La noche dura semanas. El frío es insoportable. El viento no da tregua. Ahora silencio absoluto. Ahora de nuevo oleaje y tempestad. Su sombra interior le habla directamente. De nuevo silencio absoluto. Pero ya no. ¿Es eso volverse loca? No. Es una mujer solitaria en el Artico, cuya única protección es una cabaña pequeña y su instinto femenino. Esta situación únicamente puede vivirla una mujer, en este caso, una mujer peculiar: Christiane Ritter. Una madre del primer mundo, acomodada, que decide abandonar completamente su zona de confort, así, de repente.
Su marido, quizás también algo peculiar, hace unos meses que se encuentra instalado en una isla del Artico, a sus cosas. Por cierto, estamos en los años 30 del siglo XX. Y fíjate que el peculiar le dice, quizás medio en broma, que vaya a visitarle. Y mira, para peculiar ella, y va y va.
Ritter pasa un año en el Artico. Sobrevive y lo cuenta en un libro clásico de viajes. Como también es ilustradora, hace dibujos de lo que ve. Sí. Retorna viva, pero gracias a sus recuerdos podemos ver la sutil transformación de una mujer que no necesita convertirse en un ser cruel y fornido para subsistir. Su historia es firme, no se transforma en otro sino que eleva su espíritu sin dejar de ser ella.
Y mira, llega a la cabaña. Su marido convive con un trampero noruego y esperan que ella ponga orden en un lugar, por lo visto bastante insano. Y comienza la lucha interna. ¿Se cuestiona el haber ido allí? Comienza el baile de los miedos. Porque de eso va su relato. De cómo gestiona los miedos hacia el futuro (cuando está todavía de camino) y los presentes, cuando su marido y el trampero le dicen algo así como quien no quiere la cosa, que se van unas semanas por ahí (a cazar, porque poca cosa más se podía hacer por allí) y que ya volverán. Y también mira, es mala suerte que coincida la noche polar por lo que no verás el sol en muchas semanas. Pero el miedo ya es una emoción habitual en su interior. Poco después de llegar a la cabaña ya ha tenido que gestionarlo:
- Oye, ¿qué es esa horca de ahí fuera? -pregunto a mi marido cuando entra.
- Es el poste para osos. Es visible desde muy lejos y atrae a los osos a la banquisa de la cabaña.
- ¡Ajá! -digo. Es lo único que me sale.
Ritter se inicia con un miedo-madre, un miedo inespecífico que deviene en cualquier cosa:
En su mirada intuyo por primera vez la naturaleza implacable del Artico
Y comienzan los hitos. Su sorpresa al sentir de que era capaz de hacer cosas que nunca hubiera imaginado.
Ya he aprendido lo que tengo que hacer cuando me quedo a solas: trabajar y trabajar para así poder soportar el frío y la soledad.
Se anticipa a Carl Sagan cuando en 1990 solicitó que la sonda Voyager 1 hiciera una fotografía de la Tierra desde 6 mil millones de kilómetros: «Un punto azul pálido». Ver nuestra pequeñez como una revelación. A Ritter le sucede algo similar ante la inmensidad blanca que tiene ante sus ojos:
Siento esta majestuosa soledad a mi alrededor. No hay nada que se me asemeje, ningún ser en cuya mirada tenga conciencia de mí misma, siento que en esta naturaleza imponente se pierden las fronteras de mi propio ser…
Ritter demuestra un coraje en el que no necesita eliminar el miedo, sino gestionarlo, hablar con él, consultarle y, sobre todo, transformarlo. Las zonas polares han aparecido siempre como antagonistas de valientes exploradores. En este caso no es una criatura de fuerza física. Estamos ante un ímpetu de mujer. No tuvo que transformarse, simplemente creció en su interior.
Una mujer en la noche polar.
Ediciones Península.
