Premio Planeta: la comercialización de un galardón



Escrito por Ainhoa Escarti. Cada 15 de octubre, en una gran sala de Barcelona, se abre un sobre. Se abre con luces, cámaras y toda la prensa, como si lo que hubiera dentro fuera todavía un misterio. Este jueves el nombre fue el de Isabel Allende, con La hora antes del alba, en la edición número setenta y cinco. Y como cada año, en cuanto se apagan los focos, regresa la pregunta que acompaña al Planeta casi desde que nació: ¿se premia una novela? ¿este premio tiene que ver con la literatura?

Conviene recordar que esa sospecha no la inventaron los despechados. La pusieron sobre la mesa dos escritores a los que nadie puede acusar de amargura: Miguel Delibes y Ernesto Sábato. Ambos aseguraron que la editorial les ofreció el premio, y ambos dijeron que no. El caso de Delibes es el más conocido y se sitúa en torno al Planeta de 1994, el que ganó Camilo José Cela con La cruz de San Andrés.

Lo que Delibes relató tiene la contundencia de quien no necesita adornos. Según se ha contado desde entonces, Lara le propuso ganar, incluso con más dinero del que le correspondía, según ha recordado su nieto, y Delibes lo rechazó porque creía que el premio debía ir a escritores noveles.

Ahí está lo que más me interesa. Hablamos del «prestigio del galardón» como de algo etéreo, una nube que se mancha, y de pronto aparece la víctima con cara: un autor novel, con un manuscrito presentado bajo seudónimo y esa fe casi ingenua en que alguien lo leerá con los ojos abiertos.

La respuesta de Lara llegó con una carta al director, de esas escritas con pinzas. Reconocía que se había invitado a Delibes a participar, pero negaba que se le garantizara el premio, y recordaba que la única vez que concursó, con Mi idolatrado hijo Sisí, no ganó. No desmentía: matizaba. Y en la distancia que separa «te invitamos a participar» de «te ofrecemos ganar» cabe, entera, la historia de este premio.

Mas no hace falta que lo cuenten los escritores. Basta leer las bases. El sistema de análisis, calificación, selección y votación será el que establezca la propia Editorial Planeta, y los autores premiados ceden a la editorial derechos sobre su obra. No hay trampa en ello, está escrito. Es un premio comercial de una empresa, y como tal funciona. ¿Acaso es reprochable que una editorial use un premio para lanzar libros? Lo problemático es la coartada: pedirle, además, la solemnidad de un galardón literario.

Hay un cuento de Borges, La lotería en Babilonia, en el que una Compañía organiza el azar hasta que nadie puede saber si lo que le ocurre es suerte o decreto. Lo recordé leyendo esas bases, y también a Welles, que en Fraude nos hacía dudar de todo (de la obra, del falsificador, de él mismo) para plantear algo que sigue incomodando: quién decide qué es arte. El Planeta no se hace esa pregunta, pero la responde cada otoño con un cheque.

Tampoco es una rareza española. En 2005, un tribunal argentino condenó a Planeta, a su director y a Ricardo Piglia a indemnizar a Gustavo Nielsen por el premio de 1997. Entendió que Piglia mantenía un vínculo contractual con el grupo que no debía existir según las bases del concurso. Planeta negó cualquier irregularidad, recordó que la demanda había sido desestimada en primera instancia y anunció que apelaría. Nielsen, por su parte, dijo que llevarlo a juicio fue una cuestión de honor, y cabe preguntarse cuántos otros callaron por no parecer, además de perdedores, quejicas o despechados. Ese mismo año, Juan Marsé dimitió como jurado del Planeta español después de plantear unos cambios que nadie atendió.

Después vinieron las variaciones sobre el mismo tema. En 2021 Carmen Mola resultó ser tres guionistas, y se leyó como el fichaje de un superventas de la competencia. En 2025 ganó Juan del Val, colaborador de programas de una empresa de la que Grupo Planeta es accionista, y a las críticas respondió recordando que Cela también salía en televisión (salvando las diferencias de pluma, véase que Cela sí era literato). Algo de razón tiene: lo que se lee es cosa de quien lee. Lo que se discute es cómo se fabrica el relato de lo que merece ser premiado.

Por eso me aburre la discusión de si el Planeta es bueno o malo. Es como debatir si un escaparate es bueno. Vende, y vender no es pecado. Pone a leer a gente que quizá no habría comprado otra novela en todo el año, y eso, en estos tiempos, no es poco. Pero también es un termómetro del mercado, y un termómetro no necesita gustarnos para ser exacto.

Lo que sí me cuesta aceptar es lo que no se ve. Cada vez que un premio se adjudica antes de abrir los sobres, hay un manuscrito que no se lee con la atención que merecía. Y no sabremos nunca cuántos son, porque estas conversaciones no dejan acta. Si Delibes y Sábato recibieron la oferta y la rechazaron, la pregunta incómoda es cuántos la recibieron y la aceptaron, y cuántos la rechazaron y callaron.

No le pido al Planeta que deje de ser lo que es. Le pido, y nos pido, que dejemos de hablar de él como si fuera otra cosa, sobre todo en tiempos en que el relato pesa más que el texto. Que cada otoño recordemos que lo que se entrega en esa gala es un contrato con música. Y que, de vez en cuando, pensemos en ese autor novel al que Delibes no quiso quitarle el sitio.

Escrito por Ainhoa Escarti.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*