Diarios (tomo I). A ratos perdidos 1 y 2

 

 

Me boicoteo a mí mismo. Como si no pudiera vivir sin mis raciones diarias de inseguridad, miedo y sufrimiento. Siempre estoy curándome de algo que me ha herido.

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La mayoría de esos historiadores no soportan el presente, que, sin embargo, es tan monótono –o resulta tan vivo y desconcertante– como lo fue el tiempo pasado al que dedican sus esfuerzos. La esclerosis, y la complacencia en la esclerosis. Es el caso de esos editores-urraca que presumen de tener un magnífico catálogo, pero que sólo apuestan por lo que ya ha sido reconocido, los autores consagrados. Coleccionistas de momias.

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Llevo días sin escribir. Me siento vacío, vacío, vacío. Qué pulsión más rara, la de escribir, sin que importe lo que se escriba. Yo diría que escribir te permite seguir viviendo sin que te haga falta sentirte de alguna parte o de alguien.

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Más mala conciencia: escribo cada vez menos y me siento culpable por escribir cada vez menos y, como me siento culpable, cada vez tengo menos ganas de escribir. Como si el silencio fuera una forma de consumar el castigo, un modo de purificación de estilo dostoievskiano. Desprenderse de la inteligencia, de la sensibilidad, para alcanzar en el desnudamiento una forma de gracia.

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El cuerpo como depósito de la enfermedad, de lo sucio y despreciable, un concepto heredado del barroco cristiano, de Trento, que ha impregnado la Iglesia católica hasta nuestros días y del que uno no acaba de librarse. Pero, al margen de lo que digan los curas, ¿por qué no pensar que los cuerpos son sacos de suciedad, emisores de virus? Buena parte de la historia de la humanidad se explica por las pandemias transmitidas en el roce cuerpo a cuerpo entre seres humanos, en el contacto con flujos y deyecciones. Claro que uno, en vez de tomarlo a la tremenda, puede tomárselo con humor, como suculenta hecatombe en el altar de la carne.

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Me digo: busco una historia. Y al rato: no, lo que busco no es una historia, sino un tono; aunque, en realidad, lo que busco es cómo tapar el ruido que hace la rata del miedo cuando me corre por dentro.

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Me miro a mí mismo y pienso en que poca gente se habrá equivocado tantas veces como yo. Buscar es arriesgarse a dejarse seducir por espejismos, es correr el riesgo sin certeza de que te vayas a encontrar con otra cosa que no sea el polvo que te tragas al caer. Eso con suerte.

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Una vida es un razonamiento, digámoslo así, una narración; y yo tengo la impresión de que, en todos estos años de aprendizaje, no he sido capaz de hilar un silogismo correcto. Trampas, autoocultaciones; prisas. Pensar que la vida es solo el instante. La pereza no como consecuencia de creer que se tiene todo el tiempo del mundo, sino como desánimo, como convencimiento de que ya no se tiene tiempo para casi nada. Así, he acabado por quedarme vacío, y solo. Modelo de ineficacia. Veo películas en la tele, leo libros, y lo olvido todo de inmediato, a lo mejor porque no soy capaz de descubrir qué lugar ocupan en la narración de mi vida, qué vacío colman, o por qué me sobran. Si uno no sabe adónde quiere ir, cómo va a saber por dónde.

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Huyendo de normas, leyes, academias y poderes legislativos, me he encontrado perdido en la complicada selva de mí mismo y de mis limitaciones.

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La idea de una futurible escritura me parece cada día más una excusa para fingir que todo este desorden en que se ha convertido mi vida tiene un sentido, una brújula que lo guía y le da sentido, y que me empeño en algo que lleva a algún sitio. La literatura, como criada que te ordena la casa.


[Anagrama]

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