El jardín del Edén, de Ernest Hemingway

 

 

David se metió detrás de la barra, encontró copas y hielo y preparó dos martinis.
-Probaré el suyo, si me lo permite –dijo la chica.
-Ya no le tienes miedo, ¿verdad? –le preguntó Catherine.
-Ninguno en absoluto –contestó la chica, volviendo a ruborizarse–. Sabe muy bien, pero es terriblemente fuerte.
-Es fuerte –asintió David–, pero hoy sopla un viento fuerte y nosotros bebemos de acuerdo con el viento.

**

-¿Qué te trae por aquí? –preguntó.
-Hemos almorzado en la ciudad y aquí estamos –respondió David.
-¿Cómo está tu puta?
-Aún no tengo ninguna.
-Me refiero a aquella para quien escribes los relatos.
-Ah. Los relatos.
-Sí. Los relatos, esas sórdidas y deprimentes historietas sobre tu adolescencia con el borracho e inútil de tu padre.
-De hecho, no era tan inútil.
-¿No defraudó a su esposa y a todos sus amigos?
-No. Solo a sí mismo, en realidad.
-No cabe duda de que le pintas despreciable en esos apuntes o viñetas o anécdotas insensatas que escribes sobre él.
-Te refieres a los relatos.
-Tú las llamas relatos –dijo Catherine.
-Sí –asintió David, llenando una copa del agradable vino frío en el día claro y radiante y en la habitación bonita y soleada del limpio y cómodo hotel y notando, al sorberlo, que no lograba animar su corazón muerto y frío.

**

Le importaba más escribir que cualquier otra cosa, y eso que muchas le importaban, pero sabía que mientras escribía no debía preocuparse por su trabajo ni manosearlo ni manipularlo, del mismo modo que no se debía entrar en el cuarto oscuro para ver cómo se revelaba un negativo.

**

-Puedes volver a escribirlos.
-No –dijo David–. Cuando algo está bien escrito, no puedes recordarlo. Cada vez que lo relees te parece una grande e increíble sorpresa. No puedes creer que lo hayas escrito tú. Cuando lo has hecho bien, no puedes repetirlo. Solo lo puedes hacer una vez y solo se te permite un número determinado en toda la vida.
-¿Un número de qué?
-De historias buenas.
-Pero puedes recordarlas. Es preciso.
-Yo no, ni tú, ni nadie. Se desvanecen. Una vez se han escrito bien, se desvanecen.


[DeBolsillo. Traducción de Pilar Giralt Gorina]  

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