Algunos de los escritores autopublicados más relevantes de la historia






















Escrito por Ainhoa Escarti. Las palabras a veces son como un río que terco, lleno de agua, se ve obligado a llegar al mar. Esa imagen se repite en la historia de la literatura: el escritor que decide no esperar a que alguien le abra la puerta. Que toma su manuscrito, sus pocos recursos y su obstinada convicción, y publica por su cuenta (y riesgo). No como gesto romántico —no lo hay en todo lo que debe hacerse para que ello pase—, sino como acto de supervivencia creativa. Esos libros necesitan ver la luz y sus padres y madres por encima de todo quieren que nazcan. Están irremediablemente obligados a existir. Porque la literatura, antes de ser canon, es necesidad. Y cuando el mundo editorial tradicional —con sus gustos, sus cálculos y sus miedos— cierra puertas, ventanas y lo que se tercie, siempre ha habido quienes optan por ser ellos mismos la editorial, la imprenta y el distribuidor (con todo lo que conlleva).


No hablo aquí de los autopublicados de hoy, con las plataformas digitales y sus algoritmos. Con las mismas técnicas de marketing, redes, ese microcosmos a veces un tanto endogámico, burbuja a punto de explotar… Pero la situación actual de la autopublicación es otro tema. Yo hablo de aquellos que, en siglos pasados, sin redes sociales ni Amazon, decidieron que su voz no podía seguir callada. Escritores que financiaron sus propias ediciones, que vendieron sus libros de puerta en puerta o que los dejaron en manos del tiempo. Sus historias no son solo anécdotas de la literatura; son prueba de que la creación no siempre necesita permiso. Denotando así que autopublicar no es un invento nuevo, ni de cuatro escritores que fueron rechazados por editoriales. La diferencia es que nunca fue tan fácil como ahora en lo que yo denomino la democracia del escribiente.

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➤ Walt Whitman es quizá el ejemplo más radiante. En 1855, a los treinta y seis años, publicó Hojas de hierba (Leaves of Grass) a su costa. No era un desconocido total —había trabajado como impresor, maestro, periodista y carpintero—, pero nadie quería apostar por aquel poemario extraño, carnal, atrevido. Era un tanto incómodo para la época, acartonada aún en unas estrictas normas sociales que veían mal eso de ser desmesurado. Él mismo compuso parte del libro en una imprenta de Brooklyn, eligió el tipo de letra, diseñó la portada (con un grabado de sí mismo en ropa de trabajo, abierto de camisa, mirada desafiante) y financió la tirada inicial de unos ochocientos ejemplares.

El libro no se parecía a nada de lo que se publicaba entonces. Versos largos, sin rima fija, lo que claramente llamamos ahora verso libre, que en aquella época era sin duda una abominación literaria. El poemario tenía voz, una voz que hablaba del cuerpo y del alma como si fueran lo mismo, que celebraba la democracia americana con un erotismo casi místico. Ralph Waldo Emerson, uno de los pocos que lo celebró públicamente, le escribió una carta famosa: «Te saludo al comienzo de una gran carrera». Pero la crítica mayoritaria fue feroz. Lo acusaron de barbarismo, de obscenidad, de falta de forma, de que claramente aquello no era poesía, ni arte ni nada semejante.

Whitman no se detuvo. A lo largo de su vida, seguiría reeditando y ampliando Hojas de hierba, añadiendo poemas, cambiando el orden, defendiendo su visión con el mismo tesón con el que un padre defiende a sus hijos. Murió sabiendo que su libro había encontrado lectores apasionados, aunque nunca le dio la riqueza. Hoy es uno de los pilares de la poesía moderna. Sin su obstinación autopublicada, quizá nunca habría existido. Y se habría perdido una de las voces clave de la poesía estadounidense posterior.

➤ Algo parecido, aunque con tonalidad muy distinta, ocurrió con William Blake. El visionario inglés no solo escribió sus poemas: los ilustró, los grabó y los imprimió él mismo mediante una técnica que inventó, la impresión en relieve. Sus Canciones de inocencia y de experiencia, El matrimonio del cielo y el infierno o Milton son libros-objeto. Rarezas que no se han vuelto a repetir donde hay un universo estético, metafórico, donde la poesía se ve, se oye, se lee… obra total donde texto e imagen forman una unidad indisoluble. Logrando así una relación de simbiosis donde uno completa al otro elevándolo. Estamos ante una genialidad artística.

Sin embargo, Blake financiaba estas ediciones con el dinero que ganaba como grabador comercial. Vendía sus libros iluminados a un círculo muy reducido de mecenas y amigos. La mayoría del público de su tiempo lo consideró un excéntrico o directamente un loco. Alguien demasiado avanzado para su época. Su obra poética y artística fue ignorada o ridiculizada en vida. Murió en la pobreza en 1827. Pero esos libros que él mismo produjo siguen deslumbrando por su belleza y su profundidad mística. Blake no esperó a que una editorial entendiera su universo; lo creó y lo materializó con sus propias manos.

➤ En Francia, Marcel Proust ofrece otro caso paradigmático de obstinación editorial. El primer volumen de En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann, fue rechazado por varios editores importantes. André Gide, que leyó el manuscrito para la Nouvelle Revue Française, lo rechazó lamentablemente (luego se arrepentiría con gran amargura). Proust, con recursos propios gracias a la herencia familiar, decidió publicarlo a su costa en 1913 con la editorial Grasset. Pagó él mismo los gastos de impresión y corrección. El libro pasó casi desapercibido al principio, pero poco a poco fue ganando admiradores. Cuando apareció el segundo volumen, A la sombra de las muchachas en flor, en 1919 ya con Gallimard, el reconocimiento fue masivo. Proust ganó el Premio Goncourt. Pero esa primera victoria, la más difícil, la consiguió autopublicándose. Sin esa decisión, quizá la gran novela del siglo XX nunca habría visto la luz tal como la conocemos. Sin esa decisión la literatura habría perdido conceptos literarios tan imperdibles como la magdalena de Proust, que es actualmente un icono conceptual en sí misma.


➤ Beatrix Potter es un caso más humilde y encantador. Su caso fue un episodio ejemplar de machismo, infantilización de una mujer y menosprecio. Porque quién iba a querer leer a esos tiernos personajes con sus aventuras pequeñas, tan cozy, tan del día a día. En 1901, ante la indiferencia de los editores, decidió imprimir de forma privada The Tale of Peter Rabbit para regalárselo a sus amigos y conocidos. El libro, con sus acuarelas delicadas y su texto sencillo pero perfecto, tuvo tal éxito entre ese círculo íntimo que Frederick Warne & Co. terminó publicándolo comercialmente al año siguiente. Potter no solo escribió e ilustró; controló con mano de hierro la calidad de las ediciones, los derechos y hasta los productos derivados. Su independencia inicial le permitió mantener una visión coherente de su mundo. Lo que ayudó a que su obra no fuese desvinculada de ese espíritu que ella insufló a esos animales antropomórficos. Gracias a esa primera edición autopublicada, millones de niños en todo el mundo han crecido con Pedro, Juanita y los demás animales vestidos.

➤  En el ámbito de las letras en español también encontramos ejemplos notables. Juan Ramón Jiménez, aunque terminó publicando con editoriales, financió y controló muchas de sus ediciones tempranas con un rigor casi obsesivo. Pero quizá el caso más extremo sea el de ciertos modernistas o premodernistas que, ante la dificultad de encontrar eco, recurrieron a la impresión de plaquettes o ediciones limitadas. O pensemos en el caso de algunos escritores del Siglo de Oro que publicaron "a costa del autor", una práctica bastante común cuando las imprentas aceptaban trabajos por encargo.

➤  Emily Dickinson representa el extremo más radical de esta independencia. Publicó apenas una decena de poemas en vida, casi siempre de forma anónima o en periódicos locales. El resto —casi mil ochocientos poemas— permaneció en sus cuadernillos cosidos a mano (los famosos fascicles), guardados en un cajón. No fue exactamente "autopublicación" en el sentido comercial, pero sí una forma radical de autoconservación y autonomía creativa. Decidió no someter su voz a los gustos de la época, que demandaba una poesía más convencional. Una poesía atada a ciertos cánones que no contenía la vida, el espíritu y la raza de la obra de Dickinson. Sus versos irregulares, su sintaxis disruptiva eran demasiado extraños, pese a que hicieran sentir, padecer lo que entre sus líneas se guardaba. Solo después de su muerte, cuando sus familiares comenzaron a editarlos, el mundo descubrió su genialidad.

Dickinson no necesitó publicar para ser quien era; pero su obra, guardada como un tesoro íntimo, demuestra que la publicación no siempre es el fin último de la escritura. Las palabras como cualquier otro arte no descansan una vez acabadas. El arte nunca acaba de terminar, porque cada vez que lo estamos viviendo lo hacemos rehacerse, porque el arte afecta a quien lo digiere como si de una comida para el alma se tratase.






¿Qué tienen en común todos estos autores? Una mezcla de orgullo, desesperación y fe profunda en su propio trabajo. La seguridad de que su obra necesitaba existir. La conciencia de que su voz era necesaria aunque el mundo no la pidiera todavía. La autopublicación histórica rara vez era una elección idealista; era, casi siempre, el último recurso después de rechazos humillantes. Pero también era una afirmación: "Mi obra existe, aunque nadie la quiera comprar". Era una forma de no callarse, de permanecer, dejar constancia de que todas esas letras una vez tuvieron esa forma.

Esto contrasta profundamente con la imagen romántica del escritor que espera el reconocimiento. Estos autores no esperaron. Actuaron. Financiaron, imprimieron, distribuyeron, a veces vendieron ellos mismos sus libros. Sufrían la misma precariedad económica que Kafka o Trollope en sus empleos diurnos, pero añadían la carga de convertirse en empresarios de sí mismos. Whitman vendía ejemplares personalmente. Blake grababa planchas hasta altas horas de la noche. Proust pagaba de su bolsillo mientras su salud se deterioraba. Porque rara vez la valentía no tiene un precio.

Esto nos lleva a una reflexión más profunda sobre el acto de escribir. ¿Para quién escribimos realmente? ¿Para el editor que puede decir sí o no? ¿Para el público que quizá nunca llegue? ¿O escribimos porque callar sería una forma de traicionarnos, de sernos infieles a nosotros mismos, a nuestra naturaleza? Estos autores autopublicados responden con sus vidas: escribimos para que la obra exista. El resto —el reconocimiento, el dinero— es un añadido que puede llegar décadas después o nunca. Pero la obra ya está ahí, latiendo, esperando a ser leída, a ser vivida.

Hoy, cuando hablamos de autopublicación, tendemos a asociarla con la inmediatez digital. Se nos olvida el trabajo que conlleva llegar hasta allí. Hay demasiados libros, hay demasiados escritores autopublicándose. Un mar lleno, tan lleno de peces que no logramos atisbar las escamas del pez arcoíris. Pero la verdadera tradición es mucho más antigua, más artesanal y, en muchos sentidos, más heroica. Hay cierta disrupción heroica en decir yo quiero ser más allá del sistema de los demás, porque probablemente no sé existir de otra forma.

Porque, al final, como decía Whitman en uno de sus versos más famosos: "No ceso de invitarte a salir conmigo, y soy el que más te necesita". La literatura es siempre, en cierto modo, una invitación. El escritor te abre una ventana a su interior y el lector decide si adentrarse o no.


Escrito por Ainhoa Escarti. 



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