Sobre todo, calma.
No la rompe el ladrido lejano de los perros.
Solíamos subir aquí cuando éramos pequeños.
Esta tarde, después de tomar café,
he sentido la necesidad de hacerlo.
Había gente en la explanada de la ermita,
pero aquí,
en el camino de tierra que la circunda,
estoy solo,
sentado en un banco de madera.
Es veintinueve de agosto.
Hace dos años, a esta hora,
estábamos todos en la casa familiar.
Fuimos allí cuando volvimos del crematorio.
Es duro despedir a un hermano y juntarnos
era una forma de postergar la despedida,
de soltar lentamente su mano.
No nos lo dijimos,
pero todos buscábamos eso.
Los coches cruzan la carretera silenciosos,
y abajo,
en los tanques de la planta depuradora,
el agua serpentea
como un riachuelo encarcelado.
Me llega un mensaje.
Me dicen que tenemos mesa para cenar,
debemos llegar pronto.
Sigo pensando en aquello.
En el pueblo,
empiezan a alumbrar las primeras farolas
y los pájaros empiezan el último baile
antes de que anochezca.
Antonio Javier Fuentes Soria

