De la hierba húmeda nace la especie que maldijo al bosque. El día se hace sin sol, y las noches son solo una oscura visión llena de voces. El hombre errante, que va de árbol en árbol intentando encontrar el camino hacia el lugar que habitó en su niñez, cojea por los años. El tiempo ha sido cruel con su cuerpo, con su mente. Lleva una alforja con un trozo de pan duro que le dio una señora por compasión. Esa señora no fue un sueño; existió incluso fuera de esta página.
Él sigue en esa especie de condena que se ha impuesto: encontrar el lugar de donde viene su sangre. Hay noches en que, sentado bajo el cielo raso, recuerda a una niña de trenzas color trigo. Iban juntos al río; coleccionaban piedras lisas como llanos. Reían, también lloraban. Esos recuerdos no le revelan el nombre de la pequeña, pero existió, incluso fuera de esta página.
El hombre aborrece su memoria porque no le da lo que necesita, y la maldita lo tiene en una andadura constante, adentrándose cada vez más en ese bosque sombrío.
El rugir del agua de un río lo paraliza. Camina hacia ese sonido como si de un milagro se tratara. Tras unos matorrales ve la orilla; el agua está tan viva que crea una falsa lluvia que refresca su cuerpo. Él cierra los ojos, alza su rostro al cielo y respira como nunca lo hizo. Se descalza, y sus pies llenos de heridas caminan por esa humedad; entra en el río, hasta que el agua le llega a las rodillas. Vuelve a cerrar los ojos, y en esa oscuridad la ve. La niña de las trenzas de trigo le sonríe desde la otra orilla y lo llama por su nombre. Su voz es tan real que se escucha incluso fuera de esta página. Es en ese instante cuando el nombre de la pequeña nace en su memoria: «Ofelia», susurra. «Mi Ofelia», insiste. El agua del río es violenta; atrapa al hombre con furia y se lo lleva sin piedad con la corriente. Él no abre los ojos; no quiere perderla. Ofelia sigue sonriendo del otro lado; el sol cae sobre su rostro como si derramara un líquido dorado. Ella abre su pequeña mano y le muestra nuevas piedras. El río golpea el cuerpo del hombre, lo hunde implacable en las partes más profundas; ese río es tan real que sus aguas se desbordan fuera de esta página. El hombre se niega a abrir los ojos; sabe que, si lo hace, perderá a Ofelia, y esta vez será para siempre.
Natacha G. Mendoza

