EL MERODEADOR: Fragmentos.



Y ciertamente era verdad, flotaba sobre aquel lugar un aura asfixiante y siniestra, una sensación de tragedia y desolación que ponía los pelos de punta (como en la Casa Usher, recuerdo que entonces pensé). No queda ya nada aquí, repitió Fro al entrar, y comenzó luego a enseñarme el edificio, las dependencias de Konrad en el primer piso, su dormitorio y el despacho donde, según dijo (y según Bernhard en la novela), se pasaba los días trabajando en su Estudio sobre el oído, y las de su mujer inválida a continuación, en el segundo, desde cuyas ventanas se podían contemplar los excelentes (pero también siniestros) paisajes del lago. Precisamente aquí, dijo Fro tras haber recorrido parte del piso, en esta habitación, fue donde la asesinó, aquí fue donde Konrad la disparó, unos dicen que en el pecho, otros que en la cabeza, pero fue aquí, en su silla de ruedas, donde la mató, y esas manchas en la pared, dijo señalando una esquina, lo atestiguan, esas manchas que nadie se dignó a limpiar, ni yo mismo me digné a limpiar, al fin y al cabo desde la muerte de Konrad a nadie le importa nada ya aquí, la Calera ahora es un santuario, un cementerio, y a nadie le importa nada ya aquí... Salvo a los escritores, añadió. Ustedes, los escritores, vienen aquí buscando inspiración y respuestas y sólo encuentran preguntas y miedos (tengo grabadas a fuego estas palabras en mi memoria), eso es lo que ustedes encuentran aquí, lo único que en el fondo encuentran, repitió. Y, efectivamente, fue lo único que en aquella visita encontré: preguntas sin respuesta, no respuestas a mis preguntas, y miedos, miedos y preguntas en lugar de inspiración y respuestas...

Vicente Muñoz Álvarez, 
de El merodeador (LcLibros, 2021)



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