LITERATURA YONQUI (1) por Pablo Cerezal.



Pequeño inventario de literatura yonqui.
Drogas y literatura, un paseo personal.


No sé por qué se escribe. Yo no lo sé. En realidad, creo, ninguno de los que lo hacemos conocemos el motivo exacto. A pesar de ello, todos los que escribimos tenemos un buen catálogo de explicaciones, más o menos epatantes, preparadas, por si llega el afortunado momento en que seamos entrevistados para alguna publicación de gran predicamento, o algo por el estilo. A mí, personalmente, me gusta asegurar que escribo para evitar convertirme en asesino en serie. Pero tengo otras respuestas. Todo depende del momento, ya digo.

El caso es que, a pesar de no tener muy claro el motivo que nos induce a escribir, es evidente que para hacerlo se precisa escapar de la realidad. A modo de recetario, que es algo muy en boga en estos tiempos de fascismo encubierto tras fogones televisivo:

—Primero: vivir, mucho y muy intenso, empaparse de realidad.
—Después: huir de ella para, así, poder recrearla en la escritura.

A veces no es fácil, muchos de ustedes lo saben. Puede llegar a ser incluso doloroso. Y, para evitar tal tormento, muchos literatos, al igual que practicantes de otras disciplinas, han recurrido, históricamente, a otro suplicio, más tormentoso si cabe: el consumo de drogas. Aparte los propios abismos personales a los que cada uno se enfrenta, está comprobado científicamente que el uso de drogas psicoactivas excita la zona del cerebro en que se procesa el lenguaje, provocando una intensa estimulación de la capacidad verbal. Otro motivo de peso, pues, para que tantos y tan grandes literatos hayan recurrido al consumo de estupefacientes durante su proceso creativo.

Hacer un recorrido histórico del uso de las drogas en la creación literaria sería tarea que podría emplear varios tomos bien surtidos de páginas y referencias. Por ello me propongo en esta breve exposición un par de objetivos: en primer lugar ser, efectivamente, lo más breve que mi natural tendencia al exceso me permita; y, por otra parte, recurrir a mis propios gustos y obsesiones. Al fin y al cabo, uno no sabe escribir si no lo hace acerca de sí mismo. Llámenlo narcisismo, si lo desean, pero ya dije que de no invertir mis horarios menos amables en escribir posiblemente los hubiese dedicado a recorrer los intrincados senderos del asesinato serial. Así que, sea dejar impresas mis obsesiones la mejor terapia para evitar tal dislate. Tampoco deseo hacer una enumeración de obras literarias escritas bajos los efectos de los psicotropos. No. Más bien deseo ceñirme al título, y hablar de literatura yonqui, o sea, aquella escrita por literatos fuertemente enganchados al uso de diversas drogas.

¡Ah!, lo olvidaba: por supuesto, dejaré a un lado el alcohol. Sería más fácil hacer un brevísimo recuento de los escasos escritores abstemios que hayan tenido algo importante que decir en la historia de la literatura.

Y para iniciar este egocéntrico viaje al uso de estupefacientes en la literatura, nada mejor que comenzar con mis amados Baudelaire y Rimbaud.

Charles Baudelaire (1821-1867), poeta maldito por excelencia, consumidor desordenado de alcohol (por supuesto), láudano, opio y hachís, autor del mítico poemario Las flores del mal, que tanto ha hecho por la poesía posterior al siglo XIX. Hubo muchos otros antes que él, pero para mí es el primer yonqui de la literatura digno de sincero y eterno elogio. He enumerado algunas de las drogas que consumía el decadente bardo francés, citando por separado el láudano y el opio, cuando el primero es un preparado del segundo. Un preparado en que al opio le complementan ciertas dosis de azafrán, canela, clavo… suena delicioso, ¿verdad? Debía serlo, a tenor de la recurrencia con que el poeta se entregaba a tal precipitado de elixires. Nada que decir del opio. Creo que es de sobra conocido, y en el imaginario popular abundan las imágenes de fumaderos orientales en que un puñado de chinos serviles proporcionan decoradas pipas a sus aturdidos clientes. Lo que parece no ser tan conocido, o al menos haberse obligado a olvidar, es que fue el Imperio Británico quien impuso a los chinos, justo en tiempos de Baudelaire, el consumo masivo de opio para engordar las ya gruesas arcas del archipiélago inglés. Que las guerras del opio las iniciaron los mismos mercaderes que inician todas las guerras que aún son, y las que serán… acudan a los libros de historia si no me creen o me consideran partidista, racista, o en ese plan.

El láudano, a diferencia del opio puro, no se fuma. Se consume por vía oral. Los efectos son idénticos. La variación reside en la celeridad con que los mismos acometen al usuario. El opio provoca el abandono total y absoluto a los enrevesados vericuetos de la mente, proporcionando una sensación de relajación difícilmente accesible por otros medios. Pero no olvidemos que, en el siglo XIX, estas drogas eran medicamentos de uso común para tratar todo tipo de dolencias. De hecho, ya se encargaron los británicos de imponer a la población china una farmacopea de anulación y libra esterlina. Como cualquier medicamento, hoy día, que cura más los bolsillos de los poderosos que los organismos de los necesitados.

Pero no nos desviemos del tema. Regresemos a Baudelaire y sus drogas. Sí, el poeta las probaba, las consumía, analizaba sus efectos, los disfrutaba pero, presa de su carácter torturado, también los sufría. Sus experimentaciones con los narcóticos engendraría una obra de difícil catalogación (como cualquier obra digna de consideración) e insustituible lírica que el autor tituló Los paraísos artificiales. Lejos de hacer una defensa a ultranza del uso de sustancias alteradoras de la conciencia, Baudelaire pone en entredicho la poca moralidad del mismo, y el peligro de que sean ellas quienes comiencen a usar a la persona, y no al contrario. De hecho, deja escrito que “está prohibido al ser humano, bajo pena de decadencia y de muerte intelectual, alterar las condiciones primordiales de su existencia y romper el equilibrio de sus facultades”, o que “toda persona que no acepta las condiciones de la vida vende su alma”.

A uno, personalmente, le agrada más el Baudelaire drogadicto, producto del cual crecerían esas Flores del mal que reverdecieron de estupor y látigo la lírica del siglo XIX. Si es preciso intoxicarse de hachís, opio, o derivados, para escribir tal obra maestra, y dejar en ella frases como la certera “¿Qué es el Arte? Prostitución”… ¡Bienvenidos sean!


Pablo Cerezal


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