Los takilleros en causas que les den visibilidad vía likes o politiquera, salen en tromba a defender a las mencionadas porque «¡qué vulgaridad!», y una serie de vejaciones que no se dicen en la canción. Lo cierto es que eso que gruñen en el «tema» («canción» es mucho decir) forma parte de una historia ficticia que han querido ilustrar los autores con nombres de la vida real. Cierto es que nadie quiere oírse citada en un tema de baja calidad y rakatakerío patrio.
Algunos ilustres ignorantes han dicho que habría que resucitar la «censura», ese artefacto dictatorial que tachó canciones de Rubén Blades o Pedro Altamiranda, y que en la actualidad lucen en su mesa muchos entusiastas de la ignorancia en forma de cancelación y linchamiento mediático, por ser incapaces de entender, por falta de comprensión lectora, que la libertad de expresión y de creación se debaten, no se suprimen, y que en el peor de los casos, con cambiar de canal o de emisora es suficiente. Pero la hipocresía y la falta de criterio son deporte nacional en el país imaginario.
Estos faladores de medias verdades debían cerrar sus canales y cuentas en redes y dedicarse a leer largo y hondo. Son opinadores con kilómetros de superficie y profundidad milimétrica, una peligrosa mancha. Y MiCultura inaugurando playitas con personajes más dudosos que los del «tema» en cuestión. Cuando vengan a quejarse de la mala educación y la falta de cultura, les responderán, con razón, «¡Dale de aquí, ombe!».
