Los últimos días de los hombres perro, de Brad Watson

 

Brad Watson, se sabe leyendo este libro de relatos, tenía una sensibilidad especial para capturar las inquietudes tanto de los humanos como de los animales y los múltiples conflictos en torno a ellos. Eso me atrajo en cuanto tuve noticia de esta novedad de Dirty Works. Reconozco que también me embarga cierta debilidad por las vidas truncadas: Watson murió a los 64 tacos, lo que sin duda a mí me interesa porque me abre interrogantes y especulaciones (¿cuántas obras habría escrito de llegar a los 90?, ¿su calidad iría en ascenso o en declive?, ¿hubiera abandonado la escritura?, etcétera).  

Los últimos días de los hombres perro, con traducción de Javier Lucini, reúne 8 magníficos relatos que se abren con una cita de David Gordon White sobre el perro como álter ego del hombre. En todas las historias hay canes. Pero no en todas adquieren la misma importancia. A veces son el motor central (por ejemplo, en “Una bendición”, en el que una pareja se desplaza hasta una casa de campo para comprar un perro; o en “Bill”, donde a una anciana le comunican que su caniche está muy viejo y “habría que dormirlo”), y en otras ocasiones son sólo accesorios o “personajes secundarios” (como en “Un retiro”, en el que dos tipos van de caza y se llevan a una perra para que cobre las piezas mientras hablan de sus cosas).

Algo que me gusta mucho de Watson, y que suele ser propio de escritores como Raymond Carver y en ocasiones de Richard Ford, es su naturalidad para tratar 2 temas o conflictos en una misma historia: véase el caso de aquel cuento de Carver en el que un matrimonio tiene que lidiar con un pastelero borde y con el accidente de su hijo. El caso ejemplar de Watson es “El velatorio”, donde encontramos 2 líneas narrativas: Sam trata de encontrar a una perra moribunda y maloliente que merodea por su propiedad y, además, recibe una caja enorme de la que sale una voz (la de su ex novia, que ha decidido enviarse por correo postal) ante la confusión del protagonista: “¿Por qué cojones te has enviado en una caja?”. A Marcia, la chica, le pareció “un toque creativo”. Así que Sam tiene que resolver dos problemas, al estilo carveriano: encontrar al animal y tal vez reconciliarse con su ex.

Watson captura en estas historias muchos males de las vidas cotidianas: el dolor de las parejas que se disolvieron, la gente de la tercera edad que va afrontando las cosas como puede, los tipos encantados de oírse contar historias ante un público de amistades que trasiega alcohol, los sueños rotos y las infidelidades… De vez en cuando se permite cierto toque lírico que le va como un guante a la narración. Veamos un ejemplo para cerrar este comentario:

Entonces nos tambalearemos de vuelta a la casa ruinosa y a nuestras camas. Y todos nuestros sueños rodarán hacia la depresión del centro del caserón y se estancarán allí, mezclándose con las corrientes que se cuelan por debajo de las puertas, con las hojas desmenuzadas del año pasado, los escíncidos reptantes y los sueños de los perros, que seguro sueñan con la persecución, la caza, las perras en celo, la mezcolanza de viejos rastros con sus propios olores mohosos.



[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]    

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