Con el mismo y perverso placer de quien se arranca a tiras su propia piel. Así se asoma el lector al abismo que, como la vida fosilizada en los ojos sin rostro del maniquí o los bordes, dentados y sangrantes, de una ávida vagina, convoca Vicente Muñoz Álvarez en este último libro, justo después de reunir la casi totalidad de su poesía en "Hombre de mimbre".
Así pues, en las páginas de "Nunca volverá a ser ahora", de idéntica manera al criptograma atrapado en una botella o a un singular "Necronomicon" de extrarradio obrero, se recuperan sus tres incursiones previas en el ámbito del relato corto -"Perro de la lluvia", "Los que vienen detrás"y "El merodeador"-, cuyo rastro original había desaparecido hace ya años: perdiéndose en el tiempo igual que lo hacen los instantes desaprovechados, y las lágrimas de negros canes extraviados en mitad de un aguacero.
Por lo tanto, cuando hoy (re)leemos a Vicente Muñoz sentimos la misma extrañeza de quien se sabe predestinado a morir ahogado y, sin embargo, corre, magnetizado, en pos de su oscuro destino bajo las olas. O bien la turbia atracción del que, a través de la rendija chirriante de la puerta, observa rituales donde se mezclan la necrofilia y la inocencia. O, en fin, la embriaguez que convierte a alguien en Ícaro urbano: atravesando la noche y viéndose empujado, simultáneamente, en brazos de un hada diabólica, tapizada de látex.
Pero sea cual sea la forma narrativa que asuma -temores de raíz atávica; milenarios ritos indígenas; odiseas sadomasoquistas; devaneos cósmicos en la estela sombría de Lovecraft; rutinas sociales que, como parásitos, devoran por dentro al paria que, humillado, las sufre; coqueteos esporádicos con la crónica negra y un soterrado y salvaje sentido del humor-, lo cierto es que toda la obra de Vicente Muñoz se manifiesta en deuda personal con excelsos moradores del inframundo (Machen, Blackwood, Barker) y, en general, sigue la misma senda de todos aquellos visionarios cuya escritura se atrevió a desafiar los límites de su época: Céline, Burroughs, Bolaño, y, en tiempos más recientes, el tan añorado David González.
Por otra parte, la prosa acerada de Vicente Muñoz Álvarez no se conforma tan solo con adherirse a nuestro ánimo como las agujas horadaban la piel de los cenobitas en "Hellraiser", o el escalpelo del doctor Genessier extirpaba rostros núbiles en aquella macabra película de Georges Franju.
Antes al contrario, se sirve de los estilemas del horror para mostrarnos el auténtico miedo: la agonía del amor que se desangra, el fantasma gris de la miseria, la pulsión suicida del alcohólico, la caída al vacío de la depresión y la locura.
Y si, además de todo lo antedicho, su visceralidad creativa se asemeja a la de visuales "profetas de culto" como Dario Argento, Lucio Fulci, Jesús Franco, o Michael Haneke, entonces es que Vicente Muñoz Álvarez nos demuestra que aún es posible creer en la magia.
Este libro nos dice, en definitiva, dónde y cómo encontrarla.
Carlos Iglesias Díez

