Melancolía, de Jon Fosse

 

 

Düsseldorf, por la tarde, otoño de 1853: estoy echado en la cama, vestido con mi traje de terciopelo lila, mi fino y elegante traje, y no quiero ver a Hans Gude. No quiero escuchar a Hans Gude decir que no le gusta el cuadro que estoy pintando. Solo quiero quedarme en la cama. Hoy no tengo fuerzas para ver a Hans Gude. Porque ¿y si a Hans Gude no le gusta el cuadro que estoy pintando y le parece que es penosamente malo, y si le parece que no sirvo para pintar? ¿Y si Hans Gude se pasa su delgada mano por la barba y me mira duramente, con sus rasgados ojos, y me dice que no sé pintar, que no tengo nada que hacer en la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, nada que hacer, ya puestos, en ninguna academia de bellas artes? ¿Y si Hans Gude me dice que nunca llegaré a ser pintor? No puedo permitir que Hans Gude me diga eso.

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Åsane, tarde, finales de otoño de 1991: él, Vidme, camina en medio del viento y la lluvia, en medio de la oscuridad, es escritor, tiene treinta y tantos años y en este momento avanza por una acera envuelto en su viejo abrigo gris, bajo un paraguas negro. Vidme avanza por una acera, con el cuerpo echado hacia delante, contra la lluvia y el viento, camina con el rostro ligeramente vuelto, apartado de la calle, mientras una larga hilera de coches que nunca se convertirá en un coche detrás de otro, piensa Vidme, pasa por su lado. Vidme ve, a pesar de que ha vuelto el rostro y no mira hacia la calle, que la luz de los coches brilla en la lluvia que cubre el asfalto. Vidme sigue caminando, pensando que tendrá que presentarse y luego exponer su caso. Tiene que hacerlo y acabar de una vez con todo este lío.




[Random House. Traducción de Ana Sofía Pascual Pape]

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