Semana 4ª




Diario cuarenténico

Semana 4ª

Día 25
Lunes 6 de abril de 2020

Dicu está anocheciendo: el día pasó veloz como un soplo de viento primaveral y disperso que mueve las palmeras que se ven desde la habitación del ordenador.

Hace un rato escuché aplausos, pero no me apetecía salir a la ventana. Para que voy a mentirte, estoy muy agradecida a las personas que nos ayudan en esta desafortunada situación, y lo digo de corazón. Sin embargo, cuando me pongo a teclear no hay quién me pare. Y, me he quedado dándole a las teclas... hasta olvidé que tenía la vejiga tan llena que me iba a explotar. Cosas de loquitas como yo.

De buena mañana hice gimnasia, para variar, pero, antes, me enfadé. Nada más levantarme me telefoneó una buena amiga: no encontraba guantes ni mascarillas ni gel desinfectante. Por suerte, podía pasarle un poco de todo porque hasta había descubierto un paquete de 10 Ud. de las mascarillas que usé para pintar las humedades de la habitación el año pasado, sin FFP de ninguna clase. Aun así, me parecen un milagro. Ojalá todo el mundo tuviera por lo menos, una. Le hice un hatillo porque quería enviar a una persona a recogerlo. Y, muy a mi pesar y al suyo, el paquete sigue estando en la entrada: no ha encontrado a nadie que pueda venir. Le he comentado que, bajaba y se lo ponía en un taxi, pero creemos que no está permitido. Como son útiles de primera necesidad, ya se nos ocurrirá algo.

También me cabreé al leer un artículo en el que se especificaban las horas que permanece el virus en los distintos materiales y superficies. Llegué a la conclusión de que, si nos tiene que infectar, nos contagiará; es imposible hacer todo lo que prepone el gobierno para no contagiarse. Solo sería factible si tuviéramos en la entrada de casa un dispositivo higienizador –con ducha integral para todo y todos los que entraran—. En parte, es una pamplina. Por cierto, el pico será óptimo cuando los contagios sean menores que los dados de alta.

Sabes, me ha tocado pastillear. Acabé de comer y rellené el pastillero semanal de J –me lleva casi una hora porque hay que poner un montón de pirulas—. Enchufé una peli que seguía en marcha cuando entré en la cocina para asearla. Entre pitos y flautas, se hizo la hora de merendar. Antes de devorar el bocata de atún que me había preparado, me vestí y bajé la basura. Había claros y nubarrones; el fondo azul del firmamento me gustó. Dentro de esa letalidad devastadora que arrastra al mundo, la atmosférica se está regenerando o por lo menos, eso parece.

Hasta mañana, Dicu, espero que el informativo nos dé esa alegría esperanzadora que tantos necesitamos.

Día 26
Martes 7 de abril de 2020


Me he levantada más pronto de lo habitual para ir a... Comidas El Rubio y, después, a la farmacia. He grabado dos vídeos, pero no creo que los suba porque solo de verlos me aflijo. Ya veremos lo que hago. Es un testimonio fidedigno de lo que significa un confinamiento sanitario bien hecho –me siento orgullosa de mis conciudadanos—. Como a estas horas no suelo bajar, he visto un poquillo más de movimiento; aunque sigue siendo penoso andar por mi city y cruzarte con una decena de peatones que miran, como tú, al suelo. Los comercio y negocios chapados al 99’99%. El ruido ensordecedor de las calles, ahora, es solo un murmullo inocuo que me hace pensar si no estaré en un universo paralelo. Pero, no, es mi barrio con un máscara desconocida y silente: está en marcha la sociedad virtual. Tendremos que aclimatarnos.

Nos ha telefoneado el médico de cabecera –es más bueno que el pan—. Como tenía un rato libre se ha puesto a llamar a los pacientes con alguna patología, y, claro, J es paciente de riesgo; quería saber cómo estábamos. Me ha dado algunos consejos, como lavar con jabón los guantes y reutilizarlos, o hervir las mascarillas con unas gotas de lejía. También me aconsejó que cada vez que venga de la calle, mantengamos una distancia prudente durante 3 o 4 horas y, además, si es posible, que ambos llevemos mascarillas. Me parece una de las personas más legales que conozco –si todos fuéramos como él, el mundo sería diferente. Sería mejor.

Día 27
Miércoles 8 de abril de 2020


Cuando he subido la persiana y he visto un cielo limpio y hermoso, no me lo podía creer. Pero, al mirar enfrente –justo donde está el solárium del gimnasio—, y verlo vacío, me he entristecido. Solo he dado un vistazo al resto del espectáculo, tampoco es que ejerza en demasía de James Steward y su voyerismo, más bien, miro poquito porque me da vergüenza. De todas formas, unos segundas bastan para contemplar el panorama para matar…te. Así que, mejor no mirar.

He leído una noticia en El independiente que me ha puesto los pelos de punta. El epígrafe rezaba lo siguiente: "A un enfermo de 80 años ya no se le ingresa, sabiendo que puede fallecer. Es así de crudo". Ahora pondría la canción de Camilo Sexto Ya no puedo más… Hasta la tararearía... Ya no puedo más, ya no puedo más, estoy harto de tantas mentiras… o parecido y lo demás…La letra viene a huevos con todo lo que escuchamos, leemos y vemos. Sin embargo, solo nos queda una: ver, oír y callar.

En este instante, me gustaría ser de otra especie, me avergüenza ser humana. ¿De qué sirve vivir mogollón si cuando te haces octogenario, mayormente, se nos trataría como a la mierda: Parece que llevemos la gema de ese color determinado que en el film La fuga de Logan, te hacía desaparecer en una ceremonia pseudorreligiosa cuya finalidad era asesinarte.

En Mercadona he notado a la gente más suelta: guardan menos distancia que la conveniente. ¡No me mola nada! Hay que seguir alerta, sí o sí. Dicu, ¿sabes lo que les ha pasado a nuestros hermanos franceses? Pues que en 24h han fallecido 1.600 personas. Me entran ganas de llorar mientras lo escribo. Es muy, muy triste. Pero a mucha gente no le importa, ni esto ni que estemos en Estado de alarma y quieren hacer fuchina de Madrid a la Comunidad valenciana.

Días 28 y 29
Jueves 9 y viernes 10 de abril de 2020


Hola Dicu. Esta mañana ha sido terrible. ¡Jajajaaa…!!! Es broma. Terrible es lo que está pasando. Lo digo porque he tenido que limpiar la casa y no me gusta nada de nada, veas tú. Ahora, es un quehacer diferente dentro de la monotonía del silencio, del no tener ganas de hacer nada, del no importarte una mierda nada, de querer llorar constantemente, de poner buena cara y ser una entusiasta en las redes cuando lo mandarías todo a freír espárragos. Así que, en esa estamos.

La tarde fue especial porque, cuando bajé a tirar la basura, llevaba conmigo la cestita de Caperucita para mi amiga que salía de cuidar a su mamita. Así que, me hizo una perdida cuando estaba cerca y se apeó en el semáforo que está, justo, al lado del contenedor. Yo bajé con mis desperdicios basuriles, los eché en su sitio, y, después, abrí el capó de su vehículo. Le metí lo que le había preparado mientras nos besábamos con la mirada y la sonrisa enmascarada. El semáforo se puso verde y se marchó. Pero me quedo la satisfacción de haberle alargado la mano de otra manera. La quiero mucho.

Dicu, ya sabes que no soy religiosa, pero… ¡menudo Jueves Santo para Pasos, costaleros y procesiones! Me sabe mal por ellos. ¡Ea! Será una Semana Santa recordada en los anales de la historia. Hay más muertos, más infectados, más de todo lo que este maldito bicho nos echa. Suena la trompeta del Juicio Final: el confinamiento puede alargarse y el desconfinamiento será paulatino. EU sigue unida…, nada de coronabonos. De momento, tenemos que conformarnos con algo de guita. Ya veremos si se dirige hacia los más necesitados; PYMES, autónomos… quienes sean.

Viernes Santo… y tan santo. El mutismo sepulcral que rodea la casa me ha hecho recordar la Semanas Santas de mi niñez. Entonces era pecaminoso hasta respirar. Apenas se hablaba, la tele –si se encendía— era un susurro, estaba mal vista la sonrisa, si ponías música te soltaban un cachete y salías a la calle mirando al suelo, solo, para ir a misa o a las procesiones. No había bichos mutantes que te enfermaban los pulmones y te reventaban el corazón. No despertabas en la UCI de un hospital repleto de camillas hasta en la antesala de reanimación cardiorrespiratoria. No acababas con los pies por delante en una bolsa de plástico mal cerrada. No. La sociedad de aquel entonces se auntoconfinaba en estos días tan católicos. Pero, la atmósfera de miedo era similar… como si la obligación devota te arrestara la libertad.

Se ha nublado y el jardín de enfrente está completamente vacío. Los columpios de los niños siguen parados y los coches estacionados como las hileras de ataúdes que pueblan los hangares del Hades. Se ha roto la sociedad del bienestar y el orden mundial ha cambiado. Da lo mismo que compremos el mejor Super Glue del mercado, no tiene remedio. Fíjate que hasta me han salido unas estrofas. Venga, las voy a escribir.


28 días después

El tiempo se diluye
La mañana es noche
Y la noche día
El domingo es lunes
Y el martes huye

28 días después
Las horas pasan
Los minutos prosiguen
Las semanas se atascan
Y tú, permutas la piel

28 días después
La vida conocida
Huye por el WC
Y tú, también



Días 29 y 30
Sábado 11 y domingo 12 de abril de 2020

Sábadooo… o lunes o miércoles. He llegado a un punto, Dicu, en el que el tiempo se ha fundido entre las paredes y el pasillo de casa. Supongo que, la mayoría de confinados, comienzan a tener secuelas de algún tipo. Esta mañana el farmacéutico me ha dicho que su hijo –un tennager pelirrojo con cara de espabilado—, está desquiciado. Y, ayer, un amigo me confesó que su hija –un poco mayor que el chaval—, lloraba a moco tendido.

Presencio un cambio social que, evidentemente, alterará la vida. Ya no sé qué contarte. Se trata de vivir esta nueva fase en la que comienzo a recordar los animales, los prados, los monumentos, las personas… como si fueran parte del pasado. Una película de ciencia ficción en la que el proyector me dice: «Esto es una vaca. Esto una flor. Esto un anciano». Que soy tremendista, me dices, puede ser. Si sucede algo chungo, estoy preparada. Si, por el contrario, el futuro se llena de arcoíris, disfrutaré como una niña pequeña. De eso se trata. De imaginar. De dejar que mi niña interior vuele.

Aislada comprendo que un abrazo vale más que un puñado de euros, y que un beso como el que Burt Lancaster le da a Deborah Kerr en De aquí a la eternidad, es lo mejor que me puede pasar. Soy un tanto romántica por eso me disfrazo de siniestra para no pegarme más golpes en esta cabeza abollada.

Las personas somos números en unas listas virtuales. Hay tres. Le primera se llama contagiados. La segunda fallecidos. La tercera, recuperados. El covid19 sigue su ritmo. El que Sanidad prolija como bueno. La curva sigue aplanándose. Como si 510 muertos en las últimas 24 horas, y 161.852 contagiados, fuera algo trivial. He pensado que si no nos hacen los test a todos y comenzamos la desconfinación, puede que los que estén o estemos incubándolo, contagiemos a otros y vuelta a empezar. Caca, culo, pedo –que no Pedro—. ¿O sí?

Me he levantado con ganas de hacer algo fuera de lo habitual. Así que he arreglado algunos cajones. Quise compartir con J. Me apetecía que me dijera: «Pero, qué bien haces las cosas mi amor». La cosa quedó en: «¡Hala! Eres una obsesiva compulsiva». ¡Jolines! Bueno, quiere decir que estaban de cojones.

Después me tinté el pelo con una mezcla de varios tonos porque el habitual había desaparecido; el resultado me ha gustado cantidubi dubi dubi cantidubi dubi da. Parecía recién salida de la pelu. ¡Fabuloso! Pero lo más gracioso ha sido que, cuando he ido a tender las toallas, escuché que la vecina de enfrente –la que tiende la ropa chachi piruli—, hablaba con una colega: «Mira, pues no se ha quedado blanco sino plateado. Me gusta el tono». Hoy estábamos todas acicalándonos. ¡Vaya! Me he dicho a mí misma. Pese a este maldito bicho matagente, seguimos adelante e intentamos no hundirnos en la mierda.

A mediodía repasé el maravilloso film Minority Report –con un Tom Cruise guapísimo y una Samantha Morton, la recién decapitada Alpha de Walking dead, debutante, en el personaje de Agatha la ‘precogs’—. Pensé que la película no estaba tan lejos de la realidad. Ya tenemos robots que toman la temperatura corporal a tres metros de distancia, Interior controla los movimientos de los ciudadanos por móvil, usamos vídeo conferencias para ver las caras y enviar abrazos, besos o lo que tengamos ganas, virtuales, claro, a nuestros cercanos. Solo nos falta hablar con los hologramas de nuestros colegas.

Pese a que toma fuerza que, el covid19, es fruto del descuido o el deseo de algunos científicos de ojos oblicuos por tener el arma perfecta. El bicho se fugó de los laboratorios como el preso número nueve de Alcatraz, y no hay vuelta atrás. Vendrá el coronavirus 20, 21, 22 y etcétera… La nueva era. La telemática. La cibernética. Esa que estará repleta de I.A, I.S.A y hasta super, requetésuper I.S.A. Tiempo a tiempo.

Dicu por, hoy, bastante. Como esto se alargue, igual te conviertes en una novela. La verdad, prefiero que te quedes en mi diario cuarenténico. 40 días y poco más, por favor. Por las víctimas y por los muertos. Por lo que ha pasado y por lo que vendrá.

Por cierto, el bicho ha repuntado. Y, esta mañana, se han reincorporado al trabajo muchos empleados, veremos qué pasa.

©Anna Genovés
Domingo 12 de abril de 2020



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