Materia prima, de Jörg Fauser

 

 

Hay un pasaje de este admirable libro en el que el narrador cuenta que a algunos bebedores los atropellaba el tranvía al avanzar hacia determinado garito con los ojos fijos en el letrero amarillo de cerveza. Años después, a Jörg Fauser lo mató un camión cuando regresaba de festejar su cumpleaños n° 43, como si la fatalidad le estuviera esperando en una esquina para ajustarse a la literatura. 

Fauser fue un escritor alemán que, mientras desempeñaba trabajos temporales e iba dando tumbos de piso en piso y de ciudad en ciudad, trató de forjarse como escritor. Había leído mucho a los beat y a los novelistas del género negro y a Bukowski y a Burroughs (en un capítulo nos cuenta cómo conoce en persona al segundo) y aprendió de ellos pero para crear su propio estilo: Materia prima parece una de esas novelas norteamericanas que tanto nos gustan, pero dotada del toque europeo y del estilo alemán, que nunca es lastimero ni grandilocuente y sí templado y reflexivo.

El álter ego del narrador comienza como joven yonqui en Estambul y termina como escritor alcoholizado en Frankfurt. Entre medias: viajes, tabernas, novias, fracasos, contracultura, curros de mierda, revistas de vanguardia, agujas y botellas, rechazos editoriales, pensiones sórdidas, relaciones con lo más degradado y marginal de la calle... Su única meta es continuar escribiendo, convertirse en escritor pase lo que pase. Lo que a veces le sorprende de todas sus experiencias es seguir vivo. 

Fauser, un superviviente absoluto, dijo que la escritura no se puede dejar como la droga o el alcohol. “Como mucho, la escritura te puede dejar a ti”. Éste es uno de esos libros que, al llegar a la última página, ya quería releer. Espléndido. Unos fragmentos: 

Con la llegada del invierno, Ede y yo nos mudamos juntos al chamizo de la azotea. Cuando el viento de Rusia silbaba por las ranuras y la nieve se colaba por el tejado carente de revoco, sin duda era más práctico ser dos. Uno vertía aguardiente en el suelo de piedra y le prendía fuego, y mientras las llamas difundían un poco de calor, el otro intentaba encontrar una vena. Nos metíamos todo lo que pillábamos, principalmente opio puro, que hervíamos, Nembutal para aturdirnos y toda clase de anfetaminas para excitarnos. Cuando estábamos excitados, teníamos que conseguir más material y todo lo demás –vivíamos sobre todo a base de té y dulces–, y luego nos tumbábamos, bien envueltos en nuestras mantas, jugábamos con el gato y trabajábamos. Ede pintaba y yo escribía.

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Como antiguo yonqui y como futuro esposo era un inútil, pero tenía la sensación de que eso me ayudaría a progresar como escritor. El único problema era que le dedicaba muy poco tiempo a escribir, y entretanto la gente de mi edad publicaba cada año sus libros, sus novelas, sus poemas, sus ensayos, sus memorias, hace tres años se suponía que la literatura había muerto y ahora volvía a florecer, y yo florecía con ella, las malas hierbas también tenían derecho a florecer.

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El Schmale Handtuch era el refugio que algunas personas necesitaban en medio de su patria, el puerto franco en el que podían traficar con sus sueños, una casa para la que no necesitaban una cuenta de ahorro-vivienda ni un contrato de alquiler, ni fianza, ni mobiliario, ni ropa de cama, ni mujercita, solo su infinita sed y la sensación de que su vecino, fuera quien fuese y tuviera el aspecto que tuviese, podía ser su amigo durante la velada con tan solo traer suficiente sed de casa. 



[Sajalín Editores. Traducción de Carlos Fortea]

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