Existen cosas donde yo no.
Los coches, por ejemplo,
como gangrenas de una autopista
en la ecuación del destino.
Incógnita amputada.
¿A dónde se va cuando se va?
¿Qué nos espera?
Como si en la lógica
de su mecánica
pudieran cuestionarse
sus porqués.
-Combustión kantiana,
fatiga filosófica,
error de la razón en marcha
conciencia diferida en gasolina-
Los observo desde el Café.
Huele a mar revuelto
y alga estancada.
¿O es a alquitrán?
Hundo la cara en el cristal
y sueño con naufragios
y anguilas eléctricas.
Me siento una conciencia
estacionada
en medio de la vía.
No participo del mundo,
lo intercepto. Le clavo las pupilas
con la inmovilidad de quien
contempla un río heracliteano
- Lo verdaderamente irrepetible
no es el agua
sino las interioridades
que respiran pasivas
detrás de las fronteras
de las ventanillas.
Pienso. Pero tan solo hay ruido
alrededor,
una versión mecánica del flujo
y este Pum, Pum marcando
el tempo del amor
en el reloj orgánico del pecho.
Quiero ser el volante
para sentir el poso de una mano
en el hombro
que me obligue a girar,
que me dirija hacia...
(El canto de un motor
diluye la palabra)
¿A dónde se van cuando se van?
Me ignoran. A mí,
sombra peatonal insustancial,
estatua bordeando
la periferia ruin del movimiento,
humana sin carnet de conducir,
diagrama de piel, víscera y huesos
y un sistema locomotor
lento e ineficiente.
Las cápsulas hermenéuticas
circulan como hormigas
en un picnic nocturno,
son breves habitáculos
de la soledad,
almas de metal,
asfalto y hormigón
llorando sus pecados
en el purgatorio de la A-66,
cuerpos sin propietario
que han perdido la fe
en su autobiografía.
El futuro, a su lado,
en trance narcoléptico,
descansa la fatiga
y el caos contemporáneo
sobre el asiento frío del copiloto.
Yo los imagino. Transfiero íntegramente
su existir de holograma a mi experiencia.
-Toda subjetividad
es una forma de exilio.
- Todo lo que mira
se desdobla.
Una innovación espectral
desglosa sus recuerdos en los míos.
Me invento sus rutinas.
Los adhiero a mi vida
cotidiana.
Soy la prima lejana
que sale en las fotografías
familiares.
La que no tiene nombre.
La que creen que acabó
siendo cantante,
o vete tú a saber,
a lo peor poeta.
Saludo con la mano
pero no pueden verme.
Yo soy la tiranía del semáforo en rojo,
el atasco tedioso en hora punta,
soy la pausa entre dos velocidades.
Un pájaro planea y me roza las venas
de las sienes. Se hace aire y silencio,
aliento, empuje lento,
se hace arena...
cae y remonta el vuelo
bailando para mí
un verso coreográfico de Forsythe.
Es hermoso su verbo. Intento
hallar testigos del milagro,
cómplices oculares del peso
de sus alas.
Es inútil.
El pájaro se aleja
antes que se den cuenta
y me deja desnuda
en el vacío azul
de su diámetro.
Desisto.
Apuro mi café y pago
antes de irme.
Ya nadie mira al cielo
cuando vibra el teléfono
en la mesa.
Gema Fernández Martínez

