NUNCA VOLVERÁ A SER AHORA: Prólogo por José Ángel Barrueco.




EL HORROR, LA PENUMBRA, EL DESASOSIEGO

No me equivoco si afirmo que la compilación de estos tres libros de relatos del escritor Vicente Muñoz Álvarez en un único tomo supone un regalo para sus lectores, del mismo modo que lo ha sido Huellas en el polvo (Efe Eme, 2026), el reciente compendio de la narrativa de David González (1964–2023), que el propio Vicente y quien esto firma nos encargamos de prologar y epilogar.

El paralelismo obedece a una evidencia: ambos autores publicaron a menudo en editoriales muy pequeñas, de vanguardia y, por desgracia, con escasa proyección, salvo algunos casos aislados, o en editoriales que hace años dejaron de existir. Rastrear sus obras en un mercado que transforma las novedades en productos obsoletos un mes después de salir de la imprenta suele ser tarea vana.

En un mundo perfecto alguien que maneja tanto conocimiento del cine y de la literatura más pulp y underground debería estar en un altar, un caso más o menos equiparable al de Jesús Palacios, otro de los gurús imprescindibles de nuestro país, y también incluido al final de este libro. Porque la destreza de Vicente para adentrarse en distintos géneros y para utilizar diversos estilos en sus narraciones sorprenderá a quienes no hayan leído sus textos. Puede que Nunca volverá a ser ahora, su Trilogía de la lluvia, la que ahora tienes entre las manos, sea el camino más preciso para conocerles a él y a los espacios por los que acostumbra a transitar. Reconozco que sus textos, se mueva por donde se mueva (poesía, novela, narrativa breve…), han influido en mayor o menor medida en algunas de las cosas que he escrito en los últimos tiempos.

Al contrario que el añorado David, cuya producción no salía del terreno de la no ficción (exceptuando un par de encargos), en Vicente la ficción y la autobiografía van tan intrínsecamente unidas que, pese a nuestra amistad y a mi papel de lector fiel de sus libros, ignoro si muchas de las historias que cuenta las ha vivido o se las ha inventado. Pero esa es una de las características que se derivan de la literatura: mezclar en el texto lo real con lo ficticio y sumarles lo visto y lo oído y lo soñado y lo deseado.

Cada uno de los tres bloques de esta trilogía aboga por un estilo diferente y por unas intenciones alejadas entre sí, aunque todas están empapadas, como el agua de lluvia que cae en tantas narraciones, de guiños y homenajes a la literatura que le marcó. Y, aquí y allá, encontramos algunos inéditos, lo que amplifica el interés de la compilación.

El primer libro, Perro de la lluvia, contiene relatos en los que predomina lo ficticio, así en general. Historias extrañas, truculentas, salvajes a ratos, deudoras de autores del calibre de Franz Kafka, Arthur Machen o Algernon Blackwood, pero sin olvidarse de algunas deferencias hacia literatos de cabecera como Jack Kerouac, Charles Bukowski o William S. Burroughs, aunque estos tengan más peso y presencia en la segunda parte de la trilogía.

Aquí hallamos relatos fronterizos con el género de terror: “Mi vida en la penumbra”, con un prisionero atado en un cuarto espantoso y espeluznante; “Saudade”, donde el encierro también resulta esencial para la situación del personaje; “Dmtfágos”, en el que además apuesta por la ciencia ficción… por citar algunos; otros, en los que lo onírico y la naturaleza hacen mella en las mentes: “Perro de la lluvia”, con ese tipo cuyo día transcurre en medio del malestar y la desorientación y en el que las pesadillas relacionadas con el agua, los relojes y las persecuciones van minando su cordura; “Wendigo”, “Las setas” y “Una historia de Halloween” marcan esa misma fractura de la mente, donde lo alucinógeno y lo paranoico y las fuerzas misteriosas de la naturaleza desestabilizan a sus protagonistas; un poco alejados de lo siniestro encontramos otros textos en los que se destila la esencia de Kerouac (“Beatitud”) y de Bukowski (“Beodisea”), ambos con inicios potentes y que consolidan su declaración de intenciones: «Visionaré esta historia a la manera del santo beato Jack, no para imitarle (no podría) ni por deslumbrar con falsas claves de desolación, inquietas fórmulas de pensamiento» y «Me estaba suicidando trago a trago cuando aquella mujer llamó a la puerta. Mi chica se había ido de casa el mes pasado. Habíamos perdido el trabajo, no teníamos dinero, no follábamos y cada uno bebía por su cuenta».

Este primer bloque deja en el lector una sensación de angustia, de incertidumbre, de sospechar que, bajo las grietas de la realidad, subsiste un mundo que puede fracturar nuestro juicio, o una naturaleza cósmica que carcome el cerebro, o una recua de hombres malvados dispuestos a torturar o a quitarle la piel a todo, como el protagonista del inquietante “El despellejador”.

Los que vienen detrás conforma el segundo libro. En esta sección el autor abandona lo pulp y las ficciones extrañas para introducirnos en historias cuyos parámetros abogan sobre todo por el realismo sucio. Esto no significa que Vicente rehúya los comportamientos perturbadores, solo que ahora se incrustan en otro marco. Aquí se perciben la náusea, el miedo, el cansancio de quienes pretenden salirse de la maquinaria social o, aunque no lo hagan, no le encuentran sentido a esa vida laboral que consiste en girar en la rueda al dictado de los patrones.

Operarios de producción en fábricas, chavales de resaca, comerciales de zapatos, niños crueles, padres maltratadores, jóvenes estudiantes de oposiciones a quienes el futuro parece haber vencido, parejas en crisis o situaciones cargadas de tensión que pueden derivar en arrebatos de violencia. Pequeños fragmentos de existencias en los que se intuye la presión de lo temporal en algunos títulos: “Una vida modelo”, “Una tarde de agosto”, “Pasando el tiempo”, “El aniversario”, “Fin de estación”…

Hay aquí, por ejemplo, en el que da título (el relato “Los que vienen detrás”), una crítica al sistema actual, y a la manera en que ese capitalismo feroz y esa tendencia a producir y agigantar espacios deviene en la desolación que ha invadido algunos negocios pequeños, devorados por los grandes y por la maquinaria de publicidad y las superficies comerciales cada vez más inmensas y saturadas de ofertas.

El último bloque es El merodeador: aunque tejido mediante relatos cortos interrelacionados entre sí (y admiten una lectura independiente), podría considerarse una novela corta. Se trata de un ejercicio existencialista de introspección en el que la sombra del escritor Thomas Bernhard está siempre presente. El devenir cotidiano de un hombre del que se van apoderando las obsesiones y las sospechas. Pensemos en el capítulo o relato titulado “El lunar”, en el que, en la sala de espera de un ambulatorio para que le receten somníferos, el narrador coincide con un hombre que se rasca una especie de mancha de la piel del cuello y le endosa a su oyente una diatriba paranoica y maníaca. O cómo en “Los pasos” y en “El cartero” se desasosiega porque oye o cree oír pasos en la casa o porque ese cartero al que espera nunca llega.

El narrador colabora en un periódico y pronto volverá a echarse a los caminos para trabajar con su padre en la nueva temporada de venta de calzado (oficio que Vicente desempeña desde hace años y que compagina con la escritura). Padece insomnio y este, como apunta, es «un creador infatigable de monstruos». Los ruidos del caserón (pisadas, crujidos, roces…) le atormentan por las noches. El entorno se le antoja hostil. Las decisiones le perturban el pensamiento. Cualquier incidente (unos cachorros salirse de la maquinaria social o, aunque no lo hagan, no le encuentran sentido a esa vida laboral que consiste en girar en la rueda al dictado de los patrones.

Operarios de producción en fábricas, chavales de resaca, comerciales de zapatos, niños crueles, padres maltratadores, jóvenes estudiantes de oposiciones a quienes el futuro parece haber vencido, parejas en crisis o situaciones cargadas de tensión que pueden derivar en arrebatos de violencia. Pequeños fragmentos de existencias en los que se intuye la presión de lo temporal en algunos títulos: “Una vida modelo”, “Una tarde de agosto”, “Pasando el tiempo”, “El aniversario”, “Fin de estación”…

Hay aquí, por ejemplo, en el que da título (el relato “Los que vienen detrás”), una crítica al sistema actual, y a la manera en que ese capitalismo feroz y esa tendencia a producir y agigantar espacios deviene en la desolación que ha invadido algunos negocios pequeños, devorados por los grandes y por la maquinaria de publicidad y las superficies comerciales cada vez más inmensas y saturadas de ofertas.

El último bloque es El merodeador: aunque tejido mediante relatos cortos interrelacionados entre sí (y admiten una lectura independiente), podría considerarse una novela corta. Se trata de un ejercicio existencialista de introspección en el que la sombra del escritor Thomas Bernhard está siempre presente. El devenir cotidiano de un hombre del que se van apoderando las obsesiones y las sospechas. Pensemos en el capítulo o relato titulado “El lunar”, en el que, en la sala de espera de un ambulatorio para que le receten somníferos, el narrador coincide con un hombre que se rasca una especie de mancha de la piel del cuello y le endosa a su oyente una diatriba paranoica y maníaca. O cómo en “Los pasos” y en “El cartero” se desasosiega porque oye o cree oír pasos en la casa o porque ese cartero al que espera nunca llega. El narrador colabora en un periódico y pronto volverá a echarse a los caminos para trabajar con su padre en la nueva temporada de venta de calzado (oficio que Vicente desempeña desde hace años y que compagina con la escritura). Padece insomnio y este, como apunta, es «un creador infatigable de monstruos». Los ruidos del caserón (pisadas, crujidos, roces…) le atormentan por las noches. El entorno se le antoja hostil. Las decisiones le perturban el pensamiento. Cualquier incidente (unos cachorros abandonados en un contenedor, ese cartero que tarda en aparecer, un artículo que no cuaja, un malentendido…) lo trastorna, y las derivas mentales no cesan de atormentarle. Esté donde esté y consiste en girar en la rueda al dictado de los patrones.

Operarios de producción en fábricas, chavales de resaca, comerciales de zapatos, niños crueles, padres maltratadores, jóvenes estudiantes de oposiciones a quienes el futuro parece haber vencido, parejas en crisis o situaciones cargadas de tensión que pueden derivar en arrebatos de violencia. Pequeños fragmentos de existencias en los que se intuye la presión de lo temporal en algunos títulos: “Una vida modelo”, “Una tarde de agosto”, “Pasando el tiempo”, “El aniversario”, “Fin de estación”…

Hay aquí, por ejemplo, en el que da título (el relato “Los que vienen detrás”), una crítica al sistema actual, y a la manera en que ese capitalismo feroz y esa tendencia a producir y agigantar espacios deviene en la desolación que ha invadido algunos negocios pequeños, devorados por los grandes y por la maquinaria de publicidad y las superficies comerciales cada vez más inmensas y saturadas de ofertas.

El último bloque es El merodeador: aunque tejido mediante relatos cortos interrelacionados entre sí (y admiten una lectura independiente), podría considerarse una novela corta. Se trata de un ejercicio existencialista de introspección en el que la sombra del escritor Thomas Bernhard está siempre presente. El devenir cotidiano de un hombre del que se van apoderando las obsesiones y las sospechas. Pensemos en el capítulo o relato titulado “El lunar”, en el que, en la sala de espera de un ambulatorio para que le receten somníferos, el narrador coincide con un hombre que se rasca una especie de mancha de la piel del cuello y le endosa a su oyente una diatriba paranoica y maníaca. O cómo en “Los pasos” y en “El cartero” se desasosiega porque oye o cree oír pasos en la casa o porque ese cartero al que espera nunca llega.

El narrador colabora en un periódico y pronto volverá a echarse a los caminos para trabajar con su padre en la nueva temporada de venta de calzado (oficio que Vicente desempeña desde hace años y que compagina con la escritura). Padece insomnio y este, como apunta, es «un creador infatigable de monstruos». Los ruidos del caserón (pisadas, crujidos, roces…) le atormentan por las noches. El entorno se le antoja hostil. Las decisiones le perturban el pensamiento. Cualquier incidente (unos cachorros abandonados en un contenedor, ese cartero que tarda en aparecer, un artículo que no cuaja, un malentendido…) lo trastorna, y las derivas mentales no cesan de atormentarle. Esté donde esté y haga lo que haga, cree que es el estado erróneo, la actitud equivocada, el rumbo incorrecto… porque así es el ser humano, siempre ávido de lo que no tiene y de la opción que no ha elegido.

La historia ofrece una divagación sobre los asuntos rutinarios: darle vueltas a las cosas, ir y volver alrededor de una idea, obsesionándose con los matices de lo real y de lo imaginado. Y siempre con una voz que oscila entre el pesimismo y la inquietud. Porque la inquietud acecha en todas sus páginas. De esta parte, por cierto, se extrae la frase que, amputada para que no sea muy larga, sirve de título a la trilogía: «Nunca volverá a ser ahora y todo lo demás puede esperar».

Vicente Muñoz Álvarez despliega aquí múltiples recursos y ofrece este compendio para las recientes y las próximas generaciones de lectores, pero también para que los incondicionales continúen comprobando la eficacia de su incansable labor literaria. Al igual que su celebrada antología poética Hombre de mimbre, publicada en 2025, este libro debería figurar en los estantes de cada lector de raza. Sálganse del circuito poco alentador de los best sellers al uso y entren de cabeza en estas historias, tan apetitosas como reconfortantes.

José Ángel Barrueco,
prólogo de Nunca volverá a ser ahora (Trilogía de la lluvia),
de Vicente Muñoz Álvarez
(Efe Eme Ediciones, 2026)



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