ¿qué te trae por aquí? La última vez dijiste que no volverías, que tenías
bastante con tres mini tatuajes —me dice Carmen, la morena ornamentada con los piercings
de siempre.
—¡Qué
buena memoria tienes! Eso mismo dije. Y tú contestaste que no te lo creías, que
volvería.
—¡Ah!
Pues tú tampoco andas mal de la cabeza.
—Una
intenta mantenerse en forma...
—Ya
veo... ¿A qué se debe tu visita? —Me mira de arriba abajo.
—Vengo
a transformar mi piel.
—Ahora
le digo a Yuma que te eche un vistazo... ¡Yumaaa! —vocea.
El
tatuador hace acto de presencia y le explico el asunto.
—Pasa
conmigo. A ver qué llevas y qué se puede hacer.
En
el lateral derecho hay una superficie de Silestone gris adosada a la pared, con
dos ordenadores e infinidad de catálogos. Justo enfrente del aseo se encuentra
una habitación con cristales y persianas enrollables. Dentro, un sillón de
polipiel negro de los que se utilizaban en tiempos pretéritos para tatuar. Le
enseño el hada de mi hombro y, acto seguido, la fosa ilíaca con la amapola.
—Bien,
aquí podemos diseñar unas estrellitas que vayan hacia la cintura —me dice
señalando el omóplato—. En el de abajo, alguna enredadera. ¿Qué te parece?
—Estupendo;
me fío de ti. ¿Puedes retocármelos hoy?
—Mmm...
Bueno, si vuelves dentro de una hora, hecho.
—De
acuerdo. Luego nos vemos.
Carmen
apunta la cita en el dietario. Al salir veo otro de los míticos sillones junto
a la puerta. Alain, el francés encargado de los piercings y las
escarificaciones, está apoltronado en él, exhibiendo sus cicatrices artísticas
por todas las partes visibles de su cuerpo. En el suelo, una anaconda disecada
descansa sujeta a una abrazadera. Vaya, el indómito muchacho se ha interesado
por la taxidermia. ¡Menudo espécimen, tiene un magnetismo salvaje que invita a
devorarlo!, pienso mirándolo de reojo.
Me
doy unas vueltas por unos almacenes para comprarme la consabida crema
protectora que tendré que utilizar pasadas unas horas. A continuación, paseo
por la sección de deportes; me pruebo un conjunto de tenis turquesa y marino,
¡me encanta! Luego me dirijo a la perfumería y aspiro una fragancia de Prada.
«Si hay tatuajes, es imposible otro capricho», pienso con una mueca de
resignación.
De
regreso a New Tattoo, el calor es sofocante. Recuerdo la historia de los
dibujos de mi cuerpo. La amapola me la hice cuando rompí con Paco, un hombre
rudo e impositivo que ansiaba explorar los senderos más ocultos y prohibidos de
mi anatomía, o involucrarme en juegos visuales compartidos con su exnovia. Ante
mi rotunda negativa, me dejó emocionalmente exhausta. Sabía que le encantaban
esas flores tan hipnóticas... Decía que le daban suerte.
Ni
corta ni perezosa, me tatué una en la fosa ilíaca derecha. Un día lo llamé por
teléfono; percibí cómo se encendía ante mis sutiles insinuaciones. Quedamos
para cenar en un restaurante argentino. Estuve toda la velada acariciando su
entrepierna con la punta del pie. Después lo llevé en mi coche a los
alrededores del cementerio de San Fernando, donde las parejas solían entregarse
a la pasión.
Lo
excité hasta el delirio, a pesar de que su virilidad era tan modesta que
provocaba secretas sonrisas por su irrisorio tamaño. Cuando creía que la
entrega carnal era inminente, me levanté el vestido y le enseñé el tatuaje. Mis
pechos estaban expuestos con un sugerente encaje que realzaba sus formas,
enardeciendo su deseo. Al ver la flor, enloqueció. Perdió el control y se
abalanzó sobre mí con urgencia animal, desgarrando mi lencería y buscando mi
piel con una desesperación devoradora que llegó a abrumarme. Comprendí que
estaba a punto de alcanzar el clímax; entonces, abrí la puerta de mi Renault y
le pegué un empujón. Lo dejé tirado en el suelo, cerré de golpe y bajé el
pestillo. Entorné la ventanilla y sentencié:
—Ya
lo has visto. Me la he tatuado para que sepas exactamente lo que has perdido:
jamás volverás a verla. ¡Disfruta del recuerdo! —Y salí quemando neumáticos.
El
segundo, el hada del hombro, me lo hice cuando me divorcié. Manuel era un
vividor que subsistió a costa de mis ingresos durante los nueve años que duró
nuestro matrimonio. Debí advertir su fascinación por la noche, pero estaba
completamente obnubilada por su imponente y exótica masculinidad. Después de mi
anterior experiencia, aquello parecía de otra dimensión. Yo estaba en una
excelente posición económica; me llovían los contratos en las empresas más
punteras de Andalucía.
En
fin, no supe prever sus intenciones... Hacíamos el amor a todas horas y en las
posturas más dispares; aprendimos el arte del deseo de principio a fin. No
obstante, la satisfacción duró poco tiempo: pura fachada sin consistencia.
A
los nueve meses nació Carlota y Manuel empezó a desvanecerse. Al principio eran
unas horas; poco a poco se convirtieron en días enteros. Regresaba intoxicado
por el alcohol y el descontrol de las sustancias químicas: consumía todo tipo
de drogas. No sabía dónde había estado ni con quién. Un día descubrí que
padecía una infección de transmisión sexual; su cuerpo había transitado por
camas ajenas, explorando ambientes ambiguos y extremos sin ningún tipo de
control. Mi ex era un hombre incapaz de asumir su verdadera identidad.
Aguanté
varios años, camuflando nuestras desavenencias y sus oscuros hábitos. Hasta que
un día su agresividad estalló en un golpe que hizo sangrar mi rostro. Me asusté
tanto que guardé un silencio sepulcral. Seguí trabajando de forma incansable y
cuidando a nuestra niña, mientras él consumía todo lo que caía en sus manos.
Finalmente, decidí dar el paso y denunciarlo.
Carlota
y yo vivimos en diversos centros de acogida para mujeres. En el último conocí a
Lola, quien se convirtió en mi verdadera salvadora —de ahí la inspiración del
hada—. Ella posibilitó que Manuel firmara el divorcio y se marchara
definitivamente de Sevilla.
El
tercero, el símbolo chino, me lo grabé un mes después. Significó mi
resurrección, cual ave fénix que renace de sus cenizas. Nadie volvería a
humillarme. Ahora es el momento de embellecerlos; los ciclos cambian y demandan
nuevos trazos.
En
ese instante en el que los flashbacks de mi vida inundan mi psique, giro la
esquina y me topo con una vidente callejera:
—Niña,
te voy a leer el destino...
—No
me lea nada, señora, que llevo prisa —la miro con desagrado: es la misma mujer
peculiar que vi en urgencias voceando.
—¡No
te asustes! El de arriba nos ha juntado. Te lo voy a leer porque lo pide el
alma —sonríe, dejando entrever la ausencia de algunas piezas dentales.
Me
toma la mano y, de buenas a primeras, me asegura que ve una pasión incontenible
en mi horizonte, que el sufrimiento se disipa y la plenitud está cerca. Me río
internamente de sus augurios, pero llego a New Tattoo con una sonrisa dibujada
en el rostro.
Carmen
me indica que suba al entresuelo; Yuma me espera. Es un artista de rasgos
atractivos y profundos, experto en artes gráficas; un verdadero maestro en su
oficio.
La
escalera de madera noble cruje bajo mis pies. Arriba todo se mantiene intacto:
a la derecha, el diván oscuro y la cortina de tiras plásticas que resguarda el
área de diseño; a la izquierda, el suave trino de las aves. Enfrente se abren
los cubículos iluminados, pulcros como consultas de precisión artística,
protegidos por persianas interiores. Me dirijo al central. A los pocos minutos,
el tatuador aparece con unos bocetos en la mano. Los reviso con tranquilidad,
consciente de que van a ser parte de mi cuerpo de por vida.
—Sí,
este me fascina. Es exactamente lo que deseo para el hombro.
—Pues
bien, descubre el tirante y diseñaré algo que se acople perfectamente a la
curvatura de tu espalda.
Y,
con pulso firme, comienza a trazar directamente sobre mi piel desnuda.
—¿Así
de sugerente? ¿Creas el boceto sobre la marcha?
—Por
supuesto. Al no tener una plantilla fija, prefiero moldear la obra siguiendo
las líneas naturales de tu cuerpo.
—De
acuerdo. Adelante.
Sigo
cautivada por la cercanía. Máxime cuando añade:
—Observa si te agrada el diseño...
Me
miro en el espejo y descubro una composición espectacular.
—¡Me
encanta! —le digo.
—Pues
entonces, tiéndete en la camilla.
—¿Prefieres
que retire la prenda superior?
—Cuanto
más libre quede la piel, mejor trabajaremos.
—Me quito también el sujetador.
—Perfecto.
Allí
me encuentro, tendida boca abajo, con el brazo izquierdo ligeramente flexionado
y el derecho extendido a lo largo del cuerpo.
—Acércate un poco más.
Me
deslizo y mi brazo izquierdo se acomoda sobre sus muslos. Él permanece
concentrado en su tarea. Al desplazarse para delinear las zonas centrales, mi
codo roza su torso y termina reposado sobre su entrepierna. Percibo con total
claridad su firmeza; una vibración viril que se sintoniza con la atmósfera
cargada de erotismo que empieza a envolvernos.
—¿Vas
bien? ¿Estás cómoda?
—Sí,
sí. Tranquilo, sigue a tu ritmo.
Es
un instante sublime. La aguja dibuja una filigrana y mi tatuador, rindiéndose a
la sensualidad del momento, evidencia su inevitable reacción ante la cercanía
de mi piel expuesta.
El
trabajo superior está culminado; ha quedado bellísimo. El hada posee ahora una
estela de astros que recorre mi omóplato con elegancia. Llega el turno de la
amapola. Me giro boca arriba, acomodándome en la posición inversa. Yuma se
inclina sobre mí. Se levanta sutilmente del taburete y, semierguido, descansa
la calidez de su antebrazo sobre la zona baja de mi vientre.
—No
te preocupes, cuanta más firmeza apliques, más limpio será el trazo —insinúo
con picardía—. Si me molesta, te lo haré saber.
Lo
cierto es que la punzada cede el paso a una vibración placentera, a un deleite
inusitado...
Me
viene a la memoria el instructor de tenis de mi compañera, un hombre por el que
suspiro en secreto. Jamás imaginé desear una fisonomía tan exótica con
semejante intensidad. Si fuera mi entrenador personal, está claro que habría
enloquecido. Cuando está cerca, mi coordinación se desvanece: tropiezo con la
red o con cualquiera que pase. En fin, despierta mis deseos primarios; es
superior a mis fuerzas.
Mi
temperatura interior asciende y mis fantasías se vuelven audaces... Al
principio de conocer a Moroni —el tenista que solivianta mis apetencias
carnales— procuraba marcar distancias. Después, solo anhelaba su presencia.
Ahora provoco cualquier descuido para inclinarme ante él, contorneando mis
caderas, imaginando los recorridos que haría con mi boca sobre su piel. Lo
adoraría hasta el delirio si con ello lograra que su rostro indescifrable me
regalara una sonrisa cautivadora. La clave de mi obsesión reside en su
misterioso desapego. También mi entrega a la fantasía procede de ahí: me he
vuelto una buscadora de sensaciones voluptuosas que evoca su recuerdo en cada
instante de intimidad.
Presiento
que Yuma será quien materialice ese anhelo... Comienzo a sentir una profunda e
intensa humedad. De pronto, él detiene la máquina y murmura:
—Contémplalo.
Me
incorporo y me aproximo al espejo.
—¡Mmm,
es fascinante!
—Hemos
terminado.
—¿Te
pago a ti o a Carmen?
—Esta
vez a mí. Nos hemos quedado solos. Como es tu cumpleaños, te haré un obsequio
especial... Dame sesenta euros por ambos.
—Perfecto.
¿Has dicho que estamos solos?
—Así
es...
—¿Y
estás completamente seguro de que hemos terminado?
Me
acerco con lentitud y acaricio los sinuosos grabados de sus brazos.
—¿Qué
haces? —pregunta, con la voz ligeramente quebrada por la sorpresa.
—Son
una absoluta maravilla —le susurro al oído, mientras mis labios rozan
sutilmente su lóbulo.
—Vera,
nos conocemos desde hace años...
—¿Y
qué importa? —continúo recorriendo su torso con las yemas de los dedos mientras
desabotono su camisa.
Al
contemplar las figuras que adornan su pecho, humedezco mis labios con avidez,
entregándome al instinto.
—Una
verdadera obra de arte —insinúo, antes de sellar su boca con un beso húmedo y
descender por su piel, recorriendo con mi lengua cada línea inyectada en su
carne.
—Vera,
por favor...
—Siempre
he sostenido que entregarse a un hombre tatuado es fundirse con una obra de
arte viviente —concluyo, encendida de deseo.
Mis
dedos ágiles liberan el cierre de sus bermudas, dejándolas caer. La recompensa
visual es magnífica: su virilidad está adornada con delicados trazos concéntricos.
Decido saborear su esencia sin dilación, deleitándome con la firmeza de su
anatomía, disfrutando de ese contraste dulce y ardiente como el mejor de los
manjares.
—Cielo...
—susurra Yuma, entornando los ojos, completamente entregado al espasmo de
placer.
—No
hables. Mi piel ha estado bajo tu dominio un buen rato. Ahora me toca a mí
guiar el juego.
Tras
saciar mi primer apetito, me incorporo despacio, contemplando a Yuma extasiado.
Lo empujo suavemente para que tome asiento en el taburete. Me despojo de mi
lencería de encaje negro, elevo mi falda por encima de las caderas y me acomodo
a horcajadas sobre sus muslos, guiando su ardiente masculinidad hacia mi centro
húmedo y anhelante.
—Haz
lo que desees conmigo. Soy tuyo —murmura .
—Por
supuesto —le respondo, elevando los brazos y dejando que mi cuerpo oscile al
compás de Nothing Else Matters de Metallica, la balada que resuena
profunda en el estudio.
—¡Qué
silueta tan increíble y cómo te entregas! Vera, me estás perdiendo... —Me
estrecha contra su pecho, siguiendo el ritmo frenético de nuestra unión.
—Lo
sé. Conozco el poder de mi balanceo —murmuro jadeante, acentuando los
movimientos pélvicos mientras mis manos delinean el contorno de mis propios
pechos erguidos.
—Es
sublime. No te detengas.
—No...
Ahora es imposible parar.
Absorbidos
en el clímax de nuestro encuentro, el entorno parece desvanecerse. Yuma sujeta
mi melena con firmeza, enredando sus dedos entre mis ondas. De pronto, la voz
del perforador irrumpe con suavidad desde el otro lado de la cortina.
—¿No
se suponía que estábamos solos?
—Eso
creía... —concluye Yuma, acariciando mis caderas para incitarme a prolongar mi
danza erótica.
Alain
posee un atractivo incuestionable: tez bronceada, mirada color avellana y el
cabello recogido en una coleta de la que escapan algunos mechones oscuros y
rebeldes.
—Alain...
¿Deseas participar en este lienzo?
Yuma
observa fascinado. Con él he alcanzado una deliciosa tregua. Me incorporo con
parsimonia y guío al francés hacia uno de los gabinetes contiguos, donde
descansa el sillón clásico.
Allí
lo desvisto con calma y me acoplo a su anatomía sembrada de marcas sugerentes,
esas cicatrices de escarificación que añaden un morbo irresistible a su piel.
Imagino el cuerpo de un guerrero que regresa de la batalla, un hombre audaz que
reclama afecto y fuego. Yuma nos contempla desde el umbral, acariciando su
propia masculinidad aún encendida. Le sonrío mientras envuelvo al francés en un
vaivén rítmico, alternando embestidas profundas con sutiles pausas destinadas a
dilatar nuestro inevitable estallido.
Poco
después, ambos se confabulan para colmarme de sensaciones. Sus bocas recorren
mi rostro, la redondez de mis pechos, mis muslos y el epicentro de mi
feminidad. Me encuentro suspendida en el absoluto Nirvana, deshecha en jadeos
prolongados y espasmos incontenibles.
Antes
de marcharme, Yuma me recuerda con una mirada cómplice que tengo una nueva cita
el próximo sábado a la misma hora.
—No
lo olvidaré —le guiño un ojo con picardía.
El
arte en mi piel ha resultado un intercambio perfecto. Ahora voy a regalarme esa
fragancia de Prada que tanto me gusta.
Título
de la edición original: Bovary 21
Autor:
Anna Genovés
Asiento
Propiedad Intelectual
09/2913/2206
➡️ Os espero dentro de quince días para leer el segundo
capítulo: El traficante... ¡No os lo perdáis! 💋


