“La casa Emak Bakia”, de Oskar Alegria

Un fotograma de la peli


La novela inconclusa y yo volvemos a Madrid a primera hora de la mañana del jueves, en el asiento número 2 del Auto-Res, justo detrás del conductor, que se pasa todo el trayecto comiendo pipas con la ventanilla abierta. El resultado, previsible, es un dolor de oído agudo, que ahogo a base de ibuprofenos un rato antes de acudir al pase en la Cineteca de la primera película de Oskar Alegría, “La casa Emak Bakia”.

Fernando insiste en que me va a gustar y queda conmigo en el Café Barbieri, cerca de la plaza de Lavapiés. Ya no se hace de noche tan pronto y, mientras bajo por Ave María, con medias negras y bailarinas, me pregunto si mi melancolía remitirá con el buen tiempo o seguirá creciendo más virulenta, fortalecida por la inminente invasión del polen de las gramíneas.

“Emak bakia” significa en euskera “Déjame en paz”, y es el título que Man Ray le dio a una película que rodó en 1926, muy cerca de Biarritz, cuyo escenario principal es una casa al lado de la costa, que también tiene ese nombre...

Emak bakia”.

El trabajo de Oskar, que empieza con una imagen del mar al revés, es desde el principio la historia de un homenaje al artista americano y de una búsqueda, la de esa casa extraña, casi fantasmal, que se insinúa en los planos de Man Ray en blanco y negro; y, sobre todo, es la carta de presentación de alguien que sabe mirar diferente y construir un relato único de una premisa en apariencia tan sencilla.

Contar, no importa la disciplina, tanto en el cine como en la literatura, es tirar del hilo, pero también es tomar decisiones y desbrozar el camino; contar es elegir con qué quedarse; y eso Oskar Alegría sabe hacerlo muy bien.

Aproximadamente cuarenta y ocho horas después de la proyección, Fernando, Patricia, Manuel, Oskar y yo nos encontramos en la Vinoteca, en Santa Ana. Es sábado, falta poco para la una de la tarde y el día es de verano. Las terrazas están llenas y discutimos delante de un Rueda y un cestito de patatas fritas sobre el alcance del documental, que podría gustar a mucha gente.

Hablamos de los prejuicios y del rechazo por el desconocimiento. Oskar me pregunta por los escritores jóvenes y yo pienso en el azar, tan presente en la peli, que se estructura a partir de los recorridos casi matemáticos de las liebres... el azar, se dice al principio del metraje, es buscar algo y encontrar otra cosa.

Yo habito en el azar de forma permanente.

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