BOBARY 21 – CAPÍTULO 3. El Comisario

 




BOVARY 21

 

 

CAPÍTULO 3


 

El comisario

 

 

Nada es lo que parece

en este mundo etéreo

Lo frío es caliente

y lo cálido languidece

Tus manos recorren mi cuerpo

porque yo lo he querido

tus pupilas, buscarán mis ojos

cuando nada tenga sentido

Amigo y amante, sempiterno

vivirás en mi mente,

serás mi secreto

Y, cuando desees ser mi cetro,

nada habrá en mí

que acreciente tu deseo

o te haga sufrir,

habré muerto









EL COMISARIO

 

Nos han llevado a la Comisaría de Sevilla-Centro. Juan, con el visto bueno del comisario, ha telefoneado a mi madre y le ha dicho que estoy ayudándoles en una investigación y que, por lo tanto, estaré fuera durante unos días. Se lo agradezco de corazón. Ellas, son lo más importante de mi vida.

 

Horas más tarde —a mi grupo— nos trasladan, en vehículos policiales de la secreta, a la antigua Jefatura Superior de la Gavidia. Entramos por un lateral. El edifico, se encuentra en un estado deleznable. Los nacionales hablan poco y utilizan pasamontañas. Nos encierran en los calabozos del sótano, las paredes tienen manchas de humedad y olores fétidos.

 

Sabemos que el inmueble está en ruinas y tiene mala prensa. Lo edificaron en los 60 y, entre sus muros, se llevaron a cabo algunas de las atrocidades policiales de finales de la dictadura. Desconocemos el porqué de nuestro traslado; pero, nos huele mal.

 

Un policía entra en la celda común y me saca a empujones; me lleva a un cuartucho sórdido con una mesa, dos sillas, un espejo arrobiñado, un ventanuco enrejado y una puerta metálica con una especie de claraboya cuadrada. Permanezco esposada como un criminal, con la cabeza apoyada sobre la tabla. Estoy cansada y con el síndrome de abstinencia. Durante los últimos días, he tomado demasiadas drogas. Dicen que las personas comedidas que prueban los estupefacientes a edades tardías, se convierten en esponjas y cada día necesitan más.

 

Levanto la vista, oteo el cuchitril con detenimiento y tengo claro que me vigilan a través del espejo. «Estarán controlándome desde el otro lado», pienso. Entonces pongo cara de villana y los maldigo; primero entre susurros y, después, a grito pelado.

 

¡Mamones! Estoy hasta las narices de vosotros. ¡Maderos de mierda! No me dais miedo ¿Qué vais hacerme? Meterme la porra por el culo, arrancarme las uñas, introducir mis pies en un pozal y asestarme descargas eléctricas. Ja, ja, ja...

 

Llevo varios minutos insultándolos, pero no sucede nada. «Seguro que los policías que me observan desde el otro lado están hablando entre ellos», cavilo con el entrecejo fruncido.

 

Tiene huevos la tía —dice un policía.

—¡Ya está bien! Llevarla a un garito de los antiguos —ordena el comisario.

—Señor, están inutilizados —contesta el oficial.

—¡Cállate! ¡Es una orden! Esa ramera va a cantar como un canario. Además, todavía hay un calabozo de los antiguos para casos extremos. ¡Llevarla a ese!

 

Me trasladan a una mazmorra similar a la anterior, pero no tiene espejo. Estoy maniatada a una cadena que pende de la esquina. Un golpe fuerte hace que me gire y veo entrar a uno de los encapuchados. Como no puedo callarme, sigo con mi verborrea dañina.

 

—Seguro que eres mi vecinito, todo chulo con su uniforme y tu poderío. ¡Niño, ya lo sabes: tienes un meneo! A eso has venido, a follarme. Seguro.

—¡Cállate! Además de puta, eres una drogadicta.

—Y tú, eres un policía cobarde que cubre su rostro.

 

El agente, hace caso omiso de mi palabrería y se acaricia el muslo.

 

—Si voy a tener razón. Os imagino en la comisaría viendo mis películas y acabando en algún prostíbulo, ¿verdad? Puedes llamar a tus compañeros. Si os apetece estar un rato conmigo, detrás de uno otro.

 

El encapuchado deja sobre la mesa el cinto, con la pistola y las esposas. Se acerca a donde estoy y se desabrocha el pantalón. Su glande erecto, asoma por la bragueta. Sigo con mi locuacidad provocadora…

 

—¡Vaya! Si eres un trípode. ¡Qué bien me lo voy a pasar! Mejor que Malena Gracia cuando tenía sus affaires con Claude Makélelé bajo el acueducto de Segovia.

 

El agente, silencioso, desgarra mi ropa. Estoy completamente desnuda con las botas de charol carmesí y tacón de aguja del rodaje. Y así, de golpe, me enviste como una bestia. Fornica conmigo hasta que, saciado, tiene que parar. Ya no hablo, me he desmayado víctima de una violación atroz.

 

Cuando abro los ojos, estoy en una sala completamente diferente; intuyo que me han devuelto a la comisaría de Sevilla-Centro. Estoy cubierta por una sábana, recostada en un sofá; me duele todo. Pero, ¿a quién le va a importar? A mi alrededor, hay numerosas taquillas. Y en la puerta, una agente.

 

Vera, estás bien. ¿Necesitas alguna cosa?

—Vaya... Una policía amable. Te pareces a la ATM de la serie Urgencias.

—¿Qué?

—La doctora pakistaní del serial televisivo con el alias de “asesina tercer mundista”. Tranqui, es un mote —le digo al ver que su semblante adquiere un tono obtuso.

—Ya veo que te has recuperado.

—Mujer, llevo mucho carril...

—¿Quieres comer algo o ducharte?

—¿A qué viene tanta amabilidad?

—Yo, cumplo órdenes. Nada más.

No te enfades. Primero me vendría bien una ducha. Y, después algo de ropa y comida.

 

La agente me acompaña hasta el baño y deja que me asee en solitario. El recuerdo de la desagradable experiencia hace que me mire en el espejo. Apenas me reconozco. Tengo arañazos en el rostro y moratones por todo el cuerpo. Soy consciente de que debería denunciar. Pero… «¿quién va creer a una actriz porno adicta a las drogas?». Susurro antes de meterme bajo la ducha y dejar que el agua limpie mi organismo y con ello todo lo pecaminoso que tiene. No puedo perder el tiempo. Dejo las cavilaciones para más tarde, me seco y me pongo el chándal policial que la agente me ha dado. Seguido, desayuno. A continuación, me acompañan a una sala de interrogatorios, sin esposar. Llaman a la puerta. La agente se asoma y, un minuto más tarde, aparece el comisario. Ojos verdes, cabeza rasurada, tez oscura y complexión fuerte.

 

—Gracias señor comisario, con usted, estoy segura. ¿Sabe lo que me ha hecho uno de sus animales? Me han llevado a la Gavidia y allí... —El comisario no me deja acabar.

—Mis chicos hacen lo que yo les ordeno —contesta, flemático.

—Seguro que no está al tanto. Me han violado. Puedo ser una actriz porno. Pero, no soy tonta. Es abuso de autoridad.

—Ninguno de mis chicos le han tocado. He sido yo quien se ha comportado como una verdadera alimaña.

—¿Cómo?

—Quiero pedirle disculpas. Pero si lo desea, puede denunciarme. Está en su derecho.

 

Trago saliva y balbuceo.

 

—No hará falta —murmuro con un hilillo de voz apenas reconocible.

Lo siento de verdad, señorita. Y, está en lo cierto; ver sus películas y escuchar sus insultos ha sacado la alimaña que tofos llevamos dentro. Le repito, que puede presentar una denuncia contra mí. Me atendré a las consecuencias.

 

Intento hablar... pero, no me salen las palabras. Y es el comisario quien sigu la locución.

 

—¿Ya no está segura conmigo?

—¿Usted qué cree?

Creo que usted no se ha mostrado demasiado reticente cuando me he aprovechado de la situación...

—Pensándolo bien, lo cierto es que no me ha disgustado: soy como soy. ¿Ahora qué?

—Entonces.... ¿no va a denunciarme?

 

El comisario está sentado frente mí. Codos descansando sobre la mesa y manos entrecruzadas. Con ese atractivo de los cincuentones bien conservados que tanto nos agrada a las mujeres maduras. Nada, excepto un pequeño tic en su párpado izquierdo, denota nerviosismo. Me mira directo a los ojos y yo, sostengo la mirada. La TSR entre nosotros, aumenta.

 

—Prefiero pactar otras cosas... —termino por decir con todo el sosiego que la situación me permite.

—Cómo que le dejemos salir —insinúa el comisario

—Por ejemplo.

—No está detenida. ¿Nadie le ha leído sus derechos? Ha venido en calidad de testigo. Es libre de marcharse cuando quiera.

—No era eso lo que iba a proponerle...

—¿Entonces?

—Mire, usted y yo nos entendemos... Yo, sigo con mi vida y lo visito, una vez a la semana, en el hotel Alma Sevilla de la calle Santiago. Pasamos un buen rato, me da quinientos euros y callo, como lo que soy: una puta. Conste que puedo ser todo lo fina que usted quiera. Tengo dos bocas que mantener y la vida está muy cara. ¿Comprende?

 

El hombre ni se inmuta.

 

—¿Está de broma? ¿Intenta chantajearme? —me dice arrastrando ligeramente la voz.

—Yo, ¡qué va! Intento que nos conozcamos un poco mejor y que siga escalando puestos hasta su jubilación —intento acariciar sus manos. Pero él, se aparta.

—No me fastidies, Vera.

—Ahora, me tutea.

 

Digo con chanza, mientras deslizo los pies hasta su pernera.

 

—Disculpe.

 

El comisario se levanta como un rayo y comienza a pasear por la garita con las manos en los bolsillos y la mirada gacha.

 

—Tengo otra proposición...

—Qué le parece si nos vemos en el hotel, cómo se llame... —se pasa la mano por la frente, se sienta y prosigue—: Dos veces al mes y me cuenta todo lo que hace su amigo Stellan.

—¿Me está pidiendo que sea su… querida?

—Usted misma.

—Y, además, ¿una delatora?

—Su amigo está hasta metido en asuntos muy turbios. Todavía no tenemos nada contra él. Tal vez, usted pueda ayudarnos.

—¿A qué viene tanta confianza?

—Mire, Juan la conoce desde que era una niña. Sabemos que no es mala persona... Sólo, tiene mala suerte y una hija adolescente.

—¿Y eso qué tiene que ver? A mi niña no la nombre —ahora, soy yo la que me pongo en pie.

—Cálmese. Carlota, estará protegida las 24h del día los siete días de la semana. Sin embargo, quizás haya muchas criaturas que no lo estén...

—¿Insinúa que Stellan está metido en alguna mierda de menores?

—Es factible.

 

—¡Imposible! Me hubiera dado cuenta.

—No puedo decirle más... Usted decide.

 

El comisario, que se ha vuelto a levantar y pasea sosegado por el recinto, cruza las manos tras su espalda y baja la mirada. Parece un hombre arrepentido de sus actos y en apuros, pienso antes de decirle…

 

—Usted me pagará quinientos euros por la información que le dé y promete portarse como un caballero cuando tengamos sexo, si así lo decidimos.

—No puedo asegurarle nada.

—Entonces...

 

Sale y hace que apaguen los micrófonos. Vuelve a entrar.

 

—Tendrá lo que me pide —acaba por decir—. Eso y todo lo que desee... siempre que esté a mi alcance —sonrío de medio lado y le doy la mano.

Entonces, tenemos trato.

 

Una hora después, salgo de la comisaría vestida con unos tejanos y una camiseta que me han traído de casa. La última frase que le he dicho a mi comisario en la garita ha sido: «la habitación debe tener un espejo frente a la cama.».

 

Después de varios meses, mi relación con Stellan ha prosperado al margen de mi relación con el comisario. Ya no soy la estrella de películas para adultos. Soy su amante y, de vez en cuando, la emperatriz del porno. Stellan está coladito por mí. Es increíble lo que hago... Mi cuerpo sisea como una cobra negra al son de mi frondosa melena, enroscada entre mis dedos. Mi rostro es cuasi perfecto con unos retoques mínimos de cirugía plástica: puro Fidias.

 

En mis días libres, soy una señora… La habitación que comparto con el comisario en el Palacio de Villapanés es tan especial como lujosa; una alcoba con antecámara y jacuzzi particular. Minimalismo ligado al confort inglés; suelos de parqué y puertas labradas. Frente la cama, un espejo de forja que alimenta nuestro deseo si el tiempo nos lo permite. Sigo escribiendo en mi diario todo lo que acaece en mi vida cuando el taxi que he pedido, llega. Toni —como llamo al jefe en la intimidad, me espera.

 

Entro en pleno casco histórico de Sevilla, en la calle Santiago 31, donde se ubican las CoolRooms del Palacio Villapanés con porte gallardo, vestida con un modelito de Victorio y Lucchino azul noche. No hay hombre que no se fije en mí. Se giran por la fragancia de mi perfume Frédéric Malle – Portrait of a Lady, con esa aurea de rosa oscura y pachuli, levanta pasiones— y por el halo a fémina que desprendo. Tal vez, me he convertido en una engreída, y me conocen, sencillamente, por ser la mujer tatuada de las películas para adultos. Aunque, prefiero pensar que soy sublime. Nací con el don de la belleza: una virtud que puede convertirse en arma de doble filo. Sé que hoy tendremos sexo porque el comisario se ha portado desde que pactamos nuestros encuentros, como un caballero. Y me apetece fusionarme a su cuerpo como si fuera una joven virgen que necesita rendirse a los pies de un hombre protector.

 

Antonio, me espera ansioso. Me entrego a él como una posesa; cuerpos sudorosos y fluidos candentes. Su imperturbable carácter, en la intimidad, sucumbe bajo mi influjo. Yo, marco las pautas. Sigo siendo la dominatrix. Me miro al espejo, desnuda. Las admirables curvas de mi cuerpo, hospedadas sobre los muslos de Antonio, sentado detrás. Sus manos, en mis elípticos pechos —copa D y con pezones afilados como estiletes de titanio. Su potente miembro asomando por mi pubis, como si fuera mío. Disfruto con el poder que ejerzo sobre los hombres. Me adoran; para ellos soy la mismísima Afrodita. Sí. Me he vuelto egocéntrica; es lo que me da fuerzas para seguir con mi doble juego.

 

—Toni, hazme tuya de nuevo —le digo acariciando mi melena.

 

Conmigo, el comisario trasmuta; deja de ser ese hombre inescrutable que todos conocen para convertirse en una indómita fiera. Pero, sin dañarme. Hace lo que le pido, ni más ni menos.

 

 

—Vera, eres mi droga —dice Toni entre jadeos.

 

—Si supieras cuánto me recuerdas al detective Vic Mackey... Perverso como un criminal y severo como una roca —susurro entre sus brazos escuchando Blue in Green de Miles Davis.

 

Dos cuerpos que se deshacen entre suspiros voraces y jadeos interminables. Consumado el apareamiento, me siento sobre el diván y me enciendo un pitillo. Las piernas cruzadas, exhalando el humo a lo Stone en Instinto Básico. Antonio sigue boca arriba, con la respiración agitada. Desatando sus muñecas, amarradas con unos cordones de seda.

 

—Tengo algo para ti, Toni.

—Algo para mí ¿y qué es?

—Algo sobre los negocios turbios de Stellan...

—La última vez que me dijiste algo parecido, se trataba de una carga electrónica; sin más tapujos que los cables de sobra. ¡Déjalo ya! Cada uno sirve para lo que sirve. Lo tuyo es dar placer a los hombres y punto. En eso, eres la primera.

—Y si te digo que esta vez tengo información sobre un cargamento que ha llegado de China en un contenedor frigorífico...

—Otro de los negocios de tu macarra. Nada más.

—Te equivocas. Esta vez, la carga tiene ojos, piernas y brazos.

—Será un envío cárnico de lo que se le haya ocurrido.

—No me has escuchado. Es de carne humana.

 

Antonio, se sienta en la cama, hierático; la mirada perdida en el horizonte, los músculos flácidos por el calor que inunda la cámara de los placeres.

 

—Habrá un grupo de antropófagos y nosotros sin enterarnos —susurra, áspero.

—A veces, eres desagradable.

—Claro, como The Shield. No me parezco a él... Tú misma lo has dicho: pues, Mackey, es un cabrón de armas tomar. ¿O no?

 

Me acerco y comienzo a acariciar su espalda con las uñas de porcelana, incrustando su curvatura en la piel. El comisario inspira complacido, y se agita cuando le apago la colilla en el omoplato. Su lujuria está impregnada de masoquismo. Me pregunto, si sus responsabilidades lo arrastran a una doble vida. Me empuja sobre la alfombra y comienza a lamer los dedos de mis pies, deslizándose, poco a poco, hacia la intimidad de mi cuerpo. Su lengua se une a la acidez de mi sexo; me derrito entre sus apetencias y mi salacidad. Minutos después, el fuego se extingue: el Dr. Jekyll, ha vuelto.

 

—¿Qué decías sobre Stellan?

—Stellan tiene muchos negocios, es cierto y… —no me deja acabarla frase.

—¿Cuál es la información?

—El comisario, escucha. ¡Alabado sea! —me jacto.

¡Joder, habla! —vocea acariciando la herida de su espalda.

—He husmeado en el ordenador de Stellan. Sé que han ido a recoger un contenedor, refrigerado, al puerto de Santa María de Cádiz. Por extraño que parezca, dentro hay jóvenes para sus prostíbulos.

—Ja, ja, ja... —ríe socarrón—. ¡Más secas que la mojama, porque de China a España en un congelador! ¡Ufff!!!

—El barco ha hecho escalas. En una de ellas, la carga original ha cambiado.

—¿Cómo te has enterado? No me vengas con rollos. Lo has tenido a tu disposición durante más de tres meses y nunca has hecho nada. ¿Por qué debo creerte?

—Por sus conversaciones con un tal Yul. Sé que oculta algo. Cierra las puertas cuando habla por teléfono y tiene excesivo cuidado con lo que dice. Es como si el veto, tras la detención, se hubiera levantado.

—A ver, ¿qué sabes de ese Yul?

—Sé que es el jefe. Todos lo mencionan entre susurros.

Yul, Yul, Yul... Un ruso más. ¡Cómo tenemos pocos!

—Por si te interesa, el camión está en camino. La última parada la hará en el área de servicio de La Florida. Es un Volvo FM 12 – 420, blanco, matrícula 8031 BJR. Tú mismo.

Percibo que el comisario se ha puesto tenso, lo que equivale a decir: «Por hoy hemos tenido bastante. Lárgate.». así que decido ir al cuarto de baño par asearme. Cuando salgo, Toni, ha desaparecido. «¡Vaya!, se ha fiado de mí.» me digo frente al espejo.

 

Horas más tarde aparece, en el Área de servicio La Florida de la AP-4, el camión reseñado. Se apea en la esquina del estacionamiento para vehículos pesados. La zona está desierta. El camionero apaga y enciende las luces cuatro veces seguidas. De repente, se acerca un Megane. El conductor del tráiler, un hombre corpulento y de facciones marcadas, baja. El Renault, se para. La ventanilla del copiloto se abre y, tras una breve conversación en lengua eslava, escucho dos disparos. El chófer cae abatido y los agresores, tres individuos de cabello claro; uno de ellos con fisonomía similar al caído, se encargan de esconder el cadáver y de suplantar su identidad. Lo sé porque he ido hasta el lugar; no podía creerme que Stellan fuera un delincuente tan peligroso.

 

Esa realidad que acabo de descubrir hace que siga al vehículo cuando emprende la marcha. Un cuarto de hora más tarde, deja la autovía en el peaje Dos Hermanas. Y, poco después, se adentra en el Polígono Industrial Ciudad Blanca. Se apea frente a una parcela. Inmediato, la verja metálica se abre y, el trasporte, se adentra en la nave. Me quedo al resguardo de unos árboles con mi scooter parada. Poco después, aparecen Stellan y sus amigos conduciendo las Harley. Dos de los moteros se quedan custodiando la entrada. Alguien me coje por sorpresa y me tapa la boc apara que no chille.

 

—Vera, no chilles. Soy juan. El comisario dio por buena tu información y le pusimos un dispositivo de seguimiento en el vehículo sospechoso. Nos hemos coordinado con la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta. Y, la nave está rodeada por un equipo de sus equipos. Aquí estás segura, pero no te muevas. Toma, te dejo un móvil, conectado con el mío, para que veas la operación como si estuvieras con nosotros.

—Gracias Juan. Te haré caso —le contesto con tranquilidad.

 

Algo que no cumplo porque, poco después de que juan se haya marchado, me dirijo hasta la nave y espío por una de las ventanas. La nave está casi vacía. Los vanos de la parte superior, cubiertos por cortinajes opacos de vinilo. Unas tablas alargadas en uno de los laterales. En el opuesto, el Volvo con las puertas del contenedor abierto; imagino que dentro estaría el grupo de muchachas que aparecen confinadas en una esquina. Los seguidores de Stellan las retienen a punta pistolas. Unos tubos de pocos watios, iluminan el área. La luz es escasa, la justa para ver las figuras sin distinguir los rasgos. De repente, una voz resuena en la oscuridad. Clara y precisa.

 

¡Alto! Les habla la policía, quédense donde están y no hagan movimientos extraños.

 

El escenario es desagradable. Sobre todos porque socorren al grupo de asiáticas —con aspecto de menores—, ataviadas con coreanos y signos de hipotermia, algunas al borde de la muerte. En el lado opuesto, Stellan con sus delictivos lacayos. Parece que todo está controlado; se trata de un delito de tráfico de menores. Un agente hace una llamada. Pero, antes de terminar de marcar el número, aparece un grupo con pasamontañas.

 

Arsène Lupin decía: la clave está en la distracción. Las jóvenes se agitan e intentan huir. Los moteros disparan a los policías y a los encapuchados. El altercado parece interminable. «Me gustaría entrar en acción. Pero, le he dado mi palabra a juan», pienso. Escucho gritos y veo cuerpos derribados. La sangre resbala sobre el cemento. De repente, los encapuchados toman el control de la situación, ya que, tanto los moteros como los policías, están de rodillas y con las manos detrás de la nuca. Las víctimas, se acurrucan en una esquina, protegiéndose entre ellas. El que parece estar al mando, da la orden de revisar a la mercancía…

 

—Primero, quitadles las prendas de abrigo a las orientales —vocea—. A las muertas primero.

 

De improviso, Stellan dice:

 

Yul, amigo... Creía que no ibas a aparecer nunca. ¿Podemos levantarnos ya? —dice con altanería.

 

—¡De eso nada! ¡Me tienes hasta las narices! Tu putita te ha delatado, ¡pringado! Tenemos que deshacernos de todos vosotros —brama, mientras apunta con su HK a los arrodillados.

—Amigo, ¿Qué dices?

—De amigo nada. Aquí hay demasiada gente… así que montaremos un escenario que os favorezca. Entre tanto lío… ¡qué más da, unos muertos más o menos! Las chinas no importan, lo que importa es la droga que llevan en el interior de los abrigos.

—Nosotros lo sabíamos. Vosotros, no. Somos los jefes —dice Stellan.

El jefe soy yo.

 

El encapuchado se quita el pasamontaña y, perpleja, veo que es el comisario Antonio Velasco.

 

—¡Cállate que no me dejas pensar! Será perfecto, de un plumazo, mi unidad, se habrá librado de todos vosotros; ya no tendremos que compartir el cargamento con vosotros. Y tampoco quedarán testigos.

—¡Sabía que eras un cabronazo! Siempre lo he sabido —dice Stellan.

¡Qué te calles, coño!

 

Veo que Toni, se pone nervioso, le ha pegado una patada a una de las asiáticas y, en la maniobra se ha acercado demasiado a Stellan. El vikingo, saca un revólver de su bota y le dispara. Ya no puedo soportarlo más y entro en acción por la puerta que ha quedado a vierta, con mi arma en la mano. El comisario se queda boquiabierto. La coyuntura es idónea para un contraataque. Y, poco después, los miembros de la UDEV se reagrupan y, con mi ayuda, retoman el control. Desarmamos a Antonio y a sus hombres. Los esposamos. Lo mismo que a Stellan y sus cómplices. Aunque, la mayoría de moteros han caído.

 

Como he llamado a urgencias y a la comisaría, llegan los refuerzos con traductores y varias ambulancias. Minutos más tarde, las víctimas que han sobrevivido, son auxiliadas por los sanitarios. Les hemos quitado los gabanes y están protegidas por mantas térmicas. Yo misma me he encargado de despedazar uno de los abrigos que llevaban para comprobar, como esperábamos, que su interior estuviera lleno de una nueva y potente droga sintética, muy adictiva. Sabemos que se llama: Kai Xin Guo, gracias a un contacto asiático que nos dio el soplo hace varios meses. Me he acercado a Juan para ver cómo está. El disparo de Stellan podía haber sido mortal. Pero, por suerte, la bala se ha alojado en el hombro. En un arrebato cariñoso lo abrazo y el comisario empieza a insultarme a grito pelado.

 

—Siempre has estado enamorado de ella. ¡Pobre idiota!

—¡Cállate! Nunca sabrás lo que hay entre nosotros —logra decir Juan.

—¡Ay!, ¡qué no! Estás loco por ella. Y, ella, nunca te ha hecho ni puto caso. Era la reina de las guarras.

—Déjalo estar, Juan.

—De eso nada. Estoy herido, pero puedo moverme y defenderte.

 

Juan se levanta y se encara con el comisario. Empieza a golpearle con el brazo sano. Sus compañeros lo detienen.

 

—Sabe una cosa, señor comisario, usted que cree que todo lo sabe, pues va a ser que no. Vera, es subinspectora de la Interpol —le grita a pocos centímetros de su rostro maltrecho por los puñetazos que ha recibido—. Sabíamos que Stellan y su banda, estaban metidos en una red de prostitución de menores. Además, de múltiples delitos con estupefacientes; apoyado por agentes y quizás por algún alto cargo, como usted. Ha sido una operación conjunta de diferentes cuerpos de la ley.

—Me deja alucinado —dice el comisario entre risotadas sordas y bufidos entrecortados.

—Desconocíamos qué agentes estaban implicados —prosigue Juan—. Vera, descubrió su doble juego. Pero, teníamos que cogerle con las manos en la masa, por eso le dio el chivatazo sobre este envío. Más tarde o más temprano, cometería algún error.

—¡No me diga! —vocea Antonio, con cara de asombro—. ¿Por qué sospechó de mí?

—Por sus fantasías sexuales y el apodo del jefe.

—¿Qué pasa con mi alias?

—Nada, es perfecto para usted. Pero, ella, recordó que Yul Brynner —el actor preferido de su madre—. Era calvo como usted. Hizo sus cábalas y acertó.

—Vaya, si qué es buena. ¡Y qué bien ha hecho su trabajo!

 

Juan, va asestarle un nuevo golpe, pero se contiene.

 

—Vera, siempre ha trabajado como infiltrada. Es la mejor subinspectora del cuerpo.

—Doblemente puta, por oficio y por devoción. Juan, le suelta una hostia. Después se controla.

—Mejor no pegarle. Se me olvidaba que disfruta con los golpes.

—¿A quién no? Cuando tu domina tiene unas tetas redondas con pezones afilados las 24h del día y un trasero como una pera en abril. Juan, lo fulmina con la mirada.

—¡Qué miedo! El agente se ha puesto duro.

—No soy agente. Soy oficial de Asuntos Internos. Recuerde que vine a Sevilla hace cuatro meses. Le dijeron que había pedido el traslado desde Torrejón porque deseaba volver a mi tierra. Lo hice para investigar su unidad. La operación Tatuador comenzó el día que Vera entró en New Tatoo para retocar sus dibujos. Fue su primer contacto con Stellan. Todo estaba planeado.

¡Vaya! Otro delator de compañeros. Ya decía yo, que eras demasiado estirado en ciertos asuntos.

 

Ene se instante, Vera cae fulminada sobre el pavimento. Nadie se ha dado cuenta que ha recibido un disparo fortuito, mortal. El médico del SAMU se acerca de inmediato. Pero, ya es tarde. Mueve la cabeza y cubre el cuerpo de la subinspectora con una manta isotérmica. Vera, acaba de fallecer.

 

***

 

Seis meses más tarde: Arteixo, A Coruña.

 

—Déjame, Juan. Carlota, volverá del colegio en unos minutos...

 

Juan me besa con pasión y resbala sus labios por mi espalda. «Me gusta que me mime y me trate con delicadeza. Es un verdadero Casanova», pienso antes de girarme y entreabrir mis labios, sorbiendo su néctar como si fuera la primera vez que lo pruebo.

 

—Juan nunca me cansaré de hacer el amor contigo. ¡Qué pena que no podamos vivir como una pareja normal! —le digo.

—Podemos intentarlo... —me contesta.

—¡Imposible!

—Dijiste lo mismo en Sevilla, después de tu funeral.

—Fue una suerte cambiar las balas de mi revólver para disiparme si la coyuntura lo requería.

—El chaleco antibalas, también fue todo un acierto.

—Déjalo. Por favor... No puedo concentrarme.

—Muñeca, en la cama te abstraes a todas horas. Eres mi chica.

—Y, tú, mi madero.

—Prométeme que no volverás a trabajar como infiltrada.

—Lo siento. Mañana tomo un vuelo hacia Afganistán.

—¡Qué!

—Siempre has sabido que lo nuestro no tenía futuro —Juan, asiente.

—¿De qué se trata?

—Top Secret.

 

Juan, se incorpora y me toma sentado, mirándome a los ojos. Descendiendo a las profundidades de esos azabaches que lo trastornan. Sabe que es el único hombre que me posee. El único con el que no finjo. Pero, no es suficiente. Siempre seré libre.

                                                                                   

 

Título de la edición original: Bovary 21

Autor: Anna Genovés

Asiento Propiedad Intelectual

09/2913/2206

 

 

 *Os espero de algunas semanas o, tal vez meses, para leer el cuarto capítulo: El espía... ¡No os lo perdáis!  💋





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