Lo que tienen los vuelos de más de diez horas es que te das cuenta de que el mundo se divide entre los que duermen con la boca cerrada y los que lo hacen con la boca abierta. Yo pertenezco al segundo grupo y siempre pienso que medio avión se va a reír de mi cara de estúpido. Es una sensación incómoda despertarte y cerrar la boca al instante, avergonzado. Hoy mismo he sentido envidia de la señora que iba delante de mí. Ella, dormida, parecía un ángel. Yo, en cambio, un fistro.