Calma total, de Charles Williams

 

Llevaba bastante tiempo esperando esto. Antaño leí seguidos La tormenta y la calma, el libro de Hernán Migoya sobre Charles Williams, y la novela más famosa de éste: El arrecife del escorpión, y además en su día me gustó mucho la película que adapta Calma total (aunque eliminaron 2 personajes del libro).

Charles Williams es uno de esos autores hoy olvidados a los que Migoya (como traductor y prologuista) y Bunker (como editorial de riesgo) rescatan para nuestra felicidad. Calma total constituye una oportunidad única para cerciorarse del pulso de este escritor para el suspense, para la psicología de los personajes, para ponernos en un estado casi de ansiedad mientras leemos cómo un extraño se lleva el barco de John Ingram con Rae a bordo y él se queda en una embarcación que hace aguas. Una de las preguntas que atormentan al lector es: ¿cómo conseguirá la pareja acortar la distancia entre ambos? Miedo, soledad, claustrofobia, acrofobia marítima, supervivencia... Todo esto va surgiendo capítulo tras capítulo.  

Las novelas de Williams no distan mucho de la obra de la maestra Patricia Highsmith. Ambos conocían las diversas caras del mal y la manera de trasladarlas al lector y hacerle sufrir con los ardides de los seres humanos. No os la perdáis. Y os sugiero no saltaros el prólogo: el texto de Migoya es otra joyita. Un fragmento de la novela:

Se disponía a bajar para vestirse y hacer café, pero se detuvo con un pie en la escala de toldilla con la intención de echar un último vistazo al horizonte en busca de nubarrones. Podían formarse muy rápido en el cinturón de calma alrededor de la Línea, incluso por la mañana temprano. Por el momento no aparecían nubes sospechosas… Sus ojos se pararon de repente y regresaron a la zona situada en la amura de estribor. Había visto algo. ¿Seguro? Sí, allí estaba de nuevo, una mota diminuta casi en el borde del horizonte.
Desapareció y volvió a ponerse a la vista. Sin quitarle los ojos de encima, su mano buscó dentro de la escotilla y alzó los enormes binoculares de siete por cincuenta del estante tras el mamparo.
Era un barco.
A esa distancia, incluso con los prismáticos, no podía distinguir nada, más allá de que parecía tratarse de una embarcación de dos palos sin vela izada de momento. Retrocedió hasta la bitácora y comprobó el rumbo. Navegaban al 310 aproximadamente. Volvió a mirar al barco, pero era imposible determinar si había alguien o no en cubierta; de hecho, solo resultaba visible cuando se alzaba en la cresta de la oleada. Rae querrá verlo, pensó. Era el único signo de vida que habían avistado desde que abandonaran Panamá hacía casi tres semanas. Bueno, aún seguirá ahí después del desayuno; nadie iba a irse a ningún sitio a menos que soplara un poco de viento.




[Bunker Books. Traducción de Hernán Migoya]

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