El fin del imperio: la grieta (I)

A la luz de los acontecimientos políticos y la deriva bélica reciente en este mundo alarmado y alarmante, nos ha parecido pertinente recuperar uno de los epígrafes finales de nuestro libro de 2023 La normalización postmoderna (1989-2021) titulado "El fin del imperio". Lo reproduciremos en nuestro blog en varias entregas, incluyendo las citas a pie de página pero eliminando los cuadros de reseñas comicográficas que, a lo largo del libro, ilustran cada exposición y  "dialogan" con el texto.


EL FIN DEL IMPERIO (I)

¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Estaremos ya de vuelta en un periodo prebélico cíclico que amenaza con devolvernos los viejos demonios que nacieron con la modernidad y que parecían ya enterrados para Occidente con el cierre en falso de las ideologías y el fin de la historia? Ése era precisamente el amenazador vaticinio de La grieta, el cómic que el fotógrafo Carlos Spottorno y el periodista Guillermo Abril publicaron en 2016, durante la crisis humanitaria y las mareas de refugiados que inundaban Europa. Su trabajo (en forma de fotonovela) nace de una serie de reportajes que los autores realizaron para varias publicaciones españolas sobre las fronteras europeas.[1] El cómic se cierra con la fotografía a doble página de un grupo de emigrantes formado por una familia afgana y dos cameruneses que, apostados de pie delante de un paso fronterizo nevado, miran de frente a la cámara en un gélido paisaje nocturno finlandés, con los rostros endurecidos. La imagen de Spottorno subraya la reflexión final de Guillermo Abril: «Es como si uno se viera en un espejo. Cuando los mira, realmente ve el mundo que somos. Se ve Oriente y sus guerras. La miseria en África. Se ve Rusia al fondo. Y se ve también Europa, a este lado, ese remanso seguro. La unión, el sueño de paz, su riqueza. Y todas sus grietas. Se ve al Reino Unido con un pie fuera y a Estados Unidos ya con un presidente en plena evolución. Los muros alzándose entre países. El auge del nacionalismo. Y un lenguaje militarizado. Beligerante. Enconado. Voces que alertan de una tercera guerra mundial. Incluso algunas que aseguran que ya ha empezado.»[2]

Uno de esos muros que se mencionan en La grieta sirve como título a la ficción que John Lanchester escribió en 2019. Una distopía que actualiza el legado de Orwell, Huxley y Bradbury al escenario geopolítico actual y proyecta un decorado nada descabellado en el que la separación entre países ricos y pobres por medio de fronteras físicas se impondría como único modelo político posible global de organización supranacional. Como en Cisjordania o en la frontera inventada por Donald Trump para México, en El Muro también hay una muralla de hormigón construida para separar a los países privilegiados de sus vecinos, un muro ideado para defender un modo de vida consumista que sólo parece sostenible a expensas de la pobreza a la que está sometida un porcentaje mayoritario de la población mundial y la explotación de sus recursos naturales por parte del Primer Mundo.

En la novela de Lanchester, el Muro separa a los Defensores (de ese modo de vida privilegiado) de los Otros (el grupo de los excluidos que intentan cruzarlo a riesgo de su propia vida).[3] Se habla en la novela de un punto de inflexión en el suceder histórico, el «Cambio», un conflicto o un momento de crisis que terminó por separar físicamente a los favorecidos con el derecho a una vida (comida, un hogar, trabajo…) de los desahuciados del otro mundo. La verdadera paradoja de El Muro es que ni tan siquiera la vida de esos habitantes del primer mundo (con sus regulaciones asfixiantes y su inhumano servicio militar obligatorio para la defensa de sus privilegios) parece contar con demasiados alicientes o atractivos. Como otras distopías clásicas, El Muro se mueve en un escenario de calculada abstracción e imprecisión cronológica, aunque Lanchester localiza su escenario en Gran Bretaña. Sabemos que la barrera de hormigón de la novela protege los algo más de 10.000 kilómetros de la costa británica, pero por lo que a su carga simbólica respecta, su perímetro podría ser el de Norteamérica o el de la frontera exterior de Europa.

Precisamente es el inmovilismo de una Europa envejecida, anquilosada e ineficiente a la hora de solucionar sus problemas internos (Guerra de los Balcanes, auge de los nacionalismos y de la ultraderecha, ausencia de una política fiscal común, crisis de los emigrantes Sirios, etc.) y aparentemente incapaz para postularse como una alternativa al liderazgo mundial de Estados Unidos, lo que ha llevado a numerosos historiadores —continuistas de las tesis que planteó Oswald Spengler en 1918— a vaticinar un traspaso de poderes, un cambio fundamental en la gobernanza mundial de la globalización.[4] El que ha sido el gran imperio durante más de un siglo da muestras de agotamiento y descomposición. Es un hecho consustancial en la sucesión de los diferentes ciclos históricos: pasó en Egipto, con el Imperio Romano, con los Imperios Inca y Azteca, en la China de la dinastía Han, con la Italia del Renacimiento y con los imperios de ultramar de España, Francia e Inglaterra. Y ahora está sucediendo con Estados Unidos. Parece que la decadencia de Occidente spengleriana ha entrado por fin en su fase final.

Los síntomas no dejan de sucederse desde el nacimiento de un siglo XXI que se inauguró con un acontecimiento luctuoso de enorme valor simbólico: los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y el colapso de las Torres Gemelas (World Trade Center). La amenaza terrorista global resultó ser la excusa definitiva para justificar la culminación de un proceso de liberalización económica que dirigentes como Margaret Thatcher o Ronald Reagan habían comenzado en los 80 con sus políticas de adelgazamiento de los servicios sociales, privatizaciones masivas, control sindical y una apuesta decidida por la liberalización de los mercados. Después de la conmoción del 11-S, George W. Bush entrego definitivamente el bastón de mando de la política económica de Estados Unidos al sector financiero transnacional. La política económica dejó de ser política y se convirtió definitivamente en una economía de mercado especulativa: un gran Monopoly de capitales ficticios cuyos vaivenes inversores provocaban sobresaltos en la macroeconomía supranacional (que comprende, por ejemplo, la deuda del Tercer Mundo convertida también en capital especulativo) y crisis severas en las microeconomías de los ahorros, las hipotecas, las pequeñas inversiones y los salarios. Antes de la crisis financiera e hipotecaria de 2008 y el derrumbe de Lehman Brothers, los representantes del capital financiero no cesaban de repetir aquello de que los mercados no necesitan de la intervención de los estados, porque se autorregulan solos y son capaces de capitalizar sus beneficios sin ayuda externa. Cuando explotó la gran burbuja financiera provocada por la expansión descontrolada del crédito hipotecario, las hipotecas subprime, la burbuja inmobiliaria y el reparto de paquetes de activos tóxicos por parte de las entidades bancarias, llegó el momento de socializar las pérdidas de esas mismas entidades financieras con los rescates bancarios por parte de los estados.

Así, mientras el neoliberalismo planta en las clases más desfavorecidas una semilla de desafección hacia el intervencionismos del Estado (servicios públicos, pago de impuestos, derechos laborales, etc.), las grandes compañías se benefician de sus medidas proteccionistas. Noam Chomsky ha bautizado como «marxismo invertido» a esta ecuación paradójica según la cual el verdadero neoliberalismo sólo afecta a los sectores más pobres de la sociedad, mientras que los más privilegiados juegan con el favor y la protección de los estados.[5]

Los ciudadanos, con sus ahorros, sus impuestos y sus salarios menguados, fueron los paganos de la gran crisis económica de 2008. Las medidas intervencionistas de regulación bancaria, devolución de capitales y control de los paraísos fiscales prometidas por los gobiernos de los países afectados por la crisis fueron poco más que declaraciones de intenciones apaciguadoras. Ante los actos consumados y la obstinada realidad, la vieja política reaccionó, como casi siempre, con incredulidad y con una fútil negación de los hechos: «Esto no puede suceder» o, lo que es aún peor, «esto no ha sucedido». Esa inacción provocó varias grietas, internas y externas, en el sólido fuselaje del liberalismo democrático occidental, que, en un corto plazo, han llegado a cuestionar ese fin de la historia ―entendido como la ausencia de vías alternativas al capitalismo democrático― anunciado por Fukuyama.

Las grietas internas de nuestro sistema político-social nacen de la pérdida de fe del ciudadano occidental en un sistema político que se suponía infalible en su condición de garante (cada vez más desacreditado) del Estado del bienestar. De ahí surge una desilusión democrática que se traduce en frases hechas («todos son iguales», «votar no vale para nada») y en la apatía electoral: «… es la hora del fatalismo democrático. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando la desigualdad social crece al mismo paso que la legalidad política, y la impotencia cívica aumenta con los nuevos sufragios?»[6] Estas grietas internas se manifiestan en el auge de los populismos (que se retroalimentan de la frustración social), los fundamentalismos (que se avivan junto a la rabia de los desfavorecidos) y los nacionalismos e independentismos (que juegan con el cierre de las fronteras y la autorreclusión insolidaria).

Las grietas externas tienen que ver con la incapacidad del propio sistema para consolidarse de forma homogénea o para responder satisfactoriamente a «amenazas» exteriores. Como se pudo comprobar durante la crisis migratoria de 2016 (con miles y miles de personas que huían de la Guerra en Siria o de las amenazas del Califato de ISIS, mientras las autoridades europeas, impotentes, optaban por la inacción), la situación de los refugiados es sólo una de las grietas que amenazan con destruir el proyecto europeo; hasta ahora el mejor exponente de un estado del bienestar exitoso. En La grieta, el cómic de Spottorno y Abril con el que hemos abierto este capítulo, se analizan los puntos de fractura y las debilidades que, en estos últimos años de crisis económica y políticas de austeridad, han socavado los cimientos de la solidaridad y el bienestar europeo: «Llevamos un tiempo dándole vueltas a esta idea. Recorriendo la frontera exterior ―la gran grieta― hemos encontrado decenas de fisuras en el sueño europeo. Está la inmensa falla de los refugiados; las brechas del nacionalismo, el cierre de fronteras y la sombra de la salida del Reino Unido de la UE; el populismo y la islamofobia; la crisis que ha enfrentado al norte y el sur; la fractura de un bloque del este, que considera a Bruselas la nueva Moscú; los agujeros de Siria, Iraq y Libia. Y está Rusia, una enorme hendidura...»[7]

El propio Fukuyama advertía contra estas «grietas» en un «Epílogo a la segunda edición en rústica de El fin de la historia y el último hombre» de 2006.[8] En él, supeditaba el triunfal recorrido neoliberal a la irradiación de diferentes factores poco controlables, como la expansión impredecible del islam; el déficit democrático que provoca la pérdida de un objetivo común que unifique los esfuerzos colegiados de Europa (y sus países miembros) y Estados Unidos; la dependencia estricta que existe entre el desarrollo económico y la consolidación democrática; y, por último, las consecuencias imprevistas de la tecnología. Los peores presagios que Fukuyama enfrentaba a la democracia liberal moderna universal no son, como vemos, muy diferentes de los que se mencionan en La grieta. Muchos de ellos se confirmaron con la guerra entre Rusia y Ucrania de marzo de 2022; un conflicto que ya muchos habían anticipado y que amenazó con clausurar las tesis del politólogo estadounidense.[9]

La vocación expansiva de la democracia liberal se ha demostrado ineficiente en su adaptación a escenarios inestables sin pasado democrático. Se pudo observar en el periodo posterior a la Primavera Árabe (un levantamiento popular de contagio transnacional agitado por las redes sociales) y en la incapacidad que Occidente demostró a la hora de facilitar y apoyar modelos democráticos en los países implicados. Frente al intervencionismo exterior que caracterizó a Occidente durante el siglo XX, en esta ocasión asistimos a un repliegue centrípeto, tanto en Europa como en Estados Unidos, que demostraba la ausencia clara de una voluntad proselitista que facilitara la creación efectiva de nuevas democracias emergentes.

La respuesta del ciudadano (la víctima última de las crisis económicas, sociales y humanitarias) ha sido la previsible: ante el caos, una huida hacia adelante (o hacia adentro). La globalización, el auge de las tecnologías de la información y la implantación del capitalismo como modelo único de convivencia han provocado una estandarización cultural y una promiscuidad que encuentra su contrapartida en el crecimiento de los nacionalismos y los fundamentalismos como cauce reactivo para expresar la desilusión ante un modelo fallido; Castells habla de «identidades de resistencia» para referirse a estos modelos de identificación reactiva que, dentro de la sociedad red, intentan imponerse a los antiguos modelos identitarios (nacionales o religiosos) dominantes. Se trata del intento desesperado de forjar identidades colectivas fuertes dentro del espacio difuso y fragmentario de la sociedad red; la búsqueda de protección en el reducido espacio colectivo, en la singularidad personal y grupal reflejadas, sucesivamente, en conceptos constrictivos como la nación, la raza, la religión, el género o la propiedad.[11]

Decía Lipovetsky que la sociedad postmoderna «exige reconocer al otro como igual por su diferencia.»[12] Caroline Fourest desconfía de esta deriva identitaria y contradictoria (por excluyente y victimista) de la multiculturalidad contemporánea. Achaca buena parte de la responsabilidad a Charles Taylor, uno de los padres de las políticas identitarias: «Taylor obró toda su vida contra el universalismo, con el pretexto de promover la “política del reconocimiento”, que consiste en reconocer y hasta proteger el derecho a una forma de autonomía cultural, en aras de respetar la “autenticidad” de una cultura. A riesgo de desvariar hacia una visión esencializada de las identidades (…). Cada tanto deplora que el mundo se transforme en un “concurso de víctimas”, cuando en realidad todos sus trabajos y su “política del reconocimiento” no hacen otra cosa que fomentarlo.»[13] Desde un racionalismo que reivindica los valores universalistas de la izquierda clásica frente a las políticas de la diferencia de las nuevas izquierdas identitarias, Fourest critica la noción de multiculturalismo tal y como se interpreta en la actualidad: «Entendemos por “multiculturalismo” no el estado multicultural de una sociedad, en sí muy positivo, sino el hecho de cultivar —por medio de políticas públicas— el derecho a la diferencia de las minorías, a riesgo de deshacer el sentimiento de pertenencia a principios comunes. Esto ocurre cuando se permite que los miembros de una cultura o de una religión antepongan su fe y sus tradiciones al respeto de la igualdad, en virtud de “acomodamientos razonables”.»[14] En una línea de razonamiento afín, Castro Córdoba apuntaba a las políticas de identidad, cuando señalaba que su «culto a la alteridad y a la diferencia como valores absolutos se apoya en el prejuicio de que todo lo minoritario es liberador; todo lo oscuro, profundo; todo lo misterioso, el signo de alguna deidad perdida; todo lo raro, digno de compasión.»[15] Cuando la realidad —insistía Castro Córdoba— es que «enarbolar en abstracto la bandera de “lo otro” es un gesto de impotencia, nunca de subversión, máxime cuando se esgrime contra un sistema como el capitalista que, en contra de la opinión común, no tiende a la homogeneidad, sino a la reproducción ad infinitum de las diferencias —diferencias que más tarde serán reabsorbidas por el capital— en una dinámica competitiva donde, a priori, todo está legitimado. El capitalismo convierte toda forma de oposición, resistencia o denuncia en una oportunidad para publicitarse por otros medios.»[16]

Estamos ante el triunfo de la fragmentación centrípeta: «La tendencia a buscar una “comunidad de semejantes” es una señal de retirada de la alteridad exterior y también de la renuncia a comprometerse con la interacción interior, vital aunque turbulenta, estimulante pero molesta.»[17] Hablamos también del triunfo de una mixofobia que busca una salida (fácil) contra la incertidumbre y el miedo al extraño, al forastero (el Otro), en la vecindad estrecha e impuesta. Sin embargo, como advierte Bauman, cuanto más se restringe la comunicación entre individuos diferentes, cuanto más se aíslan las comunidades homogéneas, más complicada resulta la socialización y se reducen las posibilidades de convivencia; o, lo que es lo mismo, más aumenta el miedo al extraño: «Puede que la tendencia hacia un entorno homogéneo, territorialmente aislado, venga provocada por la mixofobia, pero la práctica de la segregación territorial es el salvavidas y el alimento de dicha mixofobia, y se transforma de manera gradual en su principal refuerzo.»[18]

Siguiendo los razonamientos de Norbert Lechner, el repunte actual de los nacionalismos (supremacistas, etnicistas, religiosos, etc.) y la xenofobia podrían derivar de una paradoja que irradia de la modernidad en su apuesta incondicional por la democracia universal. La contradicción surge de la construcción teórica institucional de los estados y, al mismo tiempo, la asunción de una soberanía popular ilimitada (que se manifiesta en leyes electorales no ponderativas, referéndums vinculantes sobre decisiones de estado, etc.), que se muestra en muchas ocasiones contraria a los intereses mismos de esa democracia que la ampara y de las leyes en que ésta se apoya: «Mientras que la democracia descansa, en principio, sobre una ciudadanía cosmopolita, no aceptando otro límite que el reconocimiento del ordenamiento constitucional, el Estado Nacional está conformado por una población preseleccionada a base de categorías cuasi naturales. En este caso, la comunidad es definida exclusivamente por su oposición a otras naciones. Lo diferente es lo extranjero. En consecuencia, una identidad nacionalista enfoca las diferencias fundamentalmente como una división (internacional) de amigo y enemigo.»[19]

El desacato a las leyes constituidas (el Estado de derecho), la desarticulación de los organismos internacionales y la disolución de los grandes acuerdos comerciales internacionales nos conducen hacia un territorio de incertidumbre. Podría suceder, paradójicamente, que la limitación de expectativas y la apuesta por el aislamiento como mecanismo de autodefensa terminen finalmente por exponernos ante la verdadera naturaleza voraz de los mercados multinacionales y a las amenazas externas de un terrorismo que no ha dejado de ramificarse en forma de células independientes. En un mundo global, cuanto más huyamos de la internacionalización, más débil parece nuestra posición ante el gran colapso; más expuestos estaremos a la sacudida. Las fórmulas de respuesta a la crisis social, política y económica desde las diferentes latitudes han oscilado desde la pujanza de los nacionalismos y la ultraderecha al crecimiento exponencial de populismos (de derechas y de izquierdas) y fundamentalismos. El periodo 2016-2017 fue una fecha bisagra en la consolidación de movimientos desestabilizadores contra las grandes instituciones de control político y económico surgidas después de la Segunda Guerra Mundial. En cuestión de pocos meses, se sucedieron la victoria de Donald Trump en la carrera hacia la presidencia de Estados Unidos, el referéndum del Brexit que había de situar a Reino Unido fuera de la UE, el ascenso de la ultraderecha antieuropeísta en las elecciones legislativas francesas y el fallido procés catalán que buscaba consumar una independencia unilateral respecto al Estado español.[20]

El relativismo imperante y la fragmentación social, junto a la negación postmoderna de todo absoluto, incluidos los valores de progreso y de democracia universal, han confluido en un desencanto general que pone en jaque el mismo funcionamiento institucional, así como cualquier certeza político-social sobre la que éste pudiera asentarse. En principio, pudiera parecer que la reivindicación de la singularidad podría aportar ciertas soluciones y llegar a funcionar como fórmula de rebeldía social. A fin de cuentas —comenta Jameson— «la lucha contra los universales inherente en el propio concepto de singularidad es una lucha contra las normas hegemónicas y los valores institucionales, ya sean culturales o jurídicos. Los universales son experimentados como normativos y, por tanto, como opresivos y constringentes respecto a las minorías e individuos.»[21] Sin embargo, como matiza Lechner, «la heterogeneidad no produce una mayor dinámica social a menos que se complemente con alguna noción de comunidad.»[22] El capitalismo genera la inercia contraria, hacia el desagrupamiento social y la disolución de los espacios comunitarios. En el modelo neoliberal, el interés privado entra en colisión con los intereses de la colectividad.

Una de las prioridades básicas del capitalismo neoliberal a partir de la revolución neoconservadora de los 80, comandada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, fue la desactivación, primero, y la criminalización, después, de los modelos de asociación y trabajo cooperativo que se habían consolidado entre la población más joven durante los años 60 y 70.[23] El siglo XXI ha visto renacer algunos de aquellos movimientos, gracias a las estrategias de difusión que ofrecen las redes sociales. Sólo ciertos movimientos asamblearios de protesta ciudadana organizada, como el de los indignados del 15-M en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos o la revuelta de las chaquetas amarillas en Francia parecen haber ofrecido algún tipo de respuesta colectiva global; una solución al margen de la inercia centrípeta.[24] La desobediencia social organizada y la okupación son dos de esos mecanismos de respuesta política colectiva al fracaso de las «herramientas y gramáticas clásicas»[25] de oposición al capitalismo (huelgas laborales, boicots, manifestaciones obreras, movimientos sindicales, etc.), y a las injusticias sistémicas del tardocapitalismo. Sin embargo, aún está por ver el alcance real de una respuesta ciudadana colectiva al gobierno fallido de los mercados y de sus cauces oficiales: ¿tienen espacio en la realidad del capitalismo neoliberal movimientos sociales que claman por una depuración política, una democracia real y un sistema de toma de decisiones asamblearia (democracia participativa) al margen de los intereses del capital?[26] Es más, como demostró el caso del procés para la independencia de Cataluña y su declaración simulada de una República Catalana,[27] cabe preguntarse hasta qué punto los movimientos ciudadanos están realmente desvinculados del control político, la manipulación informativa (con su madeja de fake news, bots, hoax) y la realidad económica mundial: «… en el presente, estamos aún lejos de llegar a comprender cómo funcionan las nuevas formas de explotación que colonizan nuestra subjetividad: la rentabilización capitalista del deseo, de la sexualidad, de las ilusiones. (…) es necesario imaginar herramientas de subversión y oposición nuevas, desde el cotidiano.»[28]


[1] Por uno de ellos, «A las puertas de Europa», obtuvieron el premio World Press Photo en 2015.

[2] Las palabras de Abril resultaron proféticas a la luz de la invasión rusa de Ucrania de marzo de 2022 que, durante varias semanas de desafíos bélicos soviéticos contra las fronteras europeas y las de países miembros de la OTAN, despertó un temor que parecía ya enterrado ante la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial y el nacimiento de un nuevo Telón de Acero. En Spottorno, Carlos y Abril, Guillermo. (2016). La grieta. Bilbao: Astiberri, 2016, pp. 166-167.

[3] Es como si cuando concibió El Muro, Lanchester hubiera tenido en mente el pasaje que Ryszard Kapuściński le dedicó a la Gran Muralla China en Viajes con Heródoto. Cuando describe una de sus primeras experiencias como corresponsal, el periodista comenta que la peor característica de una muralla «consiste en que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por esa muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de fuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura, ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone.» En Ryszard Kapuściński. (2004). Viajes con Heródoto. Barcelona: Editorial Anagrama, 2016, p. 73.

[4] Spengler, Oswald. (1918). La decadencia de Occidente. Barcelona: Austral, 2011.

[5] Martínez Ahrens, Jan. (2018). «Noam Chomsky: “La gente ya no cree en los hechos”», El País. Madrid, 10 de marzo de 2018; disponible online en https://elpais.com/cultura/2018/03/06/babelia/1520352987_936609.html (consultado el 11 de agosto de 2020).

[6] Anderson, Perry. Op. Cit., p. 119.

[7] Spottorno, Carlos y Abril, Guillermo. Op. Cit., p. 109.

[8] Fukuyama, Francis. Op. Cit., pp. 141-164.

[9] Al respecto, Žižek hacía dos reflexiones en 2014 que han tenido mucho de anticipatorio y que en buena medida explican la situación presente tal y como se ha desarrollado desde el desmembramiento de la Unión Soviética: «En la década de 1990, un pacto de silencio regulaba las relaciones entre las grandes potencias occidentales y Rusia: los estados occidentales trataban a Rusia como una gran potencia a condición de que Rusia no se comportara como tal. Naturalmente, el problema que surge aquí es: ¿y si la persona a la que se hace una oferta para que la rechace acaba aceptándola? ¿Y si Rusia comienza a actuar como una gran potencia? Una situación como ésta es realmente catastrófica. Amenaza con destruir todo el tejido de relaciones existentes. De hecho, algo parecido ocurrió hace sólo unos años en Georgia: Rusia, harta ya de que tan sólo se la tratara como una superpotencia, actuó como tal.» Sólo un poco más adelante, el filósofo retoma este mismo asunto para plantear una reflexión que, a la luz de los acontecimientos recientes, resulta visionaria: «Y los sucesos de Ucrania que comenzaron a principios de 2014, ¿acaso no son la siguiente fase de esta lucha geopolítica por el control en un mundo multicéntrico y no regulado, algo parecido a “la crisis de Georgia, segunda parte”?» En Žižek, Slavoj. Problemas en... Op. Cit., pp. 186 y 188.

[10] Castells, Manuel. (1998). La era de la información. Economía, sociedad y cultura: Vol. 2. El poder de la identidad. Madrid: Alianza Editorial, 2003.

[11] «Entiendo por identidad el proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye el significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales.» En Castells, Manuel. La era de...: Vol. 1. Op. Cit., p. 52.

[12] Lipovetsky, Gilles. Los tiempos... Op. Cit. pp. 100-101.

[13] Fourest, Caroline. Op. Cit., pp. 80-81.

[14] Ibídem. p. 79.

[15] Castro Córdoba Ernesto. Op. Cit., p. 47.

[16] Ibídem, pp. 48-49.

[17] Bauman, Zygmunt. Op. Cit., p. 125.

[18] Ibídem, p. 126.

[19] Lechner, Norbert. Op. Cit., p. 38.

[20] Entre el Brexit y el procés se establecen vínculos y semejanzas evidentes por su condición compartida de revueltas postmodernas. En ambos casos, presenciamos un simulacro de rebelión popular plebiscitaria protagonizado por sociedades pudientes contra democracias liberales modernas consolidadas. Tanto los propulsores del Brexit como los del procés se apropiaron de la retórica romántica y la simbología de la lucha de los pueblos oprimidos y los procesos de descolonización, aunque en ambos casos la violencia dejara lugar a una simulación de guerra fría apoyada en el control de la información (en las redes especialmente), la propaganda posibilista, la demonización reduccionista del «enemigo» y una fe ciega en un concepto idealizado de identidad nacional. Para desarrollar esta cuestión, léase Gascón, Daniel. (2018). El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia. Barcelona: Penguin Random House, 2018.

[21] Jameson, FredricEl postmodernismo revisado. Op. Cit., p. 61.

[22] Lechner, Norbert. Op. Cit., p. 41.

[23] Crary, Jonathan. Op. Cit., pp. 117 y s.s.

[24] «Nos hemos acostumbrado a un enfoque micropolítico del antagonismo social, asistiendo en lo que va de siglo a luchas locales en la estela del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Sólo tras la primavera árabe, con la irrupción de los indignados en España y la escalada de altercados en Grecia entre manifestantes y policía, parece que la solidaridad entre los olvidados del sistema se restablece entre muy diversas naciones.» En Castro Córdoba Ernesto. Op. Cit., p. 15.

[25] Expósito Marcelo. (2004). «Desobediencia: la hipótesis imaginativa», en Ramírez, Juan Antonio y Carrillo, Jesús (eds.). (2004). Tendencias del arte, arte de tendencias. Madrid: Ediciones Cátedra, 2004, p. 192.

[26] El indiscutible éxito de convocatoria del 15-M en España tuvo continuidad, por ejemplo, en el éxito electoral de Podemos, un partido político de convicciones asamblearias y espíritu transversal que, devorado por el personalismo de su líder (Pablo Iglesias), las luchas intestinas y un populismo identitario de izquierdas, se vio incapaz de mantener las expectativas creadas, viendo, en pocos años, como su base de votantes se iba difuminando sufragio a sufragio hasta reducirlo a su presente condición minoritaria.

[27] El levantamiento emancipatorio frustrado del procés respondió a un enfrentamiento calculado contra el Estado basado en la creación de una dialéctica afirmativa («la revolución de las sonrisas») a partir de un Acontecimiento catalizador: «… aun cuando la lucha emancipadora comienza como oposición al aparato estatal, tiene que cambiar su objetivo. Alain Badiou opone una nueva dialéctica “afirmativa” a (lo que él considera) la lógica dialéctica clásica de la negatividad, que de su propio movimiento engendra una nueva positividad. Para él, el punto de arranque de un proceso emancipador no debería ser la negatividad, la resistencia, la voluntad de destrucción, sino una nueva visión afirmativa que se revelara en un Acontecimiento: nos oponemos al orden existente por nuestra fidelidad a ese acontecimiento, extrayendo de él sus consecuencias.» (En Slavoj Žižek, Slavoj. Problemas en... Op. Cit., p. 133). El fracaso del procés y su subsiguiente proclamación simulada de una República Catalana tiene que ver con diversos factores como la falta de cálculo, la falsedad de las premisas teóricas, la fragilidad de la propuesta alternativa y la endeblez del Acontecimiento elegido (el referéndum ilegal de independencia del 1 de octubre de 2017) para fundamentar sus reivindicaciones.

[28] Expósito, Marcelo. Op. Cit., p. 192.  

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