A. Kristof: No importa


Agota Kristof: No importa.
El Aleph Editores. Traducción de Julieta Carmona Lombardo.


«Afuera, en el exterior, no había nada.
Gritos, estrellas, y nada más. 
Y todo aquello era descolorido como una bofetada».

Para conseguir estos cuentos tuve que hacerme socia de una biblioteca en mi lejana ciudad natal y desplazarme a un pueblo de sus alrededores.

—Busco No importa, de Agota Kristof. No lo encuentro en la sala. ¿Lo tienen?
—Sí que está. Pero hay que bajarlo del parnaso.
—¿Del parnaso?
—Del piso superior. Ahora se lo traigo.

Escribir sobre esta autora resulta más fácil que muchas otras cosas, como por ejemplo, conducir o educar hijos. No importa reúne veintiséis relatos de Kristof (1935-2011). Fueron publicados por El Aleph en 2008 y no han vuelto a editarse, lo cual es una lástima.

Kristof, invariablemente, parece divertirse. En sus páginas todo está permitido. El lector se expone —desde el inicio y como en la vida— a la posibilidad de lo terrible. Lo inesperado brilla e irrumpe para quedarse, y esto no hay por qué entenderlo: las razones no existen.

«Los vencidos encajaron los golpes sin devolverlos. Pero se volvieron malvados».

Quizá una de las claves de la literatura de Kristof sea la presencia de la parte oscura y su avenencia con otras realidades. Kristof retira el velo al fantasma que vive en nosotros y lo incorpora a la veracidad del relato. Esta fusión sí importa. Sale de cada poro de nuestra piel. Qué irrisorios, parece decirnos la autora. No han entendido nada de la vida. Siguen golpeándose el pecho, con sus preguntas.

Sus personajes pueden sentirse infelices pero no resultan especialmente atormentados. Alguien les ha extirpado la culpa como el dentista extrae el nervio de una pieza dental. Ciudades, calles, casas, trenes, raíles. Desesperanza, padres muertos, hijos abandonados. Vidas brutas y crueles. Kristof arroja a escena sus pociones y desaparece, distraída. Nos quedamos retenidos en la atmósfera tensa y anómala de sus historias.

Mientras imprimían mi carné, reconocí en la biblioteca a una antigua vecina. A su lado caminaba un adolescente: el rostro suave de la madre, los andares del padre. Aquel padre que una tarde de hace ya bastantes años arrancó de cuajo —al son de sus golpes— la puerta de casa de su (entonces) novia.

«Lo único que puede dar miedo, que puede hacer daño, es la vida y tú ya la conoces».

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