MUERTOS Y ENTERRADOS



Una de las películas de terror señeras de los años 80, Muertos y enterrados (Dead & Buried, 1981), de Gary Sherman, ha superado con notable la prueba del algodón y, a diferencia de otras muchas de esa década, sigue en la actualidad provocando dulces escalofríos.

La vi en su estreno de adolescente y me aterrorizó como pocas, y desde entonces cada vez que la reviso me sigue pareciendo estupenda.

Con una fotografía brumosa y apagada que potencia su atmósfera de pesadilla, este filme se diferencia de otros de esa época por su logradísima puesta en escena y ambientación, como de ensueño de opio o mal viaje de tripi, que nos envuelve ya desde el principio, con una brutal secuencia en la playa que corta la respiración, y no nos abandona hasta el final del metraje.

Muy al estilo de las Historias de la cripta y los cómics de horror pulp de años 50, y con cierto aire lovecraftiano (Hervert West: Reanimator), la película de Sherman (también director de la estupenda Subhumanos, que igualmente os recomiendo) se desarrolla en un pequeño pueblo pesquero de Nueva Inglaterra y nos introduce en una espeluznante trama de crímenes, pesquisas y resurrecciones, con sorprendentes giros argumentales, magníficos efectos especiales (para la época) y un desenlace inolvidable y tremendo (muy imitado posteriormente) que no os sacaréis en mucho tiempo de la cabeza.

Un clásico de culto que, como los vinos de las cepas viejas, ha ido con el tiempo ganando buqué y solera.

Vicente Muñoz Álvarez

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