A la larga, me conformé con un enfoque antropológico. Estaba en el vientre de la bestia: observar, escuchar, aprender. Al fin y al cabo, aquel empleo cumplía su finalidad. Había dinero para el alquiler y para el Cognex, el nuevo fármaco para el alzhéimer. Y no solo eso: para sobrevivir a las arenas movedizas de Niedecker, debía centrar toda mi atención en el trabajo, lo que me dejaba menos tiempo para darle vueltas y vueltas a Bailey.
Aquel primer verano, al salir de trabajar, me iba a recorrer los pasillos de Century 21, no para comprar, sino sencillamente aliviada de que no se requiriese nada de mí. Me daba la sensación de estar moviéndome entre dos formas de demencia, entre dos círculos del infierno. El alzhéimer no tenía sentido ni significado ninguno, ni tampoco la vida empresarial, salvo si contabas la creación de valor para los accionistas.
[Muñeca Infinita. Traducción de Esther Cruz Santaella]
