CINCO POEMAS de MAR GÓMEZ





Arde la casa en ruinas donde habito.
Lenguas de fuego lamen la estancia
engullendo la cama
y el colchón deshilachado.
Hierve el agua de los jarrones
pulverizando las flores,
ya marchitas.
Estallan los espejos,
desconcertados por reflejos espectrales.
Crujen los tabiques,
altavoces donde rebotan los orgasmos fingidos.
Solo una alfombra parece resistir los embates de las llamas
-agitándose en espasmos-
como si estuviera en pleno exorcismo.
Mientras, espero en la habitación del pánico;
cobijo en los incendios provocados.

*

Sales del naufragio
con el corazón encallado
y ese miedo atroz a embarcar de nuevo.
El oleaje ruge como un monstruo con un hambre voraz
esperando que fallen las fuerzas
y una multitud de escualos acechan para darse el banquete.
No hay flotadores
que puedan abarcar el desconcierto
y los botes salvavidas brillan por su ausencia.
Anhelas poseer agallas,
aletas,
escamas,
para poder sobrellevar el hundimiento.
Hay un instinto inconsciente de flotar
aunque la esperanza
sea como una cáscara de nuez
inmersa en la marejada.
Y rezas para que la puesta de sol no apague tu mirada,
que al amanecer puedas alcanzar alguna playa,
si es posible desierta.

*

En los humedales
un cieno insolente
embarra los deseos.
Observo con envidia
los perennes helechos,
su carencia de flores,
cómo retozan en lo sombrío.
Los esbeltos juncos
creciendo en los pantanos,
refugio acogedor para la fauna.
El musgo,
sustentando la humedad del suelo,
protegiendo las plantas del invierno,
un sanador de heridas e infecciones.
Y qué decir del liquen,
su resistencia a condiciones adversas,
capaz de vivir y colonizar
casi todos los ecosistemas,
un cobijo seguro.
Quién fuera
helecho,
junco,
musgo,
líquen;
sobrevivir a los humedales.

*

Una paloma moribunda
reposa sobre el césped
en el bucólico jardín del geriátrico.
Ha decidido dejarse ir
hasta que llegue su hora.
Precisamente en el mismo lugar
que los ancianos nunca hubiesen escogido.
Resignada, como ellos,
pero libre de morir donde le plazca.

*

No exonera el poema
de la culpa,
del vértigo,
del delirio.
Entreteje jerséis de pura lana,
compone un decálogo a su medida.
Saca brillo a los bordes de la herida,
se afana en pintar las cicatrices de colores vivos.
A veces se empecina en la utopía,
en extraer esquirlas
o entumecer el tiempo.
Otras, cansado de buscar oasis en las metáforas,
se quiebra como el ala del vencejo contra una vidriera.
Como un funambulista en caída libre
y sin red,
el poema.

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