Corrupción

En los años que llevo tratando con políticos, algunos de los cuales arrastran hoy con el dudoso honor de estar imputados por presuntos casos de corrupción, y escribiendo sobre sus vicisitudes he tenido la oportunidad de conocer a grandes oradores, caraduras, mujeriegos, cínicos, cultos, frívolos, trabajadores, idealistas, entregados, gandules, austeros, inteligentes, vividores, brillantes, catetos, tunantes, bebedores, pedantes… Pero ninguno me pareció ni ladrón ni corrupto. Vistas, sin embargo, las cifras de políticos imputados y acusados en España -supera ya el medio millar-, que admitámoslo no dejan en muy buen lugar ni a mi intuición ni a mi olfato periodístico ni a la clase política, hay que rendirse ante la evidencia y evitar eso de “pongo la mano en el fuego”.

Sí me sorprendió nada más sumergirme en el periodismo político, en el ecuador del gobierno tripartito de Pasqual Maragall, el gusto desenfrenado por el buen vivir de los consejeros, diputados y todo tipo de asesores de grupos parlamentario de derechas, izquierdas y mediocentro peleón… Bastaba con plantarse un mediodía al frente del Parlamento catalán y sorprenderse por la flota de lujosos coches oficiales y maqueados chóferes a la espera de conducir al político de turno al restaurante más de moda.

En esos días en los que vivíamos en la felicidad zapateril, donde la crisis ni se imaginaba y algunos incluso soñaban con protagonizar el “sorpasso” a Italia, los consejeros tripartitos, continuando con la tradición de sus predecesores convergentes, pero también diputados y dirigentes políticos conocidos a duras penas en su casa, eran los mejores clientes de la guía Michelin y de las delicias de la cocina catalana de Disney y sus vinos, sin tener reparo en el montante final de unas cuentas que generalmente corrían a cargo del erario público. Por supuesto.

Ese desprecio por el menú de diez euros, cosa de secretarias y de grises oficinistas, ese gusto por los salones enmoquetados y discretos, ponía en evidencia la desconexión de nuestra clase política con lo que pasaba fuera del coche oficial. Unos sueños de grandeza que anticipaban los polvos de estos días, un nuevo 98 español como apunta Ruiz Quintano, pero que en vez de tener las voces de Unamuno, Ortega, Baroja, Azorín, el referente intelectual son Evole, los animalistas y Gandia Shore.


Archivado en: política, Sin categoría Tagged: corrupción, parlamento, política

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