CINEXÍN 1974



La secuencia podría ser, si cierro ahora mismo los ojos e intento reproducirla en mi mente, más o menos así: después de varios días de llamadas, compras y preparativos, saldríamos de la Calle del Carmen 12, en pleno centro de León, mi hermana, mis padres y yo (pongamos que, para esta regresión en concreto, con ocho años), sobre las nueve, ya noche cerrada y gélida en la tierra, abrigados hasta las cejas, iríamos en coche, un Simca 1000 de color granate, por La Condesa hasta el Hostal de San Marcos, iluminado especialmente para la ocasión, cruzaríamos el puente (ahora peatonal) sobre el Bernesga hacia El Crucero, y giraríamos en la rotonda del Bar Ferroviario a la derecha, dejando a un lado el Parque de Quevedo (por aquel entonces solo un destartalado vivero), hasta llegar a la Glorieta de Pinilla, donde vivían mis abuelos y, aquella noche en particular, Noche Buena de 1974, nos estaría ya esperando el resto de la familia: el tío Antonio, la tía Tere y el tío Miguel, tía Geli, tía Rosi y tía Casil, Marcos, Jorge, Óscar, Alma y Sonia, mis primos, todos más o menos de mi edad, mi padre, mi madre, mi hermana y yo, y mis abuelos, Manolo y Consuelo: diecisiete personas, nada más y nada menos, en aquel tercer piso de la Glorieta de Pinilla, de unos cien metros cuadrados, no sé, realmente, cómo lo podíamos hacer... Y justo al entrar, después de haber aparcado lo más cerca posible el coche y subir tiritando en el ascensor, lo primero de todo y como un gigantesco abrazo de bienvenida, aquel maravilloso olor: a consomé dorado y humeante y langostinos recién cocidos y cabrito y pimientos asados, un aroma delicioso y embriagador, diferente al de cualquier otro día del año, a familia y reencuentro, a total Navidad... Y a continuación, en tromba y caóticamente, los besos y abrazos (de los de antes del Covid, de los de verdad): diecisiete personas besándose y abrazándose y celebrando, con una sonrisa en los labios y el corazón al desnudo (que diría mi querido Baudelaire), el hecho de estar, un año más, juntos y vivos... Y el jaleo, acto seguido, de colocar los bolsos, paquetes y abrigos, las carreras de mis primos por el pasillo y las risas de mis tías en el comedor, las bengalas y serpentinas, las primeras copas de cava o de fino, los villancicos, los chistes y las confidencias, el ponerse todos apresuradamente al día de todo... Y justo antes de cenar, ya algo achispados los mayores, la hora de los regalos de los niños, que, con tanta gente en casa, eran muchos y muy sorprendentes: Monopoly, Madelmanes y Geypermanes, Quimicefa y Magia Borrás (mis favoritos), Scalextric, Juegos Reunidos Geyper, Exin Castillos, Cinexin... todo un mundo, en suma, de diversión y prodigios... Salvo, claro está, y como en cada Nochebuena, el regalo del tío Antonio, hermano soltero de mi abuela Consuelo, sin duda el más peculiar: nos reunía en fila india en el salón por orden de edad, nos preguntaba cuántos años teníamos, y nos daba un duro (con el omnipresente jerol de Franco estampado, aun estando ya casi en las últimas), cinco pesetas por cada año que cada uno tuviera, una pequeña fortuna para cualquier joven castor... Pura magia y ensoñación todo aquello, para mí al menos, evocado hoy, aquí y ahora, con cincuenta y cinco y en plena pandemia, aquellas gloriosas navidades de los años 70, al borde ya de la Transición y de una España nueva, todos felices en aquel pequeño piso de las afueras, embriagados por aquel olor a consomé y langostinos y cabrito y pimientos asados, y arrebatados, como diría el mago Iván Zulueta, por el espíritu de la Navidad... Cierro ahora los ojos para intentar reproducir en mi mente aquellas Nochebuenas, la de 1974 en particular, y es como saborear y oler y sentir y ver y escuchar otra vez todo aquello, mi magdalena de Proust personal, pura sinestesia y desorden de los sentidos, las risas de mis tías y primos, el sabor de aquel consomé y el olor de los langostinos en los dedos, los villancicos sonando de fondo, las conversaciones cruzadas, las serpentinas y las bengalas, las burbujas del cava y el crujir del turrón, la pierna chirriante de madera de mi abuelo (mutilado de guerra), el tacto gomoso de las cartas de la baraja tras la cena y los reflejos caleidoscópicos de las bolas navideñas y el espumillón... 

No tenía ni la más remota idea, si he de ser sincero, de sobre qué iba a ir este cuento cuando me he sentado hace un rato frente a la pantalla del ordenador a escribir, pero al cerrar los ojos y pensar en la Navidad, en las que yo por aquellos años viví, fellinianas y entrañables, mágicas y memorables, mis dedos se han independizado de mi cabeza sobre el teclado y han sido mis cinco sentidos los que les han dictado automáticamente estas líneas, lo que yo recuerdo de aquella Nochebuena de 1974, mi familia al completo en casa de mis abuelos, aquella mixtura de olores y música y sabores y colores, aquel cinexin de emociones y sensaciones: el espíritu de mi Navidad. 

Vicente Muñoz Álvarez, 
de Contamos la Navidad: Fiesta 
(Impresión Punto y Seguido, 2021)

Cover by Álvaro Collar Muñoz


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