El cielo de los animales, de David James Poissant

 

 

Este libro de relatos salió en 2017. Han pasado 5 años y yo pensaba que era mucho menos. Recuerdo que lo recomendaron con entusiasmo algunos lectores de confianza, y lo compré en seguida… pero lo fui aplazando. ¿Es una maravilla, como ellos decían? Rotundamente sí. Una de las mejores compilaciones de cuentos de los últimos años.

David James Poissant reúne en El cielo de los animales 15 relatos asombrosos. En este compendio cabe de todo: algunos textos son breves, otros muy largos y la mayoría están a medio camino. En casi todos se nos ofrecen dos temas, o dos tramas, por así decirlo: igual que sucede en los cuentos de Raymond Carver, durante el relato nos cuentan lo que está sucediendo en el presente del personaje (por ejemplo, que tenga que hacer un viaje por Estados Unidos, a toda prisa y sin apenas dormir, para llegar a la ciudad en la que vive un pariente a punto de morir), pero poco a poco nos va introduciendo en el pasado de los personajes, contándonos por qué llegaron a ese punto de entendimiento o de falta de entendimiento.

En la historia que abre el libro, “El Hombre Lagarto”, un tipo acompaña a un amigo a la casa del padre fallecido de ese colega; mientras viajan conduciendo por carretera, el narrador nos relata los problemas de su pasado, en cómo él mismo se enfrentó a su hijo al descubrir que era gay. Son sólo algunos ejemplos del dominio del autor, a la manera de Carver, para entretejer dos líneas argumentales en las que la que pasa por debajo, o sirve de trasfondo o flashback, acaba siendo la más importante de ambas.

Poissant posee una percepción especial para transmitirnos, con apenas una o dos frases, cómo se siente un personaje herido o cómo un matrimonio nota que su relación naufraga. En sus relatos suele haber pérdidas: la muerte de un padre, o de un hijo, o de una mascota. Suele haber malentendidos y falta de comunicación: esas parejas y esos matrimonios que ya no se comportan como antes, que ya no son lo que eran como pareja, esos padres e hijos que tratan de recuperar la relación, esos hermanos que llevan años sin hablarse pero quieren cerrar las heridas. Culpa, remordimiento, padres alcoholizados, hombres incapaces de superar una ruptura y que además extravían al gato que les habían encargado cuidar, hijos superdotados a los que putean…

Ningún lector habituado a los cuentos debería perderse este libro. Dejo algunos extractos:
 
Lo único que sabía era lo que pensaba, y pensaba que Kate podía ser feliz por los dos. Pero una pareja no podía funcionar de esa manera; uno de los dos contento, el otro como fuere. Una pareja tenía que tener equilibrio, armonía. A falta de eso, no eran más que dos personas que compartían platos y cubiertos.

[Del relato “La amputada”]

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La noche es fría. Los edificios son altos. El cielo, salvo donde hay estrellas, es negro. Negro como las piezas negras del juego de damas o los rescoldos de la madera después del fuego.
También debería mencionar que hay un arma de gran calibre apuntándome a la cara.
Y como hay un arma de gran calibre apuntándome a la cara, las cosas se aceleran como en los documentales sobre la naturaleza, cuando la semilla se abre, brota, saca un tallo y crecen hojas en menos de diez segundos.


[Del relato “100% Algodón”]

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Sabía en qué estaba pensando la maestra. Ahí estaba la madre que vendía maquillaje y el padre que se ganaba la vida haciendo venta telefónica. Igual que nuestra casa, no parecíamos valer demasiado. Y seguramente estaba pensando en la manzana que a veces cae lejos del árbol. Excepto que, como ya dije, no éramos idiotas, especialmente Joy, sino gente que se conforma con poco, gente que se acomoda a un trabajo fácil, con un sueldo seguro y que, a medida que envejece, deja pasar las posibilidades de conseguir un trabajo mejor. No voy a defender nuestras elecciones, pero tampoco voy a disculparme.

[Del relato “Reembolso”]

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Joy respiró hondo, exhaló, se sentó. Me apoyó la mano en la rodilla y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Era el momento más íntimo que habíamos compartido en semanas.

[Del relato “Reembolso”]

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Dicen que una relación termina cuando una de las personas se va. Tal vez no la primera vez, pero sí bastante antes de la última. Uno interrumpe las peleas dando un portazo, encendiendo el motor del coche o saliendo a dar una vuelta a la manzana, y a eso uno lo llama “salir a despejarse”. Y aunque todavía no lo sabe, uno se está yendo de algo más que del momento. Uno se está yendo de su matrimonio.

[Del relato “Reembolso”]

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En la cama, el cuerpo de Arnie se volvería familiar como el de Frank, ¿y entonces qué? ¿En qué se transforma el sexo clandestino cuando pasa a ser cotidiano?
Al final, en puro resentimiento. ¿Y Arnie seguiría el camino de su padre? ¿Empezaría a beber o desaparecería durante varios días? ¿La desfiguraría con una barreta?


[Del relato “El último de los grandes mamíferos terrestres”]

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-¿Qué quieres que haga? –preguntó Mark.
-Quiero que lo intentes –dijo ella.
-Lo estoy intentando –dijo él, pero no era así y lo sabía, y sabía que Lorrie tenía razón cuando decía “tienes que intentarlo mucho más”.
Por supuesto que no sólo se refería a su hermano. También se refería a ella, a su matrimonio, que ese año había dado un vuelco inesperado. Mark no sabía que había ocurrido. Era como si estuvieran conduciendo una bicicleta rara, para dos. Al acercarse a un árbol habían maniobrado, cada uno en una dirección diferente, y los dos habían caído al pavimento, ensangrentados, con una mitad de la bicicleta. No eran los mismos con quienes se habían casado. Sus vidas, sus tiempos y cómo usaban el tiempo, lo que querían, lo que esperaban… todo había cambiado, y Mark había sentido miedo.
-Eres tan duro con la gente –dijo Lorrie–. Un día tu hermano ya no estará y vas a lamentar cada palabra.


[Del relato “Nudistas”]

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-Creo que Mary quería empezar de nuevo –dijo mi madre. Yo intenté decirle que una nueva ciudad no es lo mismo que una nueva vida, pero como sea. A algunas personas es imposible protegerlas de sí mismas.

[Del relato “El niño que desaparece”]



[Edhasa. Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc]

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