Correteabamos.
Todo era inmenso,
todo era gigante y nada era imprescindible. Solo eran cosas.
El espacio infinito
y las bocanadas llegaban
hasta los alvéolos
dejando la molécula de oxígeno
agarrada a la pared de un pulmón tierno.
Era verde. Eran risas. Era tiempo.
Era inmenso.
Nuestro mundo del verano de mil novecientos ochenta y cuatro.
Habrían más veranos,
más espacios, más bocanadas,
a veces entre caladas de un pitillo rápido a escondidas y a medias.
Habrían más risas y seguía siendo verde. Pero la imagen se difuminaba
entre la gente que iba y venía.
Y parecía más pequeño.
Parecía quedarse pequeño.
Pero no. Es que nosotros éramos más mayores.
Cristina Giménez López
