Hemos aprendido a arrojar la llama antes de que se nos apague en la garganta. No sé bien cómo, le damos uso entre los bosques y las cuevas, creamos imágenes de ceniza y pregunta. Nos miran los árboles con sus nidos y los que pueden huyen espantados para contar que nuestras sombras son ramas cansadas que se agitan sin viento bajo la superficie del mar. Entre los peces pastan los alces, mastican esas llamas y se dejan atrapar por los dientes de las orcas. Todo ocurre casi en silencio, sin pequeños saltos, reptando como el susurro de la muerte.
Álvaro Hernando

