A punto de salir sus memorias, me faltaba por leer este ensayo de mi admirado Geoff Dyer en el que explora los finales en la vida y en muchas obras artísticas. Mediante fragmentos breves enlaza canciones, cuadros, películas y novelas, pasa del tenis a la filosofía, de la pintura a la poesía. Bob Dylan, Turner, Nietzsche, Martin Amis, Annie Dillard, Kerouac, Eve Babitz, Don DeLillo, John Coltrane... Todo cabe aquí. A menudo no estoy de acuerdo con sus opiniones (sobre todo en lo referente a ciertos libros), pero esto no mengua mi admiración por su trabajo. Un fragmento:
La jubilación en el mundo en el que crecí, el mundo del trabajo mal pagado, a menudo desagradable y sin recompensa, era algo que mis familiares comenzaban a esperar desde una edad sorprendentemente temprana. Era una forma de ascenso, prácticamente una ambición. En el mundo del que he acabado formando parte, la jubilación es algo casi inaudito, o al menos rara vez admitido. Si te has retirado, ya no eres capaz de escribir o te resulta imposible publicar lo que has escrito, te lo guardas para ti; te quedas con el manuscrito porque nadie lo quiere. Y en cualquier caso, si parte del trabajo es estar sentado en una silla en casa con los pies en alto leyendo, entonces la diferencia entre trabajo y jubilación es imperceptible, incluso si ya empiezas a leer —aunque es algo que desaconsejo, haga el tiempo que haga— con una manta sobre las rodillas.
[Random House. Traducción de Damián Alou]

