Faraones, tumbas y maldiciones: 5 curiosidades sobre la arqueología en la literatura


 

La arqueología nos rodea desde cualquier arista de la ciudad, nos espía detrás de una columna corintia, y es que no nos damos cuenta de que esta noble ciencia que estudia los monumentos y objetos de la antigüedad está más presente en nuestra vida de lo que creemos. Así lo creyó Taylor Swift en su canción Jardines de Babilonia (2026), en la que hace referencia a una de las siete maravillas del mundo antiguo, o Matt Groening, cuando mostró en Los Simpson, en el capítulo de Lisa, la excéptica (novena temporada) cómo la clase de Lisa excavaba con hastío y muy poca dedicación un yacimiento, o en los videojuegos de Uncharted, Assassin's Creed o Minecraft. 


La arqueología nos conmueve más de lo que nos podemos permitir, queridos, y más si va acompañada de literatura. Muchos escritores se han inspirado en yacimientos arqueológicos a la hora de narrar sus historias, en civilizaciones perdidas, en tesoros ocultos. La arqueología y la ficción narrativa han ido de la mano para ilustrarnos cómo fue el pasado, ambas han compartido camino y se han apoyado la una en la otra. Por ejemplo, la escritora Margaret Elphinstone, trabajó con la arqueóloga Caroline Wickham-Jones para escribir su novela ambientada en la Escocia mesolítica. Colaboraron juntas tres años, pero por desgracia sus novelas no están traducidas al español. Por no hablar de la cantidad de escritores que se han documentado de manera casi obsesiva sobre ese pasado antiguo para narrarnos cómo fueron los hechos, como Jean M. Auel o Bernad Cornwell.  


Desde las novelas de aventuras del XIX hasta Tom Rider, la arqueología se ha asociado con cofres que guardan monedas de oro de incalculable valor, maldiciones faraónicas, templos perdidos en la espesura de la selva, descubrimientos malévolos que cambian el mundo (destruir a la humanidad, la inmortalidad... esas cosillas). Aunque sí es verdad que la arqueología de la vida real poco tiene que ver con esas aventuras, y a pocos arqueólogos veo arrodillados con una brocha y sí con el látigo huyendo de los nazis.  


Así que en la siguiente tanda de curiosidades vamos a saludar a Tutankamon, al arqueólogo más famoso de la gran pantalla o a una escritora de misterio que ha pasado a la historia por sus novelas de crímenes. Y para terminar, una tanda de novelas que se ambientan en yacimientos arqueológicos, ¿estáis preparados? Sacad la paleta y el pincel. ¡Comenzamos a desenterrar!



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La moda de las maldiciones faraónicas en las novelas


El 16 de febrero de 1923, Howard Carter osó abrir la cámara funeraria de Tutankamon en el Valle de los Reyes (tumba que ya había pasado por las manos de saqueadores, pero nunca habían conseguido llegar hasta la cámara central), lo que traería una horrible maldición a todo su círculo (veinte mil boniatos a quien me diga qué maldición no es horrible). El caso es que cuando alguno que otro falleció, el rumor faraónico fue un caramelo para los oídos del populacho y de la cultura de masas. 


Un hallazgo arqueológico nunca había sido tan explotado por la prensa, y encima estamos en un momento en el que la radio o la fotografía se encontraban en un buen momento de desarrollo y de sensacionalismo. No obstante, muchos entendidos, hartos de tanto bulo, quisieron argumentar que tal maldición no existía, incluso el mismo Carter dijo: "El ritual funerario egipcio no tiene maldición alguna de esta índole para la persona viva, sino solo la petición de que se dirija al muerto deseos piadosos y benévolos". Pero de nada sirvió para que la bola de nieve, de arena más bien, arena del desierto, siguiera creciendo.  


Claro está, esta repercusión llegó al cine (no me compete a mí enumerar la cantidad de películas que abordan este tema), pero también a la literatura. De hecho, si la tumba se abrió en 1923, el impacto fue tan grande que Agatha Christie se hizo eco de ello ese mismo año con La aventura de la tumba egipcia, donde los arqueólogos mueren uno a uno después de abrir la tumba de un faraón. Lovecraft no se podía quedar atrás, y en 1924 escribe la novela corta Encerrado con los faraones, en colaboración con Houdini (sí, el mago), que también se tituló Bajo las pirámides. 


Anterior a estos ejemplos, tenemos El escarabajo sagrado, del escritor británico Richard Marsch, que escribió y publicó en 1897. Una entidad egipcia persigue a unos profanadores británicos por Londres, una novela policiaca protagonizada por el detective S. S. Van Dine. Superó en número de ventas a Drácula, publicada en el mismo año, por distintos factores. Entre ellos, por su carácter exótico y oriental, por el género de terror, mezclado con comedia y de detectives que empleó, y por tener un ritmo más ágil que Drácula. Las buenas ventas duraron varias décadas, hasta los años 60, cuando el libro dejó de publicarse. En la actualidad, en España lo podemos leer en la editorial Valdemar. 


De todo esto también se benefició Christian Jacq, con su novela La tumba maldita, escrita y publicada en 2015, o El sueño de Tutankamon, de Tom Holland, publicada en 2001. 


Y es que no solo se escribieron historias de este tipo por el descubrimiento de Howard Carter de 1923. Entre 1961 y 1964 hubo una gran gira histórica por Estados Unidos con cincuenta y cinco piezas originales de la tumba, lo que atrajo a millones de turistas. Habría otras giras posteriores, en la década de los años 70, en los años 2000 o en los años 2010. 



Indiana Jones continuó en libros de ficción


Sí, es cierto que durante los años 80 se publicaron las novelas de las películas del señor Jones: En busca del arca perdida, 1981, El templo maldito, 1984 y La última cruzada, 1989. Desde luego, supieron dar en el clavo, pues ya se vio que el producto cinematográfico estaba funcionando; de hecho, esta última (olvidemos la cuarta, por el bien de todos) se coló en el tercer puesto de películas más taquilleras de los ochenta (después de E. T. y Star Wars). Así que hubo una mente pensante que decidió novelar las aventuras del arqueólogo, en concreto fue la editorial Bantam Book, quien contrató a Rob MacGregor para que continuase con la saga, aunque no estuvieran en la gran pantalla. La primera fue Indiana Jones y el peligro en Delphi (1991), y la siguieron doce novelas para adultos escritas por varios autores, como Mac Gregor, Michael McCoy y Max McCoy (todo queda en casa, ya ven, la familia McCoy no pasó hambre). Eso sí, todas con un rasgo en común, pues estaban ambientadas en los años 20 y 30, junto antes de lo que sucedió en la primera película. 


Todas estas novelas no se tradujeron al español, no se compraron los derechos para distribuirlas por España, a excepción de las películas, como ya he comentado, y otras que pertenecían a colecciones juveniles, durante los años ochenta y noventa. 



Agatha Christie fue arqueóloga


Lo confieso, cada dato de Agatha Christie es más asombroso que el anterior. Después de "desaparezco y me encuentran en un balneario", llega "mi marido es arqueólogo y me voy a yacimientos". Sí, y es que la señora Christie estuvo casada con un reputado arqueólogo británico, sir Max Mallowan, su segundo marido. Tuvo la oportunidad de ir a yacimientos de excavaciones en Irak, en la antigua ciudad de Ur, donde conoció a Mallowan, y en Siria para limpiar y clasificar piezas. Todo ello le dio unos ingredientes indispensables para sus historias, y cuando mezcló arqueología y misterios en Oriente Medio, aparecieron grandes títulos como Asesinato en Mesopotamia (1936), Muerte en el Nilo (1937), Cita con la muerte (1938) o La venganza de Nofret (1944). 


De hecho, en 1946 publicó un libro autobiográfico sobre sus viajes y su experiencias en los yacimientos con Mallowan, lo tituló Ven y dime cómo vives (Tusquets, 2022).



Las minas del rey Salomón como referente del género


Todos tenemos en mente esta novela, que trata sobre la expedición de un grupo de hombres blancos al interior de África. Esta obra se escribió en 1882, y gracias a ella se popularizó la arqueología en la literatura victoriana. Pero Henry Rider Haggard no pensó ni en ser un referente, y solo escribió la historia para ganar una apuesta de cinco chelines a que no era capaz de escribir un libro de aventuras que fuera tan entretenido como la contemporánea La isla del tesoro. Y como no había televisión por aquel entonces, Haggard la escribió en solo cuatro meses. Esperad, que no había tele pero sí experiencias, así que se basó en los viajes que él mismo había hecho por África y también en el descubrimiento de las ruinas de Gran Zumbabue, que todavía seguía presente, pese a haberse encontrado veinte años antes.  


Así es, Rider Haggard no solo creó una nueva moda literaria, sino que también presentó el tema de los mundos perdidos con ese mapa antiguo de un territorio inexplorado, ruinas olvidadas, civilización ancestral. ¿Que si influyó a escritores posteriores? Fijaos: El mundo perdido (1912), de Arthur Conan Doyle, ambientado en la selva amazónica de Sudamérica; El continente perdido (1899) de C. J. Cutcliffe Hyne, ambientado en la Atlántida; A través del desierto (1899), de Frank Aubrey; En el corazón de la tierra (1914), de Burroughs, ambientado en Riotinto (Huelva). Todas estas novelas se influyeron del ganador de los cinco chelines el mapa o reliquia como detonante, el arquetipo del arqueólogo erudito vs el arqueólogo aventurero y las ruinas misteriosas de una civilización perdida de las que ya hablaba Henry Rider Haggard.



De dónde salió la idea de El nombre de la rosa


Umberto Eco es esa clase de persona donde muchos hombrecillos habitan en él, la palabra multidiscipliar se queda pequeña. Cualquier profesión del mundo que pienses, él la ejerció. Y entre ellas la que nos concierne ahora es la de medievalista. Además, su tesis doctoral trató sobre santo Tomás de Aquino, por lo que dominó latín medieval y paleografía (pedía un café hasta con notas al pie). De esta manera, y dado su perfil académico, podía entrar a cualquier sala de investigación de las grandes bibliotecas europeas (aprende latín y dominarás el mundo, querido).


Vayamos al lío, porque Eco no escribió El nombre de la rosa (1980) porque sí, al tuntún, no señores. En la abadía benedictina de Sankt Gallen, en Suiza, fundada en el 613, se encuentran los manuscritos medievales que inspiraron a Eco en El nombre de la rosa. En la biblioteca hay unos 160 000 volúmenes. Entre los tesoros bibliográficos, podemos encontrar el plano de San Galo, un plano arquitectónico cosido en cinco pergaminos, de la Alta Edad Media y parte de la Baja Edad Media, que no se sabe quién lo diseñó. De aquí Umberto Eco estudió profusamente la arquitectura (el hospital, el huerto, el scriptorium, la iglesia, enfermería, cervecería, talleres...) y la vida monástica de los benedictinos. 

Hubo distintos historiadores en el siglo XX, como Walter Horn y Ernest Born, que investigaron este plano y publicaron hasta tres volúmenes con los hallazgos. Podéis acceder a la web en alemán desde este enlace para ver el plano. Es muy curioso. 

En la biblioteca también había manuscritos que detallaban manuales de Aristóteles, así que Umberto mezcló esos hallazgos arqueológicos con los métodos de investigación deductiva moderna que llevaría a cabo Guillermo de Baskerville.

No obstante, en el la novela Umberto Eco, en una "Nota histórica", asegura que el manuscrito llegó a sus manos en 1968 de la abadía benedictina de Melk (Austria), y que este era la traducción de las memorias del novicio alemán Adso de Melk sobre los crímenes perpetrados en una abadía italiana en 1327. Vaya, un trampantojo que en verdad escondía. 

Una curiosidad, como gran medievalista que era, fue al Monasterio de Santo Domingo de Silos, donde se documentó también. Tanto le gustó su experiencia burgalesa, que uno de los monjes de la novela se llama Jorge de Burgos.


Seis novelas ambientadas en yacimientos arqueológicos


Aquí os dejo algunas novelas donde el yacimiento adquiere gran relevancia. ¿Las habéis leído? 








Y vosotros, ¿conocíais estos datos sobre la arqueología en las novelas?, ¿podéis aportar alguno más que sea curioso? ¡Os leo!


Podéis ampliar este artículo con 8 novelas ambientadas en la prehistoria para viajar al pasado.  


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