Lysandra
y los dragones
Lysandra
ignora la pregunta
sobre qué ha averiguado. Pero ella, un androide femenino de última generación,
vestida de cuero y con una melena platino XXL, brillante y sedosa, acoplada
perfectamente a su vestuario, sigue hablando como si la respuesta no importara,
como si todo estuviera decidido:
—Böjan
se va a enterar de todas formas. Y, de alguna manera, me agrada —le dice a
Delia.
—Tal
vez tengas razón. Dejémonos de preámbulos. Nave con piloto automático. Destino:
helipuerto de Aziura. Constelación 95X.
Aterrizan
en el aeropuerto militar donde solo acceden cargos públicos. Las irradiaciones
del descenso siguen encendidas en el rectángulo donde se encuentra la nave; las
demás se han difuminado como el vapor de las turbinas de hielo. Lysandra
imagina que son estrellas nuevas en un mundo asombroso.
Ha
incrustado los archivos del homicidio que están evaluando en sus algoritmos
policiales. Pero su mente está dispersa y ha cometido el error de encriptarlos.
Antes de mostrárselos a Böjan tendrá que ir al mecánico de cronosilicio para
decodificarlos y revisar sus programas.
—Mejor
así… Lysandra —le dice el técnico, una vez descomprimidos los archivos AK que
no podía leer.
—Lo
que has descubierto me ha abierto los ojos.
Ella
frunce el ceño.
—No
debías leerlos, Kraven.
—Ha
sido inevitable.
—Entre
nosotros… si aniquilas a un acuatidexilón, lo haces para vender su piel. Sería
lo lógico.
—En
esta constelación, todo es ilógico, querida amiga.
—La
evidencia apunta a que necesitaban tanto sus conocimientos acuáticos como su
morfología reptil —Lysandra resopla.
—Con
los registros que has decodificado, todavía es pronto para hacer conjeturas.
Lysandra
pasa más horas con animales extraordinarios que con personas. Kraven la ve
alejarse como si fuera un pez resplandeciente que bracea con rumbo fijo hacia
la oficina del comisario jefe, mientras habla con su compañera a través de su
cerebro telepático.
—Delia,
te necesito —dice con voz regia.
Delia
no responde. Y Lysandra contempla el firmamento justo cuando unos estruendos
colosales rompen la capa oxiniquel del cielo. Siente que la historia —toda la
historia— está a punto de tocar fondo. Tres segundos más tarde, Delia aparece y
ambos androides caminan hacia la construcción que se alza ante ellas como un
monstruo obsoleto, con agujeros tecnológicos que parecen heridas antiguas.
—Me
alegra que estén aquí —dice Böjan—. ¿Qué han descubierto?
—La
víctima, Es un modelo descatalogado —responde Lysandra—. Los nuevos no tienen
tanta calidad. Este ejemplar era verdaderamente hermoso.
El
oficial cruza sus hercúleos brazos.
—¿No
descubriste algo más? ¿Algo especial?
—¿Tú
crees? Nunca podría engañarte.
—Siempre
lo haces.
—A partir de ahora nos encargaremos nosotros, ¿verdad Böjan?
—Por
supuesto.
—La
piel del Sauropsida que encontramos…
Lysandra
se queda pensativa.
—¿Quizá
fueran contrabandistas de animales exóticos?
—Tal
vez, Böjan. Pero…
—Pero…
¿qué, Lysandra? Sé a dónde quieres llegar. Sin embargo, no podremos probar nada
hasta que tengamos la necropsia completa de los restos y hagamos algunas
visitas.
—Como
quieras, Böjan. Somos profesionales. Estoy entrenada para cualquier evento, por
difícil que sea. Déjame acompañarte.
—Claro.
Regresan
al helipuerto donde Delia les espera con un tripliza estelar. Surcan el
universo por caminos sin estrellas, allí donde la vista de las ciudades
extintas hace humedecer cualquier núcleo algorítmico. En algún momento se
avista una fuente de agua vaporosa que creó un microclima permanente. La nave
aminora y ellos investigan hasta que aparecen las pruebas concluyentes.
Lysandra
siente que ese microclima aún respira bajo la superficie, esperando a que
alguien desentierre sus cuerpos. Los restos no tienen una parte acuática y otra
reptil; los cálculos preliminares fueron erróneos: pertenecían a un dragón
rosado de alas largas y escurridizas como el mármol pulido. Allí donde
habitaban los dragones. Allí donde nunca se ponía el Sol. Su corazón de silicio
recibe vibraciones en un idioma perdido y ella abre su canal auditivo a
pulsiones imperceptibles. El mensaje, es claro:
«Lysandra,
rompe el suelo y déjanos salir. Eres nuestra reina».
Ella
parpadea y recuerda que, en su vida anterior, fue una mujer que volaba con
dragones.
Δ
—Lysandra,
vuela más alto o te alcanzarán los cañones de amianto.
Se
ve humana, de carne y huesos, con su melena lacia y su esbelta figura. Amazona
sobre un dragón rosado de alas resbaladizas.
—No
puedo ascender. Mi dragón tiene un ala dañada.
Una
explosión enorme colisiona con su montura y caen al precipicio del infinito. La
negrura los traga y, cuando sus ojos se abren, está reclinada sobre un asiento
metálico; su organismo brilla. Han reconstruido la totalidad de su cuerpo y la
mayor parte de su mente cognitiva. Es un androide con reminiscencias de mujer.
Mira su mano, la mueve. Palpa su rostro y recuerda a los dragones que quedaron
atrapados bajo la capa marmórea de un planeta extinguido.
Δ
Los
ve. La están llamando porque la han reconocido. Parecen figuras del yin y el
yang, recostados en el suelo, cabeza unida a los pies de otro dragón. Así está
todo su ejército. No habla. Se acerca al cúmulo resbaladizo y golpea con toda
la fuerza del titanio de su osamenta. El suelo se resquebraja y los animales
vuelan. Monta a uno de sus jinetes y se aleja.
Escrito por Anna Genovés el 1 de marzo de 2026
Imagen generada por Copilot.

