Sobre lo que esconden los títulos de las novelas




El título de una novela es tan importante como un hijo, una mano o un pie del cuerpo. Por eso, hay que saber elegirlo con juicio. El título es la columna vertebral de la historia, al que uno vuelve a mitad de la lectura, el que lee todos los días cuando abre o cierra la novela. Así, debe tener un sentido y un significado atendiendo a la originalidad, coherencia y al marketing


Está claro que el título es la parte más visible de una novela. Lo que antes vemos, el que decide si leemos o no un libro. Atrae y condiciona al lector, para bien o para mal. No todo vale. Pero, ¿sabíais que esto de poner títulos también ha tenido sus modas? Por ejemplo, con los títulos de las primeras novelas inglesas no se rompieron los cuernos en cuanto a la originalidad, y optaron por poner el nombre de sus protagonistas: Moll Flanders (1722), de Daniel Dafoe; Pamela (1740), de Samuel Richardson; Tom Jones (1749), de Henry Fielding; Emma (1815), de Jane Austen; o Ana Karenina (1877), de León Tosltói. Y como estos ejemplos hay un sinfín de ellos. ¿Por qué ocurría esto? Hay que recordar que la novela se camuflaba con autobiografía, y muchos autores optaban por el nombre del personaje principal. Por ejemplo, lo vemos en Jane Austen con su novela Sentido y sensibilidad. Sabemos de ella que trata de dos hermanas, Elinor y Marianne, que están caracterizadas por el sentido y la sensibilidad respectivamente. Bien, ¿sabíais cómo se iba a llamar una primera versión que salió en 1795? ¡Correcto! Elinor y Marianne. Por cierto, si queréis saber una curiosidad sobre las novelas de Austen, pinchad en este enlace.


Más tarde, ocurrió algo insólito, ya que la moda cambió y los escritores se dieron cuenta de que quizá los títulos podría indicar un tema del que trataba la obra, lo que era vital para el lector. Y ahora sí tiene lógica pensar en Sentido y sensibilidad, de Austen. La mujer de blanco (1860), de Wilkie Collins, nos hace pensar con una novela de misterio y suspense. Cumbres borrascosas (1817), de Emily Bronte, nos lleva a un escenario y a una atmósfera concreta. La vuelta al mundo en ochenta días (1872), de Julio Verne, nos transmite aventuras y diversión. Y lo mismo con otros títulos como La isla del tesoro, Historia de dos ciudades o Guerra y paz. ¿Qué adjetivos se os ocurren para estos tres títulos? Seguro que no es muy complicado, pues los autores de dichas obras pensaron lo mismo.


Todavía en el siglo XIX y hasta el siglo XX, los títulos comenzaron a elaborarse más. Así, la historia de la literatura nos ha dado ejemplos como Lejos del mundanal ruido (1874), de Thomas Hardy; o Por quién doblan las campanas (1940), de Ernest Hemingway. No obstante, en el siglo XX, con todo el movimiento modernista, los títulos fueron más metafóricos o simbolistas, como Ulises (1920), de James Joyce; El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph ConrandOtros novelistas del siglo XX optaron por títulos más originales y largos, como: El guardián entre el centeno (1951), de Salinger, o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de K. Dick. 


Ya veis, el título puede enganchar o no al futuro comprador. Lo que a mí me pasa con los títulos rimbombantes es que no me atrapan porque pienso que el departamento de marketing ha tenido que idearlo para tener una venta asegurada, ya que la calidad no es muy buena. Y no sé si será así, pero me pasó con Si tú me dices ven lo dejo todo, pero dime ven, de Albert Espinosa; o El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson. Los títulos no me engancharon. Lo mismo pensé con la obra La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, de Mary Ann Schafer. Y como en todo tiene que haber una excepción, esta novela me encantó y la recomiendo enormemente. 



PENSAR EN UN TÍTULO


De cualquier manera, elegir un buen título no es fácil. Hay novelistas que no lo saben hasta el final y otros lo saben antes de empezar a escribir o cuando van por la mitad. ¿Hay que hacer hincapié en el tema de la novela?, ¿hay que ser explícito en el tema?, ¿hay que ser escueto y dejar que el lector averigüe? Mirad, tenemos el caso de Dickens, ¿sabéis cuántos títulos propuso para una novela? ¡Catorce!: Según Cocker, Demuéstralo, Cosas testarudas, La realidad de Mr. Gradgrind, La piedra del molino, Dos y dos son cuatro, Algo tangible, Nuestro amigo el del corazón duro, Óxido y polvo, Simple aritmética, Cuestión de números, Una simple cuestión de números, la filosofía Gradgrind. ¿Y sabéis por cuál optó al final? ¡Tachán! Por Tiempos difíciles, que se muestra de una manera más amplia las preocupaciones sociales de la época. Una época donde el mercado literario era más amplio y competitivo, por lo que había que prestar atención al marketing. No hay que olvidar que una novela es un producto. 


El escritor Thomas Hardy pensó en dos títulos para Los habitantes del bosques, que fue este y Fitzpiers en Hintock. En la novela de El buen soldado, de Ford Madox Ford, tenía que haberse titulado La historia más triste, pero se publicó durante la Primera Guerra Mundial, y sus editores le tuvieron que decir que optase mejor por un título menos deprimente debido al clima que estaban viviendo. Por ello, optó por El buen soldado. Lo mismo ocurrió con la novela de Martin Amis, se tendría que haber llamado Niños muertos (1975), pero finalmente, para que no fuese tan traumático, optaron por Oscuros secretos en la edición inglesa. No ocurrió lo mismo con la editorial española Anagrama.


Así es. Hay que pensar en un buen título, aunque quizá el título significa más para el autor, que sabe la interpretación exacta que tiene, que para el lector. Y a vosotros, ¿qué tipo de títulos os gustan u os echan para atrás? No os cortéis, quizá hay un título con millones de ventas pero que a vosotros no os convence. Y, es que, como suele ocurrir, todo es cuestión de gustos. 


Si queréis leer curiosidades sobre las traducciones de títulos de novelas, pinchad en este enlace. 


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