Al servicio de Buda

No sé muy bien cómo llegamos hasta uno de esos monasterios levantados sobre unas piedras altas, en medio del bosque más inhóspito. Abajo un río, que fue el que seguimos, por un camino asfaltado, y el monasterio del siglo X, restaurado y vacío, se erguía como un mirador sobre toda esa extensión de bosques. Me imaginé la vida allí, hace siglos. Se oía sobre todo el río. Hace diez siglos también escucharían el río, y éste sería el fondo omnipresente de sus vidas retiradas. No les envidié, sobre todo por el río, que en estos meses al menos es más bien una riada amenazadora, no el alegre canto o bisbiseo de los ríos más líricos. Es uno de esos ríos turbios que bajan arrastrando arena y todo a su paso. Ahora había una cantina, a las puertas del monasterio. Unos excursionistas, que traían hambre de kilómetros, se comían unos bocadillos de pie, allí afuera, bailando de frío y gritándose humoradas entre bocado y bocado. Me quedé solo un rato mirando a los lejos y anochecía. Parte del bosque más cercano se había quemado en un incendio hace unos meses. El monasterio se salvó.

Escribía Kenko Yoshida en su Ocurrencias de un ocioso: "Cuando uno se esconde en un templo de montaña y se dedica con todos los sentidos al servicio de Buda nota cómo le va desapareciendo del corazón toda impureza."




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