No es nostalgia lo que me empuja a escribir esto. Es algo más parecido a la perplejidad de descubrir, cada vez que profundizo en la biografía de algún escritor que admiro, que su obra —esa que hoy forma parte del canon, esa que se estudia en universidades y se cita en ensayos— fue construida en los márgenes de una existencia que no tenía nada de literaria. Que Kafka era empleado de una compañía de seguros. Que Pessoa trabajaba como corresponsal comercial traduciendo cartas de negocios. Que Emily Dickinson nunca salió prácticamente de su casa, pero no porque pudiera permitirse el lujo del retiro, sino porque su vida entera fue una forma de reclusión que no eligió del todo. Escritores cuyos mundos reales eran los que plasmaban mientras sus vidas de verdad eran una mera obligación con la que debían cumplir. No nos suena la historia a muchos escritores actuales, ahora que vivimos en la democratización de los libros independientes, estas historias serán realmente familiares.
Franz Kafka pasó casi toda su vida adulta trabajando para el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo de Bohemia. No era un empleo menor ni un pasatiempo burocrático: era una carrera. Ascendió, fue valorado, escribió informes técnicos sobre la prevención de accidentes laborales con la misma precisión angustiosa que aplicaba a sus relatos. Y sin embargo, esos relatos —La metamorfosis, El proceso, El castillo— los escribía de noche, cuando la oficina ya había cerrado y el cuerpo pedía descanso. Hay cartas suyas donde describe esa doble existencia como una forma de tortura suave: la incapacidad de dedicarse por entero a lo único que sentía que debía hacer, la conciencia de que el tiempo se fragmentaba y él con él. Murió sin haber publicado casi nada de lo que hoy le convierte en uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Le pidió a su amigo Max Brod que quemara los manuscritos. Brod no lo hizo. El resto ya no es literatura: es historia.
T.S. Eliot trabajó durante años en el banco Lloyd's de Londres. El mismo hombre que escribió La tierra baldía —ese poema que reconfiguró la poesía moderna como si la hubiera pasado por una trituradora y rearmado de otro modo— pasaba sus días revisando documentos financieros, gestionando cuentas, atendiendo a clientes. Ezra Pound intentó organizarle una especie de suscripción colectiva para que pudiera dejar el banco y dedicarse a escribir. Fracasó. Eliot siguió en Lloyd's. Siguió escribiendo. Siguió siendo, al mismo tiempo, las dos cosas que no deberían coexistir y que sin embargo coexistían: el poeta y el empleado.
Anthony Trollope es quizá el caso más peculiar porque él mismo lo documentó con una franqueza que todavía descoloca. En su autobiografía, publicada póstumamente, describió con precisión quirúrgica su método de trabajo: se levantaba a las cinco y media de la mañana, escribía durante tres horas antes de ir a la oficina de correos donde trabajaba, y se imponía una cuota diaria de palabras que cumplía con la regularidad de un funcionario. Porque era un funcionario. Trabajó para el Servicio Postal Británico durante más de treinta años. Cuarenta y siete novelas ejecutadas con la precisión del que cumple con su oficio real. Treinta años en correos. Las dos cosas son reales e igualmente suyas. Dos vidas en paralelos que no llegaban a tocarse, dos versiones de la misma persona.
Spinoza pulía lentes. No como metáfora, sino literalmente: trabajó como artesano pulidor de lentes ópticas para ganarse la vida después de ser expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam. Mientras elaboraba su Ética —uno de los textos filosóficos más rigurosos y ambiciosos que se han escrito— pasaba horas lijando vidrio, midiendo curvaturas, ajustando instrumentos de precisión. Hay algo extrañamente coherente en ello: un hombre que pensaba con claridad meridiana sobre cómo ver el mundo y que, para comer, fabricaba los instrumentos que permitían ver mejor. Murió a los cuarenta y cuatro años, probablemente de la silicosis que le produjo inhalar polvo de vidrio durante años. La filosofía no mató a Spinoza. El trabajo que pagaba la filosofía sí pudo haberlo hecho.
Herman Melville escribió Moby Dick y fue un fracaso. No un fracaso relativo ni un fracaso con matices: un fracaso absoluto, económico y crítico, que hundió su carrera como escritor profesional en el mismo momento en que producía su obra más ambiciosa. Durante los últimos diecinueve años de su vida trabajó como inspector de aduanas en el puerto de Nueva York. Diecinueve años. Revisando mercancías, firmando formularios, en un trabajo que no tenía ninguna relación con el hombre que había escrito sobre ballenas y obsesión, sobre el vacío al fondo de todas las cosas. Cuando murió, su nombre casi había desaparecido del mapa literario. La recuperación llegó décadas después, cuando él ya no estaba. Ahora valoramos su obra, podemos ver películas inspiradas mientras sus ojos ya no lo pueden disfrutar.
No todos los casos son de oscuridad y olvido en vida. Wallace Stevens trabajó durante décadas para una compañía de seguros y llegó a ser vicepresidente. Era conocido en su sector. Era respetado. Y también ganó el Premio Pulitzer de poesía. Sus compañeros de trabajo, según cuentan las crónicas, a menudo no sabían que era poeta. Sus lectores de poesía, a veces, no sabían que era ejecutivo de seguros. Vivió esa doble vida con una aparente comodidad que resulta casi sospechosa, como si hubiera encontrado la forma de que los dos mundos no se tocaran demasiado, de que ninguno contaminara al otro. Su poesía es abstracta, musical, llena de una extrañeza que no tiene nada que ver con pólizas de seguro. O quizá tiene todo que ver: la poesía como el único espacio donde el orden de las cosas podía romperse. Lugar donde probablemente pudiera ser el más allá del corsé del despacho, de los números, de los informes, del capital.
Hay escritoras en esta historia a las que el problema no era solo económico sino también estructural. Charlotte Brontë trabajó como institutriz, un empleo que odiaba con una intensidad que dejó documentada en cartas que son pequeñas obras maestras del malestar contenido. No solo odiaba el trabajo, odiaba lo que el trabajo le hacía al tiempo, a la energía, a la posibilidad de escribir. Cuando Jane Eyre se publicó y tuvo éxito, siguió siendo cautelosa, firmó con pseudónimo masculino —Currer Bell— porque sabía que el mercado literario del siglo XIX no estaba diseñado para que una mujer ganara dinero con su literatura. La escritura le dio fama. La institutriz le había dado, durante años, los medios para sobrevivir.
Lo que me parece verdaderamente revelador de todos estos casos no es el sacrificio, sino la tenacidad. Porque escribir cuando es necesidad del alma se convierte en un maratón que nunca acaba. La decisión, renovada cada día, de seguir escribiendo aunque el tiempo fuera escaso y el reconocimiento, cuando existía, llegara tarde o llegara mutilado. Kafka no publicó casi nada en vida y aun así siguió escribiendo. Melville fracasó de forma estrepitosa y siguió escribiendo. Dickinson publicó menos de una docena de poemas en vida y siguió escribiendo. Hay algo en esa obstinación que no se explica del todo con la vocación ni con el ego ni con ninguna de las palabras que solemos usar para hablar de por qué escribe un escritor. Escribir como un acto fisiológico, como bien pudiera ser respirar, comer, beber…
Me pregunto qué escribirían hoy. No en el sentido tópico de imaginar a Kafka con correo electrónico o a Melville con redes sociales, sino en un sentido más preciso: me pregunto si las condiciones habrían cambiado tanto. Los empleos han cambiado, el mercado editorial ha cambiado, la forma en que circulan los textos ha cambiado de formas que ninguno de ellos podría haber imaginado. Y sin embargo el problema de fondo —que escribir no suele ser suficiente para vivir, que la literatura no es una industria que sostenga a quienes la producen con la generosidad que merece— sigue siendo el mismo, con otros nombres y otras formas.
Los escritores tanto de editoriales como autopublicados rara vez cuentan historias de únicamente vivir de sus letras. Perpetuamos una forma de existir, un camino donde no cuidamos a aquellos que no llenan la imaginación y el corazón con su mundo interior, con sus historias y todo lo que tiene que decir.
No hay conclusión cómoda aquí. No la busco. Con lo que sí me quedo es con la imagen de Kafka saliendo de la oficina de seguros al anochecer, con el maletín bajo el brazo, sabiendo que le quedan unas horas antes de que el cuerpo exija dormir, y sentándose de todas formas a escribir. No como acto heroico. Como acto necesario. Como la única forma que tenía de ser completamente él mismo en un día que le había pertenecido, en su mayor parte, a otra cosa. Porque su identidad no era la que dejaba en la oficina, su ser realmente era el en aquel escritorio de madera imaginando que un hombre una mañana de pronto era una cucaracha.
Eso también es literatura: lo que se escribe cuando no hay tiempo para escribir.
Me pregunto qué escribirían hoy. No en el sentido tópico de imaginar a Kafka con correo electrónico o a Melville con redes sociales, sino en un sentido más preciso: me pregunto si las condiciones habrían cambiado tanto. Los empleos han cambiado, el mercado editorial ha cambiado, la forma en que circulan los textos ha cambiado de formas que ninguno de ellos podría haber imaginado. Y sin embargo el problema de fondo —que escribir no suele ser suficiente para vivir, que la literatura no es una industria que sostenga a quienes la producen con la generosidad que merece— sigue siendo el mismo, con otros nombres y otras formas.
Los escritores tanto de editoriales como autopublicados rara vez cuentan historias de únicamente vivir de sus letras. Perpetuamos una forma de existir, un camino donde no cuidamos a aquellos que no llenan la imaginación y el corazón con su mundo interior, con sus historias y todo lo que tiene que decir.
No hay conclusión cómoda aquí. No la busco. Con lo que sí me quedo es con la imagen de Kafka saliendo de la oficina de seguros al anochecer, con el maletín bajo el brazo, sabiendo que le quedan unas horas antes de que el cuerpo exija dormir, y sentándose de todas formas a escribir. No como acto heroico. Como acto necesario. Como la única forma que tenía de ser completamente él mismo en un día que le había pertenecido, en su mayor parte, a otra cosa. Porque su identidad no era la que dejaba en la oficina, su ser realmente era el en aquel escritorio de madera imaginando que un hombre una mañana de pronto era una cucaracha.
Eso también es literatura: lo que se escribe cuando no hay tiempo para escribir.
Escrito por Ainhoa Escarti


