“Los amantes pasajeros”, de Pedro Almodóvar


"Dolor y vida", de Bola de Nieve. La canción de "La flor de mi secreto"

Termina la primera semana dedicada íntegramente a la novela y todavía se mantienen limpias las buenas intenciones: misteriosamente he sido capaz de madrugar de lunes a viernes, sin excepción; y me he sentado a escribir recién duchada, con un café con leche y la música de “Solaris”, un tanto setentera, sonando en bucle. En el horizonte inmediato, se perfila mi marcha a Valencia, aplazada porque una serie de acontecimientos interesantes, tan esperanzadores como inciertos, han conseguido que me quedara. De todas formas, aquí estoy trabajando bien. Cuando me falla la concentración, me pongo las botas y salgo a dar un paseo por el Retiro; me pierdo por los caminos más pequeños y más embarrados. No hay mucha gente. Estos últimos días han sido grises y lluviosos; y la gente tiende a alejarse de los parques en días así.

Pero yo no. Los paisajes vacíos son como espejos.

Por las noches, me encuentro con el ciclo de Almodóvar y vuelvo a ver “La mala educación” , “La flor de mi secreto” y “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Pienso que las películas han envejecido bien y, con los años, se han reforzado en ellas los rasgos de estilo que tienen en común; el valor de las arrugas en la piel. Si tuviera que quedarme con una, sería con “La flor...”; con Leo, la escritora con pseudónimo, y Ángel, el periodista barbudo de El País, solos en la Plaza Mayor, desierta de madrugada; y con esa declaración de amor que toma prestadas las palabras de Bogart en “Casablanca”: Los alemanes vestían de gris y tú de azul; de azul vestías tú cuando huyendo de tu vida te chocaste con la mía...

Ayer por la tarde vimos “Los amantes pasajeros”, Fernando y yo. Fuimos puntuales y, por primera vez en muchas semanas, conseguimos asientos en la fila ocho; algo que nos hizo sentir el viento en la sien porque ya nos habíamos acostumbrado a ocupar cómoda y ergonómicamente la fila dos, desde la que nos hemos tragado en un permanente contrapicado “The master” (peli amena donde las haya) y “Django desencadenado”.

Los amantes pasajeros” no defrauda a quien sabe lo que va a ver: una comedia de Pedro Almodóvar. No es Bergman, ni Mankievitz, ni Woody Allen. Es otra cosa: una propuesta que, para el que haya seguido al director desde “Pepi, Luci, Bom...”, tal vez no se sitúe en el hit de su filmografía, pero en la que sí se distinguen claramente las huellas de su visión característica del mundo; de su manera excepcional de contar historias: hay muchas luces de colores, problemas de comunicación telefónica, una dosis elevada de frivolidad y, por supuesto, una canción; todo esto al servició de una idea muy buena, a la que sin duda se le podría haber sacado más partido: la de convertir España en un avión con muchas probabilidades de pegarse el guarrazo del siglo.

Lo mejor: Javier Cámara, Carlos Areces, Raúl Arévalo, Lola Dueñas, Antonio de la Torre, Blanca Suárez... en general, un estupendo elenco coral de actores, lastrado apenas por dos o tres nombres que no dan la talla y rayan la película como si fuera un disco, cuando les toca el turno de llevar el timón.

Lo peor: que la banda sonora de Alberto Iglesias no sea en esta ocasión tan sobresaliente, y una sensación extraña de montaña rusa; de intuir que hay escenas que apetecía mucho rodar; y otras que están porque era necesario cubrir el expediente y entregar un metraje de hora y media.

Escribía ayer que existen ciertas fidelidades cinematográficas más fuertes que algunos lazos de sangre. Esto es lo que me pasa a mí con Almodóvar. Le soy subjetiva y parcialmente fiel, lo reconozco... tanto como Boyero debería reconocer que su odio es, por utilizar un término ad hoc, extradiegético.

Sí que es verdad, le digo a Fer mientras nos aventuramos por la plaza de Jacinto Benavente en dirección al Huertas 1 para que un par de cervezas nos permitan analizar “Los amantes pasajeros” con lucidez, que el tiempo pasa para el público y también para los directores de cine; y que, tal vez, lo que en su momento admiramos como underground no sirva encajado en el circuito comercial de los festivales y los estrenos.

Porque eso es lo que ha hecho Almodóvar con “Los amantes...”: un ejercicio de regresión.

Un intento de volver a ser joven.

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