Infancia en Berlín hacia el mil novecientos, de Walter Benjamin


No lograr orientarse en una ciudad aún no es gran cosa. Mas para perderse en una ciudad, al modo de aquel que se pierde en un bosque, hay que ejercitarse. Los nombres de las calles tienen que ir hablando al extraviado al igual que el crujido de las ramas secas, de la misma forma que las callejas del centro han de reflejarle las horas del día con tanta limpieza como un claro en el monte. Este arte lo he aprendido tarde, pero ha cumplido el sueño cuyas huellas primeras fueron los laberintos que se iban formando sobre las hojas de papel secante de mis viejos cuadernos.

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El inicio de cada enfermedad me iba enseñando una y otra vez con qué seguro tacto, con qué cuidado y habilidad se presentaba siempre el infortunio. Pero no pretendía el llamar la atención. Todo empezaba con unas manchas en la piel, como un ligero malestar. Era como si aquella enfermedad estuviera más que habituada a esperar con paciencia a que el médico le diera alojamiento.

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La vida trata durante mucho tiempo al recuerdo aún tierno de la infancia al igual que una madre que coloca contra su pecho al recién nacido pero sin por ello despertarlo. Nada fortaleció más mi recuerdo que la contemplación de aquellos patios, de cuyas oscuras galerías una que en verano estaba siempre a la sombra de un toldo era para mí como la cuna en que la ciudad puso al nuevo ciudadano. 


[Abada Editores. Traducción de Jorge Navarro Pérez]

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