TODOS LOS DÍAS SON UN CALUROSO DÍA DE JULIO DE 1995 por VÍCTOR PÉREZ



Nada más hermoso que vivir la infancia en un desguace. Crecer con el culo al aire entre las filas de coches a los que atraviesa el viento día y noche. Qué bonito estar en las llantas. Qué bonito que te falten los ojos.
Esos coches, en su más allá, son seres buenos e inocentes, todos amontonados, como con un fuerte sentido de la familia que fueron sacados de las carreteras para siempre. Es bonito mirar esos perros vagabundos que se masturban en sus capós. Esas riñas de gatos en las lunas desaparecidas.
Deberían poner bares honrados en los desguaces. Qué mejor paisaje para contemplar que esas ruinas rodantes mientras te cueces a calamares y vinos. Los desguaces son lugares tranquilos y sagrados donde los coches llevan vidas distendidas y luminosas.
Ser joven y estúpido y desfilar mirando tu reflejo en hierros medio aplastados es como ir por el fondo del mar mientras te ven pasar criaturas legendarias. Cada coche abandonado se va abriendo lentamente como un libro. Cada coche abandonado es un titanic.
Esos coches son solistas que viven entre la vegetación y las puestas de sol, aturdidos bajo el poderoso influjo de la falta de nutrientes. El sueño de todo niño es pillarse algo de heroína y meterse en el coche más feo a ver pasar los pájaros, la tarde.
Coches a los que solo les falta escribir viejas notas en mitad del invierno, mientras en sus desmangados asientos traseros surgen parejas que buscan bebés, con una sonrisa de oreja a oreja. En esta vida hay que visitar alguna vez un hospital, la cárcel, tu propia casa y un buen desguace antes de morir.
Cada vez que piso un cementerio de esos me quedo con ganas de sembrarles mi aliento mientras paso un paño a todas las carrocerías. Me gusta verlos deshuesados, como si hubieran acabado de potar.
Yo les pondría sábanas y una radio a todo lo que dé, en mitad de ellos, como si todos hubieran matado maridos. No hay coche que no merezca tener su propia calle. Los coches están para verlos.
Para verlos pasar o verlos descansando para siempre. Lo de conducirlos es secundario. La vida de un coche es una batalla que no podemos imaginar. La paciencia de los coches debería estar metida en cajas.
Cuando dejas tu coche detrás de las puertas de un desguace eres menos tú y más del otro mundo. Los coches son chicos inocentes. Los coches son los hombres más felices de la tierra. Los coches son hijos de marineros.
Crecieron en las calles con otros coches. Las ventanillas y los motores están hechos para que acaben saliendo hierbajos. Los coches solo quieren que sepamos que fueron felices con lo que hicieron en sus vidas.
Cuando están en esos descampados rezan para que algún día se les acerque un manitas que les vuelva a dar cuerda. Todos tratan de hacerlo bien y quieren vivir felices y no meterse en problemas.
Quieren amar y ser amados y tener un futuro. Son gente sincera. Si se quejan es por algo. Son animales desnudos de vidas breves.
Dios solo está en los cementerios de coches, zampando grillos y palomas.

Víctor Pérez


1 Comment

  1. ¡Bonita reflexión y emotiva de Víctor Pérez sobre los coches abandonados y lo que le transmite acercarse a un “cementerio de coches”! Gracias por la forma en la que expresas.

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