Un detective en Babilonia, de Richard Brautigan


No sé si he dicho ya en este blog que llegué tarde a Richard Brautigan. Cuando empecé a interesarme por su obra (a partir de Una mujer infortunada, que publicó Debate), ya era difícil encontrar sus novelas (en Anagrama) en las librerías. Por eso este rescate de Blackie Books, que incluye libros inéditos en España, me gusta tanto: nos ofrece la posibilidad de tener en casa la Biblioteca Brautigan, en tapa dura y con ediciones de lujo. De modo que no me pierdo uno. Y además me lo paso en grande con sus obras.

En esta novela encontramos a un personaje, C. Card (el detective del título), que se mueve entre dos mundos: los que atañen a la realidad y a la fantasía. En la realidad es un tipo que arrastra la mala suerte consigo, que no tiene un centavo en los bolsillos, que debe dinero a su casera… en suma, un pobre diablo. En sus fantasías viaja a Babilonia, donde es un hombre exitoso, rodeado de mujeres y de posibilidades, y de gestas propias de héroe… en suma, un triunfador. Al comienzo del libro, el investigador acaba de aceptar un caso, pero ni siquiera tiene balas para su pistola, ni dinero para comprarlas. La novela sigue sus pasos mientras va de aquí para allá, en una brillante parodia de la novela de detectives.

Brautigan utiliza capítulos cortos y muchos diálogos, que le confieren el ritmo preciso a la narración, rica en locuras y en disparates. Lo de menos es la trama. Lo que importa es cómo cuenta Card lo que le sucede. Cómo ve el mundo: con ironía, a pesar de sus múltiples infortunios. Aquí van dos ejemplos:

Mi patrona me resultaba una amenaza mayor que los japoneses. Todo el mundo temía que aparecieran los japoneses en San Francisco y comenzasen a subir y bajar las colinas en tranvía, pero yo me habría enfrentado a una división entera si así hubiese podido quitarme a mi patrona de encima, créanme.
-¡Dónde diablos está mi alquiler, granuja! –me gritaba desde lo alto de las escaleras, donde se encontraba su apartamento. Siempre llevaba una bata suelta que cubría un cuerpo que habría ganado el primer premio en un concurso de belleza para bloques de cemento–. ¡El país está en guerra y usted no paga ni su maldito alquiler!
Tenía una voz que hacía que Pearl Harbor pareciese una canción de cuna.
-Mañana –le mentía yo.
-¡Mañana una mierda! –contestaba gritando.

**

El sargento Rink estaba examinando muy cuidadosamente un abridor de cartas.
Levantó la vista.
-Qué agradable sorpresa –dijo.
-¿Para qué necesitas un abridor de cartas? –dije, entrando en materia–. Ya sabes que leer no es una de tus aficiones.
-¿Sigues vendiendo fotos porno? –dijo, sonriendo–. ¿Felicitaciones de Tijuana? ¿Aquellas de las damas amantes de los perros?
-No –dije–. Demasiados policías me pedían muestras. Me dejaron sin stock.    


[Blackie Books. Traducción de Kosián Masoliver]

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